- Es hora de que superes la prueba si de verdad quieres casarte con mi hermana -escupió Ajdet-. Si de verdad la amas... ¡Vénceme!
El Rey Toro enarboló su espada y se colocó en posición de batalla.
*****
Yasid dudó. Frente a él estaba posiblemente uno de los guerreros más capaces que jamás hubo visto. Sin embargo, cuando miró hacia atrás y vio a Ayna frente a la puerta de su casa, mirándolo con el miedo metido en su cuerpecito frágil, todas sus dudas se disiparon. Cerró sus dedos sobre la empuñadura de la espada y avanzó hacia Ajdet.
La espada de Yasid tenía una forma extraña, ligeramente curvada hacia uno de sus lados, y ensanchándose hacia el final, un trabajo especial que Yasid había pedido a Rutde. En sus viajes por el ancho continente del sur había visto a las tribus nómadas del desierto usar unas espadas parecidas, y le había encantado la manejabilidad que tenían.
Los dos guerreros se colocaron su armadura de bronce, que no pasaba de ser un primitivo peto que dejaba desprotegidos sus costados pero custodiaba los órganos más vitales del pecho, y comenzaron la lucha.
Yasid fue el primero en atacar, con un golpe lento, de arriba a abajo, que Ajdet no tuvo problemas en esquivar. El Gran Jefe respondió con un ataque lateral, buscando el costado izquierdo del negro, pero éste lo consiguió desviar con su prototipo de cimitarra.
Los golpes se sucedían. Los contrincantes, preocupados en evitar que las espadas hirieran su piel, recibían al protegerse de cada espadazo, una vez tras otra, golpes de la mano torpe del rival, que, si bien no eran demasiado potentes, sí desequilibraban y obligaban a los contendientes a recolocar su posición. Todo el pueblo había venido a ver la apasionante lucha entre esos dos titanes que se intercambiaban golpes y más golpes.
Yasid recibió un potente espadazo a la altura de su estómago que, a pesar de que la armadura se encargó de amortiguarlo, hundió lo suficiente la protección de bronce como para dejarlo sin aire durante unos instantes.
Ayna, que observaba la lucha junto al cada vez más numeroso grupo de curiosos, ahogó un grito de terror. Rayma la tuvo que agarrar para que no interviniera en la batalla.
El enorme negro reculaba, tratando de recuperar la respiración. Ajdet realizó un nuevo ataque y, con mucho esfuerzo, Yasid pudo rechazarlo con su alfanje. Necesitaba algo que le hiciera retomar la iniciativa del combate, así que, tratando de sorprender al Rey Toro, el extranjero se propulsó hacia él con un rápido salto. Lo consiguió. Ajdet recibió el impacto del enorme cuerpo y se desestabilizó momentáneamente.
El gigante negro aprovechó la debilidad de la postura del Gran Jefe y barrió con su pie las piernas de Ajdet, lanzándolo al suelo. Quiso atacarlo cuando su espalda chocó en la tierra, pero el joven era extremadamente ágil y rápido. Rodó sobre el suelo y se incorporó con velocidad, arrancando aplausos de los espectadores.
Yasid y Ajdet se miraron a los ojos durante unos segundos, calibrando el grado de cansancio de su oponente. Los dos eran jóvenes, habían sido duramente entrenados y se movían con inteligencia. No había ninguno que mostrara más debilidad que el otro, pero en los últimos minutos los movimientos se habían ralentizado notablemente, y ambos prácticamente navegaban en sudor.
Una sonrisa se abrió paso en el rostro del Rey Toro. Cambió el modo de agarrar la espada tras hacerla girar en su mano y avanzó hacia Yasid.
- ¡NO! -La pequeña Ayna, que se había logrado liberar de los brazos de su cuñada, se interpuso entre los contendientes, con los brazos abiertos en cruz- ¡Dejadlo ya! ¡No quiero que os pase nada malo a ninguno de los dos!
- Apártate, Ayna -ordenó su hermano, sin dejar de sonreir.
- ¡NO!
- Apártate, Ayna -repitió, dejando caer su espada al suelo.
Ante la sorpresa de su hermana, Ajdet avanzó hacia Yasid y le extendió la mano. El negro también soltó su arma y completó el amistoso saludo que le ofrecía el Rey Toro.
- Bienvenido a la familia, Yasid. Ha sido una gran lucha.
Mis palabras no son más que balas perdidas que aspiran encontrar un corazón donde alojarse, no para hacer daño, no para matar, sino simplemente para encontrar un hogar más cálido y acogedor que la fría mente de la que fueron expulsadas en forma de relato. Son balas que buscan conmover, provocar, excitar... Espero, al menos algún día, conseguirlo, y que vosotros seáis los primeros en verlo. Sean bienvenidos.
sábado, 8 de octubre de 2011
lunes, 3 de octubre de 2011
A.C. (19: La subasta)
Una semana después de la llegada de las mujeres salvajes al Pueblo Azul, dando tiempo a que la noticia se extendiera y que los mercaderes llegasen para participar en ella, la subasta de las setenta y una mujeres y los diecinueve niños y niñas dio comienzo.
Ajdet había querido no sólo asistir a la subasta, sino dirigirla y hacer las veces de vendedor.
- ¡Amigos! -gritaba el Gran Jefe en la plaza central del pueblo, rodeado de una multitud de mercaderes y curiosos- Sé para lo que estáis todos aquí, así que no os haré perder el tiempo. ¡Que pasen las mujeres!
Del antiguo templo de la villa, dirigidas cada una por un hombre del mismo pueblo o del Gran Río, comenzaron a desfilar las hembras, todas ellas desnudas y maniatadas, la mayoría llorando aterrorizadas.
*****
En el pueblo del Gran Río, mientras sus antiguas compañeras eran vendidas como esclavas, las que habían corrido con la buena o mala suerte de ser escogidas por Ajdet recibían las primeras lecciones de Zuyda.
- A partir de ahora, os vais a convertir en meros coños. MIS coños. Seréis obedientes, sensuales y siempre estaréis dispuestas. Cualquier hombre que os necesite os podrá follar por el agujero que él quiera... ¡Basta de lloros!
- ¡AAAAHHH! -la varilla de madera, larga y flexible, que Zuyda llevaba en su mano impactó en la espalda de una de la siete mujeres, una salvaje de las montañas morena y de ojos verdes, abriendo su piel con un pequeño corte del que empezó a manar un fino reguero de sangre.
- Basta de lloros -repitió la chamán-. Habéis tenido suerte acabando aquí. Vuestra diferencia con las infelices que están siendo vendidas es que aquí vais a ser vosotras quienes vais a dominar a los hombres mediante el sexo, sin que ellos lo sepan. Convertiréis en realidad sus fantasías... y también las vuestras.
Las mujeres fijaron su mirada en la rubia chamán. Ahora sí que había captado su atención y las mujeres atendían interesadas.
Ajdet había querido no sólo asistir a la subasta, sino dirigirla y hacer las veces de vendedor.
- ¡Amigos! -gritaba el Gran Jefe en la plaza central del pueblo, rodeado de una multitud de mercaderes y curiosos- Sé para lo que estáis todos aquí, así que no os haré perder el tiempo. ¡Que pasen las mujeres!
Del antiguo templo de la villa, dirigidas cada una por un hombre del mismo pueblo o del Gran Río, comenzaron a desfilar las hembras, todas ellas desnudas y maniatadas, la mayoría llorando aterrorizadas.
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En el pueblo del Gran Río, mientras sus antiguas compañeras eran vendidas como esclavas, las que habían corrido con la buena o mala suerte de ser escogidas por Ajdet recibían las primeras lecciones de Zuyda.
- A partir de ahora, os vais a convertir en meros coños. MIS coños. Seréis obedientes, sensuales y siempre estaréis dispuestas. Cualquier hombre que os necesite os podrá follar por el agujero que él quiera... ¡Basta de lloros!
- ¡AAAAHHH! -la varilla de madera, larga y flexible, que Zuyda llevaba en su mano impactó en la espalda de una de la siete mujeres, una salvaje de las montañas morena y de ojos verdes, abriendo su piel con un pequeño corte del que empezó a manar un fino reguero de sangre.
- Basta de lloros -repitió la chamán-. Habéis tenido suerte acabando aquí. Vuestra diferencia con las infelices que están siendo vendidas es que aquí vais a ser vosotras quienes vais a dominar a los hombres mediante el sexo, sin que ellos lo sepan. Convertiréis en realidad sus fantasías... y también las vuestras.
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miércoles, 28 de septiembre de 2011
A.C. (18: Sangre en las montañas)
- ¡Vamos, preparaos! ¡Los mercenarios nos esperan en el Valle Alto!- Ajdet se había colocado la coraza y el casco de bronce y arengaba a los Hombres del Bosque y a unos pocos guerreros del Gran Río. No quería dejar, como la otra vez, el pueblo sin protección. Menos aún ahora que Tarsis podía tomar represalias por la muerte de sus emisarios.
- Estamos listos, Gran Jefe Ajdet.- dijo Ethú, al frente de los salvajes.
- Está bien. ¡Andando!
Ajdet dirigía al grupo de treinta y dos guerreros que se dirigían al pueblo del Monte Negro, entre los que se encontraba Yasid. El Rey Toro había decidido llevárselo, y no solamente para comprobar la habilidad del extranjero con la espada. También quería alejarlo de la pequeña Ayna esperando enfriar así los sentimientos de una y otro.
Al paso de las tropas junto al Valle Alto, otra quincena de guerreros se unieron al grupo.
Llegaron al pueblo del Monte Negro poco antes de que la noche cayera sobre la región. Los guerreros pasarían allí la noche y saldrían con el alba en busca de los salvajes de las montañas.
- ¡Bienvenido, Rey Toro!- saludó el Jefe del Monte Negro a Ajdet- Os hemos preparado una pequeña fiesta de bienvenida.
*****
Los hombres de Ajdet estaban encantados con esa bebida dulce, rojiza y suave que entraba por la boca, acariciaba la lengua, caía por la garganta, aterrizaba en el estómago y les calentaba la sangre.
- Y... ¿Cómo dices que se llama a esto, Utón?
- Vino, Gran Jefe Ajdet. Se llama vino y se extrae de la uva.
Ajdet elevó su copa y la chocó contra la del líder del Monte Negro. Una miríada de gotitas rojizas los cubrió, como una diminuta lluvia de rubíes que brillaban a la luz de las hogueras.
- Gran Jefe Ajdet, también en mi país conozco esta bebida- interrumpió Yasid, sentado a la diestra del Rey Toro-. Aconsejo que tus hombres no beban mucho o mañana no se podrán luchar.
- Cierto, extranjero- terció el Jefe del Monte Negro-. Pero unos tragos no harán daño a tan grandes guerreros.
Ajdet sonrió efusivamente, era un gesto que podía pasar desapercibido entre las risas etílicas de sus hombres, pero él estaba agradeciendo a los dioses que le hubieran facilitado tanto su plan. No podía creerlo, sin lugar a dudas estaba protegido por las divinidades.
Tras acabar su copa, se levantó y fue uno por uno a sus hombres, ordenándoles que dejaran de beber el dulce néctar. Sin embargo, cuando llegó a la zona en que los Hombres del Bosque reían, gritaban y bebían, directamente tiró de un manotazo la copa del primero de ellos que se puso a su alcance.
- ¿Qué demonios te crees que haces, maldito niñato?- bramó el salvaje, levantándose y enfrentando su ancho cuerpo ante el delgado ser del jefe. Ajdet no se amilanó. Sin más diálogo, abofeteó fuertemente al hombre del Bosque con el dorso de su mano, mandándolo al suelo.
- ¡He dicho que dejéis de beber! ¿No escucháis cuando os habla vuestro jefe o qué?
Algunos de los salvajes se levantaron también y se encararon al Jefe, que pronto fue respaldado por los hombres del Gran Río y del Valle Alto. La figura de Yasid ayudó a amedrentar a los salvajes, que todavía sospechaban que el enorme negro era más un demonio que un hombre.
La pelea, sin embargo, se evitó por la rápida actuación de Ethú, que separó a los contendientes y obligó a sus hombres a soltar sus bebidas.
- Ya habéis oído al Gran Jefe. Se acabó el beber por esta noche.
Los salvajes tiraron las copas y se retiraron, visiblemente enfadados, a la cabañas que el Monte Negro había preprado para que descansaran antes de la batalla del día siguiente.
- ¿Por qué hiciste esa cosa?- inquirió Yasid mientras veía a sus asilvestrados compañeros abandonar la plaza.
- Todo tiene su razón de ser, querido Yasid.
- Estamos listos, Gran Jefe Ajdet.- dijo Ethú, al frente de los salvajes.
- Está bien. ¡Andando!
Ajdet dirigía al grupo de treinta y dos guerreros que se dirigían al pueblo del Monte Negro, entre los que se encontraba Yasid. El Rey Toro había decidido llevárselo, y no solamente para comprobar la habilidad del extranjero con la espada. También quería alejarlo de la pequeña Ayna esperando enfriar así los sentimientos de una y otro.
Al paso de las tropas junto al Valle Alto, otra quincena de guerreros se unieron al grupo.
Llegaron al pueblo del Monte Negro poco antes de que la noche cayera sobre la región. Los guerreros pasarían allí la noche y saldrían con el alba en busca de los salvajes de las montañas.
- ¡Bienvenido, Rey Toro!- saludó el Jefe del Monte Negro a Ajdet- Os hemos preparado una pequeña fiesta de bienvenida.
*****
Los hombres de Ajdet estaban encantados con esa bebida dulce, rojiza y suave que entraba por la boca, acariciaba la lengua, caía por la garganta, aterrizaba en el estómago y les calentaba la sangre.
- Y... ¿Cómo dices que se llama a esto, Utón?
- Vino, Gran Jefe Ajdet. Se llama vino y se extrae de la uva.
Ajdet elevó su copa y la chocó contra la del líder del Monte Negro. Una miríada de gotitas rojizas los cubrió, como una diminuta lluvia de rubíes que brillaban a la luz de las hogueras.
- Gran Jefe Ajdet, también en mi país conozco esta bebida- interrumpió Yasid, sentado a la diestra del Rey Toro-. Aconsejo que tus hombres no beban mucho o mañana no se podrán luchar.
- Cierto, extranjero- terció el Jefe del Monte Negro-. Pero unos tragos no harán daño a tan grandes guerreros.
Ajdet sonrió efusivamente, era un gesto que podía pasar desapercibido entre las risas etílicas de sus hombres, pero él estaba agradeciendo a los dioses que le hubieran facilitado tanto su plan. No podía creerlo, sin lugar a dudas estaba protegido por las divinidades.
Tras acabar su copa, se levantó y fue uno por uno a sus hombres, ordenándoles que dejaran de beber el dulce néctar. Sin embargo, cuando llegó a la zona en que los Hombres del Bosque reían, gritaban y bebían, directamente tiró de un manotazo la copa del primero de ellos que se puso a su alcance.
- ¿Qué demonios te crees que haces, maldito niñato?- bramó el salvaje, levantándose y enfrentando su ancho cuerpo ante el delgado ser del jefe. Ajdet no se amilanó. Sin más diálogo, abofeteó fuertemente al hombre del Bosque con el dorso de su mano, mandándolo al suelo.
- ¡He dicho que dejéis de beber! ¿No escucháis cuando os habla vuestro jefe o qué?
Algunos de los salvajes se levantaron también y se encararon al Jefe, que pronto fue respaldado por los hombres del Gran Río y del Valle Alto. La figura de Yasid ayudó a amedrentar a los salvajes, que todavía sospechaban que el enorme negro era más un demonio que un hombre.
La pelea, sin embargo, se evitó por la rápida actuación de Ethú, que separó a los contendientes y obligó a sus hombres a soltar sus bebidas.
- Ya habéis oído al Gran Jefe. Se acabó el beber por esta noche.
Los salvajes tiraron las copas y se retiraron, visiblemente enfadados, a la cabañas que el Monte Negro había preprado para que descansaran antes de la batalla del día siguiente.
- ¿Por qué hiciste esa cosa?- inquirió Yasid mientras veía a sus asilvestrados compañeros abandonar la plaza.
- Todo tiene su razón de ser, querido Yasid.
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viernes, 23 de septiembre de 2011
A.C. (17: Los Hombres de Tarsis)
Las historias de Yasid eran asombrosas. Ajdet disfrutaba con la información que el negro le transmitía, prestando una atención especial cuando le hablaba de ese reino del sur en donde Yasid había pasado poco más de media luna.
El gigante extranjero dibujaba en la tierra un pequeño mapa de cómo estaba distribuida la capital y alguna de las ciudades circundantes.
- ¿Qué son esos extraños símbolos que dibujas ahí?- preguntó el Gran Jefe, señalando unos raros garabatos que había junto algunos de los cuadrados que indicaban distintos edificios.
- ¿Esto? Son letras... Se me olvidaba que en estas zonas no conocéis la escritura.
- ¿Escritura?- Ajdet pronunció con dificultad la extraña palabra.
- Cada uno de estos símbolos significa un sonido. Éste es la "e", éste, "rre", éste, "ri" y el último, la "a".
- e-rre-ri-a... ¡Herrería! La herrería de la ciudad... ¿Y puedes escribir cualquier sonido de cualquier idioma?
- Sí, aunque algunos son más difíciles, como vuestra "P", que es muy parecida a la "B", pero siempre se pueden poner dos símbolos para disipar dudas.
- ¿Y sería complicado aprender a escribir?
- ¿Com-plicado? ¿Te refieres a si sería difícil?- Ante la respuesta afirmativa de Ajdet, Yasid continuó.- No, no creo. ¿Deseas aprender?
- Me encantaría, pero, si no te importa, prefiero que empecemos mañana. Hoy tengo que visitar el Pueblo del Monte Negro. Y si queda tiempo, bajaré hasta las villas de la Sierra.
- De acuerdo, Rey Toro. Yo he de despedirme de Samir, ya está recuperado y ha decidido volver a casa.
- Entiendo...- Ajdet se quedó pensativo.- Oye, Yasid... ¿Cuando regresarás tú a tu casa?
- No tengo a nadie que me espere. Partí antes de casarme.
El Gran Jefe quiso ver más allá de sus palabras, y no le gustó lo que cruzó por su mente.
- Yasid.
- Dime, Rey Toro.
- No te enamores de mi hermana.- dijo, antes de despedirse del negro.
El gigante extranjero dibujaba en la tierra un pequeño mapa de cómo estaba distribuida la capital y alguna de las ciudades circundantes.
- ¿Qué son esos extraños símbolos que dibujas ahí?- preguntó el Gran Jefe, señalando unos raros garabatos que había junto algunos de los cuadrados que indicaban distintos edificios.
- ¿Esto? Son letras... Se me olvidaba que en estas zonas no conocéis la escritura.
- ¿Escritura?- Ajdet pronunció con dificultad la extraña palabra.
- Cada uno de estos símbolos significa un sonido. Éste es la "e", éste, "rre", éste, "ri" y el último, la "a".
- e-rre-ri-a... ¡Herrería! La herrería de la ciudad... ¿Y puedes escribir cualquier sonido de cualquier idioma?
- Sí, aunque algunos son más difíciles, como vuestra "P", que es muy parecida a la "B", pero siempre se pueden poner dos símbolos para disipar dudas.
- ¿Y sería complicado aprender a escribir?
- ¿Com-plicado? ¿Te refieres a si sería difícil?- Ante la respuesta afirmativa de Ajdet, Yasid continuó.- No, no creo. ¿Deseas aprender?
- Me encantaría, pero, si no te importa, prefiero que empecemos mañana. Hoy tengo que visitar el Pueblo del Monte Negro. Y si queda tiempo, bajaré hasta las villas de la Sierra.
- De acuerdo, Rey Toro. Yo he de despedirme de Samir, ya está recuperado y ha decidido volver a casa.
- Entiendo...- Ajdet se quedó pensativo.- Oye, Yasid... ¿Cuando regresarás tú a tu casa?
- No tengo a nadie que me espere. Partí antes de casarme.
El Gran Jefe quiso ver más allá de sus palabras, y no le gustó lo que cruzó por su mente.
- Yasid.
- Dime, Rey Toro.
- No te enamores de mi hermana.- dijo, antes de despedirse del negro.
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domingo, 18 de septiembre de 2011
A.C. (16: La lección de Ayna)
La noche había caído de nuevo sobre el Gran Río cuando el primero de los dos grupos de guerreros regresaba al pueblo. Sin embargo, Ajdet notó algo raro según atravesaba las puertas de su capital. Un ambiente de nerviosismo revoloteaba en el poblado, como si una pátina de intranquilidad hubiera cubierto el Gran Río durante su ausencia.
- ¡Lesc! ¿Qué demonios ha pasado?
- ¡Ajdet!- el joven hijo de Rocnar suspiró aliviado cuando vio aparecer a su Jefe. Estaba claro que, pese a que Ajdet le había visto capacitado para gobernar durante su ausencia y la de Rayma, lo que hubiera pasado le había desbordado por completo.- Cre... creía que ibas a venir antes, esperé todo lo que pude para darte tiempo a llegar... yo... lo siento...
- ¡Lesc! ¡Maldita sea, cálmate! ¿Qué ha ocurrido?
- Es... Ayna... se metió esta mañana en el bosque y todavía no ha regresado. No hay forma de encontrarla.- el joven Lesc parecía al borde del llanto, no sólo había actuado de forma lenta y negligente, lo que posiblemente causara la muerte de la pequeña, sino que también había echado a perder la ocasión de demostrarle al Rey Toro que él también podía ser un buen gobernante.
- ¿Qué dices? ¿Has mandado alguien a buscarla?
- Sí. Pagul, Misdo, Ferc y Bsadi la están buscando. ¡ah! Y el negro también. Él fue el último que la vio. Han salido a la caída del sol.
Ajdet maldijo. Era verdad que había dejado muy pocos hombres en la ciudad, y la mayoría de ellos, por no decir todos excepto Lesc, Rutde y Pagul, demasido jóvenes o demasiado mayores. Sin embargo, Lesc se había equivocado. Pagul era un guerrero sin demasiado cerebro que no se orientaba especialmente bien en el bosque. Ferc era aún un muchacho con más ganas que fuerza, y Misdo un guerrero ya demasiado veterano, que había sido incluso compañero de Arald, el padre de Agaúr y abuelo de Ajdet. El joven Rey Toro rezaba a los dioses que fuera Bsadi, un viejo cazador acostumbrado a desenvolverse en la espesura, el que hubiera tomado el mando de la partida de búsqueda. Sin embargo, conociendo el poco carácter del hombre y el ego desbordado de Pagul, estaba seguro que no había sido así.
Si al menos hubiera enviado unas cuantas mujeres de apoyo, con las que pudieran hacer un barrido del bosque... Pero Ajdet sabía la opinión que el hijo de Rocnar tenía de las hembras, a las que consideraba seres débiles e inferiores. Él mismo tampoco tenía una opinión mucho mejor, pero al menos podrían haber ayudado.
- ¡Lesc! ¿Qué demonios ha pasado?
- ¡Ajdet!- el joven hijo de Rocnar suspiró aliviado cuando vio aparecer a su Jefe. Estaba claro que, pese a que Ajdet le había visto capacitado para gobernar durante su ausencia y la de Rayma, lo que hubiera pasado le había desbordado por completo.- Cre... creía que ibas a venir antes, esperé todo lo que pude para darte tiempo a llegar... yo... lo siento...
- ¡Lesc! ¡Maldita sea, cálmate! ¿Qué ha ocurrido?
- Es... Ayna... se metió esta mañana en el bosque y todavía no ha regresado. No hay forma de encontrarla.- el joven Lesc parecía al borde del llanto, no sólo había actuado de forma lenta y negligente, lo que posiblemente causara la muerte de la pequeña, sino que también había echado a perder la ocasión de demostrarle al Rey Toro que él también podía ser un buen gobernante.
- ¿Qué dices? ¿Has mandado alguien a buscarla?
- Sí. Pagul, Misdo, Ferc y Bsadi la están buscando. ¡ah! Y el negro también. Él fue el último que la vio. Han salido a la caída del sol.
Ajdet maldijo. Era verdad que había dejado muy pocos hombres en la ciudad, y la mayoría de ellos, por no decir todos excepto Lesc, Rutde y Pagul, demasido jóvenes o demasiado mayores. Sin embargo, Lesc se había equivocado. Pagul era un guerrero sin demasiado cerebro que no se orientaba especialmente bien en el bosque. Ferc era aún un muchacho con más ganas que fuerza, y Misdo un guerrero ya demasiado veterano, que había sido incluso compañero de Arald, el padre de Agaúr y abuelo de Ajdet. El joven Rey Toro rezaba a los dioses que fuera Bsadi, un viejo cazador acostumbrado a desenvolverse en la espesura, el que hubiera tomado el mando de la partida de búsqueda. Sin embargo, conociendo el poco carácter del hombre y el ego desbordado de Pagul, estaba seguro que no había sido así.
Si al menos hubiera enviado unas cuantas mujeres de apoyo, con las que pudieran hacer un barrido del bosque... Pero Ajdet sabía la opinión que el hijo de Rocnar tenía de las hembras, a las que consideraba seres débiles e inferiores. Él mismo tampoco tenía una opinión mucho mejor, pero al menos podrían haber ayudado.
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martes, 13 de septiembre de 2011
A.C. (15: La Estrategia de Ajdet)
Ajdet no podía esperar ni un minuto más. Era hora de demostrarle al extranjero el poder del Rey Toro. Su simple nombre bastaría para hacer rendirse al Pueblo Azul y Yasid entendería que él era tan o más poderoso que el rey del Sur.
- ¡Maastri! Ves y diles lo que acordamos.
El joven de los Hombres del Bosque se había ido convirtiendo día a día en uno de los hombres de confianza del Rey Toro. Su obediencia y rapidez le habían concedido un puesto muy cercano al jefe.
El salvaje asintió y salió del pueblo a la carrera. Si cumplía su misión, si empezaba a subir el respeto que el Gran Jefe le tenía, tal vez podría abandonar su tribu salvaje y hacerse un hueco en los desarrollados pueblos que Ajdet conquistaba.
*****
Las horas pasaban y el Gran Jefe paseaba por su territorio con Yasid, mientras esperaba que Maastri llegara con la respuesta de Kimel. Samir, tras despertar de su profundo sueño, se curaba lentamente merced a los ungüentos de Zuyda, lo que tranquilizaba al imponente negro, que en su paseo sin embargo acosaba a preguntas a Ajdet. El joven se pensaba mucho antes de responder, no sólo porque tuviera que escoger las palabras más sencillas para que el extranjero las entendiera, sino porque tampoco le quería dar demasiados datos importantes. Todavía no se fiaba completamente del negro. Tenía que reconocer que Yasid aprendía demasiado rápido el idioma.
Los gritos de los vigilantes le sacaron de la conversación. Se puso a correr hacia el este del poblado mientras trataba de averiguar el motivo del griterío.
*****
La rabia lo había dominado durante unos segundos al encontrarse con el desagradable regalo que le esperaba a pocos metros de la muralla. La cabeza cercenada del joven Maastri lo miraba a los ojos desde el suelo, como preguntándole un por qué que ni él mismo podía contestar.
Un jinete lo había traído y lo había lanzado a los pies de los guardias antes de desaparecer nuevamente en el bosque occidental.
Los Hombres del Bosque corrieron a por sus armas, deseosos de atacar ese maldito pueblo que había acabado con su compañero. Sin embargo, Ajdet los detuvo. Su inteligencia y sangre fría se impusieron a su ira.
- ¡Quietos! Primero tendremos que enterarnos de qué es lo que tienen para atreverse a hacer una cosa de éstas. Lesc, escoge dos guerreros y ves al Pueblo Azul. Vigila e investiga, pero con mucho cuidado, no te acerques demasiado. Intenta contactar con Sanom, si puedes, es de confianza.
- ¡Maastri! Ves y diles lo que acordamos.
El joven de los Hombres del Bosque se había ido convirtiendo día a día en uno de los hombres de confianza del Rey Toro. Su obediencia y rapidez le habían concedido un puesto muy cercano al jefe.
El salvaje asintió y salió del pueblo a la carrera. Si cumplía su misión, si empezaba a subir el respeto que el Gran Jefe le tenía, tal vez podría abandonar su tribu salvaje y hacerse un hueco en los desarrollados pueblos que Ajdet conquistaba.
*****
Las horas pasaban y el Gran Jefe paseaba por su territorio con Yasid, mientras esperaba que Maastri llegara con la respuesta de Kimel. Samir, tras despertar de su profundo sueño, se curaba lentamente merced a los ungüentos de Zuyda, lo que tranquilizaba al imponente negro, que en su paseo sin embargo acosaba a preguntas a Ajdet. El joven se pensaba mucho antes de responder, no sólo porque tuviera que escoger las palabras más sencillas para que el extranjero las entendiera, sino porque tampoco le quería dar demasiados datos importantes. Todavía no se fiaba completamente del negro. Tenía que reconocer que Yasid aprendía demasiado rápido el idioma.
Los gritos de los vigilantes le sacaron de la conversación. Se puso a correr hacia el este del poblado mientras trataba de averiguar el motivo del griterío.
*****
La rabia lo había dominado durante unos segundos al encontrarse con el desagradable regalo que le esperaba a pocos metros de la muralla. La cabeza cercenada del joven Maastri lo miraba a los ojos desde el suelo, como preguntándole un por qué que ni él mismo podía contestar.
Un jinete lo había traído y lo había lanzado a los pies de los guardias antes de desaparecer nuevamente en el bosque occidental.
Los Hombres del Bosque corrieron a por sus armas, deseosos de atacar ese maldito pueblo que había acabado con su compañero. Sin embargo, Ajdet los detuvo. Su inteligencia y sangre fría se impusieron a su ira.
- ¡Quietos! Primero tendremos que enterarnos de qué es lo que tienen para atreverse a hacer una cosa de éstas. Lesc, escoge dos guerreros y ves al Pueblo Azul. Vigila e investiga, pero con mucho cuidado, no te acerques demasiado. Intenta contactar con Sanom, si puedes, es de confianza.
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jueves, 8 de septiembre de 2011
A.C. (14: El Extranjero)
- Vamos, Samir, por todos los dioses, resiste, por favor. Pronto llegaremos a un poblado.
Los dos extranjeros avanzaban a duras penas por el prado, el más alto de los dos arrastrando consigo a su compañero, que sólo podía gritar y encogerse por el dolor lacerante que abrasaba su estómago.
- No... no puedo continuar...- balbucía, casi sin fuerzas, el hombre.- estoy demasiado... ¡AAARRGHHHH!
Samir se soltó del brazo de su amigo y cayó al suelo. Sentía un fuego devastador romperle las entrañas, reventarlo de dolor, robarle todas las fuerzas y dejarlo derrotado sobre la hierba húmeda aún del rocío de la mañana.
- ¡Mira! ¡Un poblado! ¡Voy a intentar pedir ayuda! ¡Resiste!
El hombre salió corriendo hacia la villa, dejando a su compañero doliéndose sobre la hierba. Cruzaba el verde prado con zancadas tan enormes como él mismo, el viento azotaba en su rostro, los pulmones le ardían y el corazón parecía querer salírsele del cuerpo, pinchando su pecho como si una daga le atravesara la piel desde dentro, pero la vida de Samir estaba en sus manos y no podía dejar de correr.
El poblado, a ojos vista, parecía crecer y elevarse a medida que se aproximaba, como si desde que él empezara su alocada carrera, hubiera ido evolucionando desde una casucha de pieles y huesos hasta la villa fortificada que ahora semejaba. Quizás, cuando llegase a ella, sus hombres habrían descubierto ya cómo volar y sus edificios serían tan altos como el mismísimo cielo.
- ¡Pagul! ¡Mira eso! ¿Qué demonios es?
Uno de los guardias que vigilaban la puerta encarada al sudoeste del poblado señaló al hombre que corría hacia ellos vestido con una túnica de llamativos colores violáceos. Pero aquél no era un hombre normal. Era enorme, corría tan rápido como el mismo viento y, lo más inquietante, su cara era del color de la noche.
Los guardianes mostraron sus espadas mientras el gigante negro avanzaba hacia ellos a gran velocidad.
- ¡Alto! ¡Deténte ahora mismo!- Ordenó el tal Pagul, arma en ristre.
El extranjero se detuvo justo frente a los guerreros, y se echó de rodillas, implorando algo en un idioma extraño y atropellado.
- ¿Qué demonios dices? ¡No entiendo nada!
- Es un conjuro, está intentando hechizarte... ¡mátalo, Pagul!- dijo el otro guardián. Sin embargo, su compañero no obedeció, en los ojos de ese hombre de piel oscura y gruesos labios encontró una sensación de angustia y miedo profundo que inspiraron su compasión.
- Llama a Ajdet. Él sabrá lo que hacer.
- Pero...
- ¡Hazlo! ¡No me pasará nada, no está armado!
Los dos extranjeros avanzaban a duras penas por el prado, el más alto de los dos arrastrando consigo a su compañero, que sólo podía gritar y encogerse por el dolor lacerante que abrasaba su estómago.
- No... no puedo continuar...- balbucía, casi sin fuerzas, el hombre.- estoy demasiado... ¡AAARRGHHHH!
Samir se soltó del brazo de su amigo y cayó al suelo. Sentía un fuego devastador romperle las entrañas, reventarlo de dolor, robarle todas las fuerzas y dejarlo derrotado sobre la hierba húmeda aún del rocío de la mañana.
- ¡Mira! ¡Un poblado! ¡Voy a intentar pedir ayuda! ¡Resiste!
El hombre salió corriendo hacia la villa, dejando a su compañero doliéndose sobre la hierba. Cruzaba el verde prado con zancadas tan enormes como él mismo, el viento azotaba en su rostro, los pulmones le ardían y el corazón parecía querer salírsele del cuerpo, pinchando su pecho como si una daga le atravesara la piel desde dentro, pero la vida de Samir estaba en sus manos y no podía dejar de correr.
El poblado, a ojos vista, parecía crecer y elevarse a medida que se aproximaba, como si desde que él empezara su alocada carrera, hubiera ido evolucionando desde una casucha de pieles y huesos hasta la villa fortificada que ahora semejaba. Quizás, cuando llegase a ella, sus hombres habrían descubierto ya cómo volar y sus edificios serían tan altos como el mismísimo cielo.
- ¡Pagul! ¡Mira eso! ¿Qué demonios es?
Uno de los guardias que vigilaban la puerta encarada al sudoeste del poblado señaló al hombre que corría hacia ellos vestido con una túnica de llamativos colores violáceos. Pero aquél no era un hombre normal. Era enorme, corría tan rápido como el mismo viento y, lo más inquietante, su cara era del color de la noche.
Los guardianes mostraron sus espadas mientras el gigante negro avanzaba hacia ellos a gran velocidad.
- ¡Alto! ¡Deténte ahora mismo!- Ordenó el tal Pagul, arma en ristre.
El extranjero se detuvo justo frente a los guerreros, y se echó de rodillas, implorando algo en un idioma extraño y atropellado.
- ¿Qué demonios dices? ¡No entiendo nada!
- Es un conjuro, está intentando hechizarte... ¡mátalo, Pagul!- dijo el otro guardián. Sin embargo, su compañero no obedeció, en los ojos de ese hombre de piel oscura y gruesos labios encontró una sensación de angustia y miedo profundo que inspiraron su compasión.
- Llama a Ajdet. Él sabrá lo que hacer.
- Pero...
- ¡Hazlo! ¡No me pasará nada, no está armado!
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sábado, 3 de septiembre de 2011
A.C. (13: El Pueblo del Gallo)
Pasaron dos días, los hombres del Gran Río enviados por Ajdet y comandados por Lesc ya habían regresado, después de ayudar en la reconstrucción del pueblo del Valle Alto. Para compensarlos por los estragos que la guerra había causado, Ajdet no sólo les permitió explotar las minas de cobre y estaño, sino que hizo llamar a uno de los supervivientes para que aprendiera de Rutde el oficio de la herrería.
No obstante, el abismo que se había abierto entre el número de hombres y de mujeres en el pueblo tras la batalla, era un inconveniente en el que el Gran Jefe no dejaba de pensar. Viudas y mujeres jóvenes se habían quedado sin posibilidades de encontrar esposo. Pensó sin embargo que ya tendría tiempo de arreglarlo cuando conquistara el pueblo del Gallo.
Ajdet salió de casa y el sol repentino del amanecer le dolió en los ojos. Entrecerró los párpados y trató de acostumbrarse a la claridad brutal del día. Sus hombres comenzaban a prepararse. A los guerreros que le acompañaron en su ataque contra el Valle Alto se les habían unido varios habitantes más de los otros dos pueblos. En total, sesenta y un guerreros, ya la mayoría de ellos armados con espadas de bronce e, incluso, algunos como Rocnar o Lesc también con armaduras del cobrizo metal.
En vez de dirigirse directamente hacia ellos, el Gran Jefe se alejó del centro del poblado, hacia los campos que habían quedado fuera de las murallas. Se acercó a un pequeño cercado donde un animal zahíno correteaba.
Ajdet sonrió con arrogancia. Era hora de amedrentar al enemigo.
*****
El pueblo del Gallo estaba rodeado por una empalizada de madera que, si bien no era tan buena protección como la muralla de piedra del Gran Río, daba una gran ventaja a los defensores. Además, la villa era de las más grandes y pobladas de la zona, más de doscientas personas vivían dentro del pueblo, y ningún otro rival se había atrevido a atacarla desde muchas generaciones atrás. Se necesitaba un ejército muy fuerte y poderoso para siquiera intentarlo. Justo lo que Ajdet, en tan poco tiempo, había logrado.
- ¡Allí vienen los Hombres del Bosque! ¡Es cierto! ¡Los comanda un hombre a caballo! ¡No! ¡No es un caballo! ¡Es... Dioses del Cielo!
Los gritos del vigilante llegaron a oídos de los invasores, que se apostaban lentamente junto a la empalizada este del poblado. Una risa franca recorrió a las tropas.
No obstante, el abismo que se había abierto entre el número de hombres y de mujeres en el pueblo tras la batalla, era un inconveniente en el que el Gran Jefe no dejaba de pensar. Viudas y mujeres jóvenes se habían quedado sin posibilidades de encontrar esposo. Pensó sin embargo que ya tendría tiempo de arreglarlo cuando conquistara el pueblo del Gallo.
Ajdet salió de casa y el sol repentino del amanecer le dolió en los ojos. Entrecerró los párpados y trató de acostumbrarse a la claridad brutal del día. Sus hombres comenzaban a prepararse. A los guerreros que le acompañaron en su ataque contra el Valle Alto se les habían unido varios habitantes más de los otros dos pueblos. En total, sesenta y un guerreros, ya la mayoría de ellos armados con espadas de bronce e, incluso, algunos como Rocnar o Lesc también con armaduras del cobrizo metal.
En vez de dirigirse directamente hacia ellos, el Gran Jefe se alejó del centro del poblado, hacia los campos que habían quedado fuera de las murallas. Se acercó a un pequeño cercado donde un animal zahíno correteaba.
Ajdet sonrió con arrogancia. Era hora de amedrentar al enemigo.
*****
El pueblo del Gallo estaba rodeado por una empalizada de madera que, si bien no era tan buena protección como la muralla de piedra del Gran Río, daba una gran ventaja a los defensores. Además, la villa era de las más grandes y pobladas de la zona, más de doscientas personas vivían dentro del pueblo, y ningún otro rival se había atrevido a atacarla desde muchas generaciones atrás. Se necesitaba un ejército muy fuerte y poderoso para siquiera intentarlo. Justo lo que Ajdet, en tan poco tiempo, había logrado.
- ¡Allí vienen los Hombres del Bosque! ¡Es cierto! ¡Los comanda un hombre a caballo! ¡No! ¡No es un caballo! ¡Es... Dioses del Cielo!
Los gritos del vigilante llegaron a oídos de los invasores, que se apostaban lentamente junto a la empalizada este del poblado. Una risa franca recorrió a las tropas.
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lunes, 29 de agosto de 2011
A.C. (12: La iniciación de Malda)
Cuando Ajdet, junto con los otro trece guerreros, los veinticinco hombres del bosque y su nueva adquisición llegaron al poblado, el Gran Río se preparaba para la comida del mediodía.
El olor a carne cocinada se elevaba por el aire y actuaba a modo de canto de sirena para los cansados y hambrientos guerreros.
- Vaya... has organizado muy bien esto en mi ausencia.- Dijo Ajdet a Rayma.
- ¿Acaso lo dudabas, Pequeño Ciervo?- respondió confiada la mujer, aunque el apelativo hizo que Ajdet recordara, de pronto, más cosas de las que hubiera deseado.
- Jamás vuelvas a llamarme así, Rayma. Nunca en tu vida.
- P-perdón, Ajdet. No sabía que te molestara tanto.
- No importa.
- ¿Quién es ella?- Preguntó la esposa señalando a la desnuda mujer que acompañaba a su marido, con las manos aún atadas. No podía entenderlo, jamás en su vida le había dolido tanto ver a un hombre con otra mujer que no fuera ella. Sin embargo, Ajdet tenía a su alrededor una especie de aura, una suerte de fuerza de atracción que lo hacía irresistiblemente único.
- ¿Ella? Sólo un regalito... ¿Has visto a Zuyda?
- Creo que está durmiendo. Con su trabajo, sólo en estos momentos es cuando puede descansar.
- Perfecto.
*****
Los fuertes golpes en la puerta despertaron finalmente a la joven curandera del pueblo. Se levantó, cansada e irritada, y se arrastró pesadamente hacia la puerta.
- Maldita sea... ni siquiera ahora puedo dormir...- gruñó la mujer. Sin embargo, cuando abrió la puerta, se encontró con una visita inesperada.- ¡Ajdet! ¡Qué alegría verte!
Aunque la rubia chamán mostraba unas ojeras evidentes por su falta de sueño, la sonrisa al ver al hombre que le descubrió todo un nuevo mundo de sensaciones le iluminó el rostro.
- ¿Qué tal, Zuyda? Últimamente te veo muy cansada.
- Oh... no... bueno, sí... pero para ti siempre tengo un hueco.
Ajdet sonrió. Se sabía atractivo, pero el éxito que estaba teniendo últimamente con absolutamente todas las mujeres le sorprendía incluso a él.
- ¿Acaso no vas a preguntar quién es ella?
Zuyda observó a la mujer que acompañaba al Gran Jefe. Ni siquiera se había percatado de que estaba allí, desde que abrió la puerta solamente se había fijado en Ajdet. Como casi todas las mujeres que conocía, había caído de lleno en el influjo del hijo de Agaúr, y estaba casi segura que esa joven morena, desnuda y maniatada, que iba detrás del Gran Jefe como un perro faldero era, efectivamente, otra más de las hembras hechizadas por la profunda mirada del joven.
- ¿Y quién es?
- Tu nueva aprendiz.
El olor a carne cocinada se elevaba por el aire y actuaba a modo de canto de sirena para los cansados y hambrientos guerreros.
- Vaya... has organizado muy bien esto en mi ausencia.- Dijo Ajdet a Rayma.
- ¿Acaso lo dudabas, Pequeño Ciervo?- respondió confiada la mujer, aunque el apelativo hizo que Ajdet recordara, de pronto, más cosas de las que hubiera deseado.
- Jamás vuelvas a llamarme así, Rayma. Nunca en tu vida.
- P-perdón, Ajdet. No sabía que te molestara tanto.
- No importa.
- ¿Quién es ella?- Preguntó la esposa señalando a la desnuda mujer que acompañaba a su marido, con las manos aún atadas. No podía entenderlo, jamás en su vida le había dolido tanto ver a un hombre con otra mujer que no fuera ella. Sin embargo, Ajdet tenía a su alrededor una especie de aura, una suerte de fuerza de atracción que lo hacía irresistiblemente único.
- ¿Ella? Sólo un regalito... ¿Has visto a Zuyda?
- Creo que está durmiendo. Con su trabajo, sólo en estos momentos es cuando puede descansar.
- Perfecto.
*****
Los fuertes golpes en la puerta despertaron finalmente a la joven curandera del pueblo. Se levantó, cansada e irritada, y se arrastró pesadamente hacia la puerta.
- Maldita sea... ni siquiera ahora puedo dormir...- gruñó la mujer. Sin embargo, cuando abrió la puerta, se encontró con una visita inesperada.- ¡Ajdet! ¡Qué alegría verte!
Aunque la rubia chamán mostraba unas ojeras evidentes por su falta de sueño, la sonrisa al ver al hombre que le descubrió todo un nuevo mundo de sensaciones le iluminó el rostro.
- ¿Qué tal, Zuyda? Últimamente te veo muy cansada.
- Oh... no... bueno, sí... pero para ti siempre tengo un hueco.
Ajdet sonrió. Se sabía atractivo, pero el éxito que estaba teniendo últimamente con absolutamente todas las mujeres le sorprendía incluso a él.
- ¿Acaso no vas a preguntar quién es ella?
Zuyda observó a la mujer que acompañaba al Gran Jefe. Ni siquiera se había percatado de que estaba allí, desde que abrió la puerta solamente se había fijado en Ajdet. Como casi todas las mujeres que conocía, había caído de lleno en el influjo del hijo de Agaúr, y estaba casi segura que esa joven morena, desnuda y maniatada, que iba detrás del Gran Jefe como un perro faldero era, efectivamente, otra más de las hembras hechizadas por la profunda mirada del joven.
- ¿Y quién es?
- Tu nueva aprendiz.
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domingo, 28 de agosto de 2011
A.C. (11: Los Horrores de la Guerra)
Los Hombres del Bosque llegaron, como prometieron, junto con el primer amanecer tras la luna llena, y el Gran Jefe ya estaba esperándolos tras la muralla recién levantada. Cada vez veía más cercano su sueño de un imperio más allá de los cuatro horizontes. Ajdet tenía pensado sus próximos pasos durante las dos siguientes lunas, tras las que quería tener al menos cinco poblados más bajo su control. Si atacaba el Valle Alto y el Pueblo del Gallo con sus nuevos guerreros en sus filas, demostrando hasta qué punto llegaban sus fuerzas, estaba seguro de que el Pueblo Azul se rendiría sin tener que derramar una gota de sangre, dándole a su naciente imperio una salida al mar y, con ella, también al comercio con los mercaderes de tierras lejanas. Luego, expandirse hacia el norte o hacia el sur dependería solamente del tiempo.
La llegada de sus nuevos guerreros fue como agua de mayo para las ambiciones de Ajdet. Los hombres del Valle Alto habían entrado en la mina de la que el pueblo del Gran Río extraía el cobre, deseosos de producir ellos mismos ese metal que tantas posibilidades ofrecía, pero provocando una pequeña reyerta con su gente que no acabó más que con unos pocos heridos entre los mineros. Ofensa suficiente para ser el primer pueblo que invadiera tras el Valle Bajo.
El Gran Jefe del Gran Río se había visto obligado a colocar dos turnos con un par de guerreros bien equipados para vigilar su preciado metal y disuadir a los hombres del Valle Alto de volver a esquilmar sus recursos. Ahora, con los salvajes a sus órdenes, todo se arreglaría.
- ¡Ethú!- llamó Ajdet al líder de los Hombres del Bosque mientras éstos investigaban sus cabañas. Como tan sólo iban a usarlas para dormir, Ajdet había decidido poner seis camas grandes en cada morada, sabedor de que los salvajes no se quejarían. Así, lograba colocar a todos sus nuevos pobladores en escasas ocho viviendas. Ahora que la muralla estaba a punto de terminarse, el espacio dentro de la ciudad era un tesoro que no debía malgastar.
- Dime, Gran Jefe Ajdet.
- Prepara a tus hombres. Esta noche, para festejar vuestra incorporación, conquistaremos la primera villa. Tendréis todas las mujeres que queráis.
- ¡Fabuloso! Pero mi gente prefiere usar al menos de momento sus viejas armas, no se sienten cómodos con tus brillantes cuchillos.
Ajdet asintió. Los "brillantes cuchillos" no eran más que las espadas de bronce que el joven les había entregado para que se fueran preparando. Si los nuevos preferían luchar con sus viejas armas, que así fuera, no en vano esas armas habían sesgado más vidas de las que era sensato recordar.
*****
Caía la noche. Catorce guerreros del pueblo del Gran Río, doce del Valle Bajo, entre ellos Rocnar, y los veintiséis Hombres del Bosque llegaron a las afueras del pueblo del Valle Alto. Todos sonreían sabiendo que la victoria era casi segura. Superaban en número y en fuerza a los pobladores de la villa, y aparte contaban con el factor sorpresa.
Con los invasores amparados en la oscuridad del ocaso, los hombres del Valle Alto no notaron que los atacantes se acercaban hasta que fue demasiado tarde.
- ¡LOS HOMBRES DEL BOSQUE! ¡VIENEN LOS HOMBRES DEL BOSQUE!- gritó uno de los jóvenes del Valle Alto, corriendo por en medio del poblado, tras ver a los guerreros que encabezaban la tropa, con la mitad del cuerpo brillando a la luz anaranjada de las hogueras y la otra aparentemente en la oscuridad, como si fueran criaturas hechas de fuego y de noche, recién surgidas de las pesadillas más oscuras de un loco.
Los hombres del Valle Alto agarraron sus armas y salieron de las casas, tan sólo para encontrarse a aquellos salvajes destrozando a sus vecinos.
Los Hombres del Bosque saltaban como fieras sobre sus víctimas, apuñalándolos con burdas hojas de sílex o directamente reventando sus cabezas con gruesas rocas. Tras ellos, unas decenas de hombres armados con espadas les seguían.
- ¡Ajdet, amigo!- gritó uno de los pobladores del Valle Alto.- ¿Has venido a ayudarn...?
Jamás acabó la frase. La afilada espada del Gran Jefe le rebanó la cabeza de un solo sesgo. La sangre salió a borbotones y tiñó de rojizo la cara y la armadura de Ajdet, que enseñaba los dientes con la misma sonrisa macabra que exhibían los Hombres del Bosque cuando asaltaban a un nuevo enemigo para, una vez muerto, con sus toscas armas o con sus propias manos, abrirle el pecho y extraerle el corazón, que mordían y tragaban como si del plato más exquisito se tratase.
La batalla continuaba y los defensores iban cayendo uno tras otro, aplastados por la fuerza y la ferocidad de sus rivales.
Ajdet observó a su alrededor. Él y sus hombres habían perdido completamente el control. No existía ya el enemigo. Lo único que quedaba de ello era un grupo de hombres aterrados, que huían despavoridos o trataban de esconderse en el interior de sus casas y, sin embargo, sus guerreros seguían sedientos de sangre, asesinando sin contemplaciones a cualquiera que tuvieran delante, tiñéndose todos ellos del rojizo líquido vital de sus víctimas.
- ¡DETENEOS! ¡QUIETOS! ¡YA ES SUFICIENTE, POR TODOS LOS DIOSES!
El grito de Ajdet, en un primer momento, pareció pasar desapercibido en medio del fragor de la batalla, pero poco a poco todos los invasores fueron parando y observando el desolado paisaje que tenían alrededor, como si despertaran de un profundo sueño. Algunos de los salvajes tuvieron que ser detenidos por sus propios compañeros, después de estar largos minutos golpeando y apuñalando lo que ya sólo era un sanguinolento cadáver.
La llegada de sus nuevos guerreros fue como agua de mayo para las ambiciones de Ajdet. Los hombres del Valle Alto habían entrado en la mina de la que el pueblo del Gran Río extraía el cobre, deseosos de producir ellos mismos ese metal que tantas posibilidades ofrecía, pero provocando una pequeña reyerta con su gente que no acabó más que con unos pocos heridos entre los mineros. Ofensa suficiente para ser el primer pueblo que invadiera tras el Valle Bajo.
El Gran Jefe del Gran Río se había visto obligado a colocar dos turnos con un par de guerreros bien equipados para vigilar su preciado metal y disuadir a los hombres del Valle Alto de volver a esquilmar sus recursos. Ahora, con los salvajes a sus órdenes, todo se arreglaría.
- ¡Ethú!- llamó Ajdet al líder de los Hombres del Bosque mientras éstos investigaban sus cabañas. Como tan sólo iban a usarlas para dormir, Ajdet había decidido poner seis camas grandes en cada morada, sabedor de que los salvajes no se quejarían. Así, lograba colocar a todos sus nuevos pobladores en escasas ocho viviendas. Ahora que la muralla estaba a punto de terminarse, el espacio dentro de la ciudad era un tesoro que no debía malgastar.
- Dime, Gran Jefe Ajdet.
- Prepara a tus hombres. Esta noche, para festejar vuestra incorporación, conquistaremos la primera villa. Tendréis todas las mujeres que queráis.
- ¡Fabuloso! Pero mi gente prefiere usar al menos de momento sus viejas armas, no se sienten cómodos con tus brillantes cuchillos.
Ajdet asintió. Los "brillantes cuchillos" no eran más que las espadas de bronce que el joven les había entregado para que se fueran preparando. Si los nuevos preferían luchar con sus viejas armas, que así fuera, no en vano esas armas habían sesgado más vidas de las que era sensato recordar.
*****
Caía la noche. Catorce guerreros del pueblo del Gran Río, doce del Valle Bajo, entre ellos Rocnar, y los veintiséis Hombres del Bosque llegaron a las afueras del pueblo del Valle Alto. Todos sonreían sabiendo que la victoria era casi segura. Superaban en número y en fuerza a los pobladores de la villa, y aparte contaban con el factor sorpresa.
Con los invasores amparados en la oscuridad del ocaso, los hombres del Valle Alto no notaron que los atacantes se acercaban hasta que fue demasiado tarde.
- ¡LOS HOMBRES DEL BOSQUE! ¡VIENEN LOS HOMBRES DEL BOSQUE!- gritó uno de los jóvenes del Valle Alto, corriendo por en medio del poblado, tras ver a los guerreros que encabezaban la tropa, con la mitad del cuerpo brillando a la luz anaranjada de las hogueras y la otra aparentemente en la oscuridad, como si fueran criaturas hechas de fuego y de noche, recién surgidas de las pesadillas más oscuras de un loco.
Los hombres del Valle Alto agarraron sus armas y salieron de las casas, tan sólo para encontrarse a aquellos salvajes destrozando a sus vecinos.
Los Hombres del Bosque saltaban como fieras sobre sus víctimas, apuñalándolos con burdas hojas de sílex o directamente reventando sus cabezas con gruesas rocas. Tras ellos, unas decenas de hombres armados con espadas les seguían.
- ¡Ajdet, amigo!- gritó uno de los pobladores del Valle Alto.- ¿Has venido a ayudarn...?
Jamás acabó la frase. La afilada espada del Gran Jefe le rebanó la cabeza de un solo sesgo. La sangre salió a borbotones y tiñó de rojizo la cara y la armadura de Ajdet, que enseñaba los dientes con la misma sonrisa macabra que exhibían los Hombres del Bosque cuando asaltaban a un nuevo enemigo para, una vez muerto, con sus toscas armas o con sus propias manos, abrirle el pecho y extraerle el corazón, que mordían y tragaban como si del plato más exquisito se tratase.
La batalla continuaba y los defensores iban cayendo uno tras otro, aplastados por la fuerza y la ferocidad de sus rivales.
Ajdet observó a su alrededor. Él y sus hombres habían perdido completamente el control. No existía ya el enemigo. Lo único que quedaba de ello era un grupo de hombres aterrados, que huían despavoridos o trataban de esconderse en el interior de sus casas y, sin embargo, sus guerreros seguían sedientos de sangre, asesinando sin contemplaciones a cualquiera que tuvieran delante, tiñéndose todos ellos del rojizo líquido vital de sus víctimas.
- ¡DETENEOS! ¡QUIETOS! ¡YA ES SUFICIENTE, POR TODOS LOS DIOSES!
El grito de Ajdet, en un primer momento, pareció pasar desapercibido en medio del fragor de la batalla, pero poco a poco todos los invasores fueron parando y observando el desolado paisaje que tenían alrededor, como si despertaran de un profundo sueño. Algunos de los salvajes tuvieron que ser detenidos por sus propios compañeros, después de estar largos minutos golpeando y apuñalando lo que ya sólo era un sanguinolento cadáver.
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Orgías
martes, 23 de agosto de 2011
A.C. (10: Los Hombres del Bosque)
Lo había ido postergando durante demasiados días, pero ya no podía dejarlo pasar ni una jornada más. Ajdet estaba decidido, era el momento.
- ¿Tienes la armadura?
Rutde mostró su sonrisa más amplia. Estaba seguro de que Ajdet quedaría encantado con su trabajo. Había estado ocupado durante todo el día anterior en preparar la cota de bronce que Ajdet le había encargado.
- Perfecta.- dijo el Gran Jefe, tomándola en sus manos.- ayúdame a ponérmela, que tengo algo importante que hacer.
*****
La gente del pueblo del Gran Río quedó asombrada al ver salir a Ajdet de la herrería con su brillante armadura. Parecía un héroe de leyenda, o quizás un dios.
Sin perder un solo minuto más, envainó su espada en la funda de cuero y, atravesando la muralla aún a medio construir, se internó en el bosque. Nadie sabía muy bien en qué punto de la espesura se escondían los Hombres del Bosque. Formaban una tribu nómada que prefería vivir como los Antiguos, guareciéndose en bosques o cuevas y viviendo de la caza o los frutos que recogían de la naturaleza. Sin embargo, en algunos inviernos en que escaseaba la caza, no era inusual verlos saquear los rebaños de los pueblos cercanos y, cuando lo hacían, lo mejor era no interponerse en su camino. Su fuerza, velocidad y crueldad eran bien conocidas y, muchas veces, habían acabado con la vida de todos los hombres del poblado en cuestión. Hombres adultos, bien armados, y con el terreno a su favor, no habían tenido nada que hacer contra esos salvajes. Tras matar a los hombres, las más veces se quedaban en el poblado para violar a las mujeres y a las niñas, sin importarles edad ni condición física.
Ajdet avanzaba por el bosque con su armadura que, aunque resultaba incómoda y pesada, sería la única opción de sobrevivir si las cosas se torcían. La espesura estaba llena de sonidos, y el joven jefe del Gran
Río creía reconocer detrás de cada uno de ellos a los Hombres del Bosque, escondidos tras los árboles, observándolo, espiándolo, pensando si era un enemigo al que habría que atacar o, por el contrario, sería mejor esperar a enterarse de qué es lo que quería.
Un jabalí le salió al paso a Ajdet, pero el joven no se inmutó. Sabía que, si no se le provocaba, el animal no atacaría a alguien más grande que él. El jabalí se quedó observando fijamente a Ajdet, calibrando fuerzas, pero una vez que parecía haber decidido marcharse a otros parajes más tranquilos, una flecha se clavó violentamente en la cabeza del animal, entrando por el ojo y alojándose en su cerebro, causando una muerte instantánea.
Entonces sí, Ajdet desenfundó su espada y dio una vuelta sobre sí mismo. Seguía sin ver a nadie, pero estaba claro que había sido uno de esos hombres del bosque los que habían acabado con el puerco.
De pronto, como si se hubiera materializado como por arte de magia con un leve sonido, uno de ellos apareció tras Adjet, que se volvió hacia él, espada en ristre. Sin embargo, otros cuatro sonidos idénticos al primero hicieron desistir al jefe del Gran Río, que envainó su espada mientras veía al sexto hombre caer grácilmente tras saltar del árbol en que estaba apostado. El sonido que había escuchado Ajdet no era más que el de los pies de los hombres tomando contacto con el suelo. Los salvajes iban prácticamente desnudos, pero su piel estaba decorada por completo con motivos azules y naranjas, que les daba un aspecto feroz y extraño, como de seres de otro mundo.
- Hola, amigos. Quería hablar con vosotros.
- ¿Tienes la armadura?
Rutde mostró su sonrisa más amplia. Estaba seguro de que Ajdet quedaría encantado con su trabajo. Había estado ocupado durante todo el día anterior en preparar la cota de bronce que Ajdet le había encargado.
- Perfecta.- dijo el Gran Jefe, tomándola en sus manos.- ayúdame a ponérmela, que tengo algo importante que hacer.
*****
La gente del pueblo del Gran Río quedó asombrada al ver salir a Ajdet de la herrería con su brillante armadura. Parecía un héroe de leyenda, o quizás un dios.
Sin perder un solo minuto más, envainó su espada en la funda de cuero y, atravesando la muralla aún a medio construir, se internó en el bosque. Nadie sabía muy bien en qué punto de la espesura se escondían los Hombres del Bosque. Formaban una tribu nómada que prefería vivir como los Antiguos, guareciéndose en bosques o cuevas y viviendo de la caza o los frutos que recogían de la naturaleza. Sin embargo, en algunos inviernos en que escaseaba la caza, no era inusual verlos saquear los rebaños de los pueblos cercanos y, cuando lo hacían, lo mejor era no interponerse en su camino. Su fuerza, velocidad y crueldad eran bien conocidas y, muchas veces, habían acabado con la vida de todos los hombres del poblado en cuestión. Hombres adultos, bien armados, y con el terreno a su favor, no habían tenido nada que hacer contra esos salvajes. Tras matar a los hombres, las más veces se quedaban en el poblado para violar a las mujeres y a las niñas, sin importarles edad ni condición física.
Ajdet avanzaba por el bosque con su armadura que, aunque resultaba incómoda y pesada, sería la única opción de sobrevivir si las cosas se torcían. La espesura estaba llena de sonidos, y el joven jefe del Gran
Río creía reconocer detrás de cada uno de ellos a los Hombres del Bosque, escondidos tras los árboles, observándolo, espiándolo, pensando si era un enemigo al que habría que atacar o, por el contrario, sería mejor esperar a enterarse de qué es lo que quería.
Un jabalí le salió al paso a Ajdet, pero el joven no se inmutó. Sabía que, si no se le provocaba, el animal no atacaría a alguien más grande que él. El jabalí se quedó observando fijamente a Ajdet, calibrando fuerzas, pero una vez que parecía haber decidido marcharse a otros parajes más tranquilos, una flecha se clavó violentamente en la cabeza del animal, entrando por el ojo y alojándose en su cerebro, causando una muerte instantánea.
Entonces sí, Ajdet desenfundó su espada y dio una vuelta sobre sí mismo. Seguía sin ver a nadie, pero estaba claro que había sido uno de esos hombres del bosque los que habían acabado con el puerco.
De pronto, como si se hubiera materializado como por arte de magia con un leve sonido, uno de ellos apareció tras Adjet, que se volvió hacia él, espada en ristre. Sin embargo, otros cuatro sonidos idénticos al primero hicieron desistir al jefe del Gran Río, que envainó su espada mientras veía al sexto hombre caer grácilmente tras saltar del árbol en que estaba apostado. El sonido que había escuchado Ajdet no era más que el de los pies de los hombres tomando contacto con el suelo. Los salvajes iban prácticamente desnudos, pero su piel estaba decorada por completo con motivos azules y naranjas, que les daba un aspecto feroz y extraño, como de seres de otro mundo.
- Hola, amigos. Quería hablar con vosotros.
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jueves, 18 de agosto de 2011
A.C. (9: Una Nueva Mujer)
La muerte de Gabdo, y el consiguiente vasallaje del pueblo del Valle Bajo enardecieron el espíritu de Ajdet, pero sus ambiciones iban más allá. Durante los últimos años habían ido llegando noticias de que al sur, donde la tierra acababa y sólo a lo lejos se divisaba otra tierra que era objeto de leyendas y fantásticas historias, se estaba formando un gran imperio y el Gran Jefe quería poder hacerle frente si sus ambiciones y las del otro reino se cruzaban.
Lo primero que hizo fue ordenar la construcción de una enorme vivienda nueva para él y su familia, con varias habitaciones, un patio interior y una sala para que el joven Jefe pudiera entrenar sus habilidades con las nuevas espadas de Rutde, amén de mandar levantar una gigantesca muralla de piedras a doscientos pasos del poblado, lo suficiente para permitir el crecimiento entremuros.
- Mañana saldré para hablar con los Hombres del Bosque. Los quiero en mi bando.- le decía Ajdet a Rayma, los dos tendidos sobre el lecho, después de hacer el amor.
- ¡AJDET!- el grito alertó a la pareja, que se levantó y corrió hacia la puerta.
- ¿Qué pasa?- preguntó el jefe, desnudo todavía, en la entrada de su casa.
Hacia ellos llegaba corriendo Sera, con las lágrimas brotando de sus ojos.
- Es Pula, se puso de parto y...
Rayma colocó una túnica sobre Ajdet, para cubrir su desnudez.
- Ve. Te necesitan.
Lo primero que hizo fue ordenar la construcción de una enorme vivienda nueva para él y su familia, con varias habitaciones, un patio interior y una sala para que el joven Jefe pudiera entrenar sus habilidades con las nuevas espadas de Rutde, amén de mandar levantar una gigantesca muralla de piedras a doscientos pasos del poblado, lo suficiente para permitir el crecimiento entremuros.
- Mañana saldré para hablar con los Hombres del Bosque. Los quiero en mi bando.- le decía Ajdet a Rayma, los dos tendidos sobre el lecho, después de hacer el amor.
- ¡AJDET!- el grito alertó a la pareja, que se levantó y corrió hacia la puerta.
- ¿Qué pasa?- preguntó el jefe, desnudo todavía, en la entrada de su casa.
Hacia ellos llegaba corriendo Sera, con las lágrimas brotando de sus ojos.
- Es Pula, se puso de parto y...
Rayma colocó una túnica sobre Ajdet, para cubrir su desnudez.
- Ve. Te necesitan.
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Primera vez
sábado, 13 de agosto de 2011
A.C. (8: Pequeño Ciervo)
Ajdet estaba molesto. Durante años, Ayna había sido simplemente una molestia, un ente extraño que vivía en su misma casa, que le robaba la atención de sus padres y que no servía para nada. Ahora, se había convertido en una mujer, quizás demasiado pronto, porque nada en su cuerpo hacía presagiar el cambio que iba a sufrir en pocos inviernos. Si sus pechos no empezaban a crecer, y sus caderas a redondearse, ningún hombre se interesaría por ella. Por otra parte, tampoco era demasiado guapa, había heredado la nariz aguileña de su padre y su pelo rubio y enmarañado. Ajdet esperaba equivocarse y que alguno de sus convecinos se fijara en su hermana pronto y la sacara de su vida.
- ¡Gran Jefe!- el grito sacó al joven de sus divagaciones. Cuando se volvió, vio un hombre que venía corriendo hacia él. Lo reconoció a la primera: era uno de los hombres que Rocnar se había llevado a la misión. Intentó no ilusionarse hasta recibir una respuesta satisfactoria, pero no pudo evitar ponerse nervioso.
- Lo tenemos.- dijo el recién llegado cuando llegó junto al Jefe, doblándose sobre sí mismo y recuperando la respiración.
- ¡Sí!- Ajdet no pudo evitarlo, el grito salió de lo más profundo de su ser. Con aquello terminaba el vía crucis particular que había mantenido para poder cerrar su control sobre el pueblo del Valle Bajo. Con la sonrisa aún en los labios, tomó el camino hacia la herrería de Rutde. Mientras caminaba, comenzó a recordar.
*****
- ¡Por aquí, Pequeño Ciervo!- Ajdet odiaba que le llamara así. Dentro de unos inviernos, el año que le sacaba su compañero de juegos no se notaría, aunque por el momento, el joven hijo de Agaúr sabía que su amigo podía vencerle sin mucho esfuerzo, así que se resignaba a atender por ese nombre.
El pequeño Ajdet no hacía mucho tiempo, siquiera una estación, que había entrado en la adolescencia, y en su amigo había encontrado un espejo en el que reflejarse fuera del ambiente restrictivo de su familia.
- Es por aquí... reconozco el riachuelo...- dijo el más mayor de los dos.
Desde hacía muchas lunas, tres días después de cada luna llena, los dos amigos corrían casi quince quilómetros para encontrarse con unos de los muchachos de los pueblos de la costa, y éste les contaba las historias que los mercaderes extranjeros le transmitían de tierras lejanas, donde reyes con vestiduras de metal gobernaban pueblos tan grandes que cubrían los cuatro horizontes, y se creaban artefactos sorprendentes, grandes inventos que auguraban una era dorada para los hombres.
- Cuando yo sea Jefe de mi pueblo, crearé un imperio tan grande o más como el de esos reyes. ¿Sabes, Gran Ciervo?- decía Ajdet, casi siempre que enfilaban el camino de vuelta.
En su fuero interno, el otro joven envidiaba al hijo de Agaúr. Tarde o temprano, él llegaría a ser el Gran Jefe de su pueblo. Él no tenía esa suerte, siendo como era de una de las familias peor consideradas en su pueblo.
- Espera un momento, Pequeño Ciervo.- poco a poco, habían ido acercándose a sus pueblos de origen, y ahora estaban cerca del río que los bordeaba.
- ¿Qué pasa?
- Mira.
- ¡Gran Jefe!- el grito sacó al joven de sus divagaciones. Cuando se volvió, vio un hombre que venía corriendo hacia él. Lo reconoció a la primera: era uno de los hombres que Rocnar se había llevado a la misión. Intentó no ilusionarse hasta recibir una respuesta satisfactoria, pero no pudo evitar ponerse nervioso.
- Lo tenemos.- dijo el recién llegado cuando llegó junto al Jefe, doblándose sobre sí mismo y recuperando la respiración.
- ¡Sí!- Ajdet no pudo evitarlo, el grito salió de lo más profundo de su ser. Con aquello terminaba el vía crucis particular que había mantenido para poder cerrar su control sobre el pueblo del Valle Bajo. Con la sonrisa aún en los labios, tomó el camino hacia la herrería de Rutde. Mientras caminaba, comenzó a recordar.
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- ¡Por aquí, Pequeño Ciervo!- Ajdet odiaba que le llamara así. Dentro de unos inviernos, el año que le sacaba su compañero de juegos no se notaría, aunque por el momento, el joven hijo de Agaúr sabía que su amigo podía vencerle sin mucho esfuerzo, así que se resignaba a atender por ese nombre.
El pequeño Ajdet no hacía mucho tiempo, siquiera una estación, que había entrado en la adolescencia, y en su amigo había encontrado un espejo en el que reflejarse fuera del ambiente restrictivo de su familia.
- Es por aquí... reconozco el riachuelo...- dijo el más mayor de los dos.
Desde hacía muchas lunas, tres días después de cada luna llena, los dos amigos corrían casi quince quilómetros para encontrarse con unos de los muchachos de los pueblos de la costa, y éste les contaba las historias que los mercaderes extranjeros le transmitían de tierras lejanas, donde reyes con vestiduras de metal gobernaban pueblos tan grandes que cubrían los cuatro horizontes, y se creaban artefactos sorprendentes, grandes inventos que auguraban una era dorada para los hombres.
- Cuando yo sea Jefe de mi pueblo, crearé un imperio tan grande o más como el de esos reyes. ¿Sabes, Gran Ciervo?- decía Ajdet, casi siempre que enfilaban el camino de vuelta.
En su fuero interno, el otro joven envidiaba al hijo de Agaúr. Tarde o temprano, él llegaría a ser el Gran Jefe de su pueblo. Él no tenía esa suerte, siendo como era de una de las familias peor consideradas en su pueblo.
- Espera un momento, Pequeño Ciervo.- poco a poco, habían ido acercándose a sus pueblos de origen, y ahora estaban cerca del río que los bordeaba.
- ¿Qué pasa?
- Mira.
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Primera vez,
Tríos
lunes, 8 de agosto de 2011
A.C. (7: Alguien que me ame)
Los días en el pueblo del Gran Río pasaban lentos. Ajdet intentaba trabajar de sol a sol lo máximo posible para no pensar en la promesa que había hecho a los ancianos del pueblo del Valle Bajo. Una promesa de la que dependía la verdadera conquista del pueblo de Gabdo.
Rutde hacía un par de días que había llegado y se había metido de lleno en la faena de la fabricación de armas de bronce. El cobre y el estaño extraídos de las minas cercanas se convertían en puro arte en las manos del herrero, que se instaló en lo que antes fuera el templo, y pronto el sonido del metal y el calor de la fragua sustituyeron a los cánticos y al aroma a hierbas. Zuyda se había mudado a la primera nueva casa fabricada por los constructores designados por Ajdet, que pronto se convirtió en la casa más transitada por los hombres jóvenes del pueblo.
Ahora, además de ser la curandera del pueblo, Zuyda era también el coño obediente de todos los hombres necesitados de sexo o de los muchachos que buscaban lecciones de cómo complacer a una mujer en la cama. Aunque los más jóvenes duraban más bien poco ante una mujer hecha y derecha como Zuyda, a la chamán le maravillaba la capacidad de recuperación que tenían los adolescentes, con los que podía hacer el amor varias veces en media hora.
*****
La noche había caído sobre el poblado. Sera caminaba con la vista fija en el cielo, donde la Luna había empezado a crecer después de un par de noches de descanso, en las que había dejado el negro cielo completamente huérfano de su luz. Decidió que ya había esperado demasiado tiempo para asegurarse y buscó a Ajdet por el poblado. Los vecinos le dijeron que se había ido a descansar junto con la joven Rayma nada más acabar su cena.
La madre del Jefe sintió un pinchazo en su orgullo. Aunque le encantaba hacer el amor con los dos, ya hacía muchas noches que no follaban madre e hijo solos. Parecía ser que Ajdet había terminado por preferir a la ex-esposa de Gabdo antes que a ella.
- Bien, a ver a quién prefiere después de saber la sorpresa que le tengo preparada a mi hijo.
Rutde hacía un par de días que había llegado y se había metido de lleno en la faena de la fabricación de armas de bronce. El cobre y el estaño extraídos de las minas cercanas se convertían en puro arte en las manos del herrero, que se instaló en lo que antes fuera el templo, y pronto el sonido del metal y el calor de la fragua sustituyeron a los cánticos y al aroma a hierbas. Zuyda se había mudado a la primera nueva casa fabricada por los constructores designados por Ajdet, que pronto se convirtió en la casa más transitada por los hombres jóvenes del pueblo.
Ahora, además de ser la curandera del pueblo, Zuyda era también el coño obediente de todos los hombres necesitados de sexo o de los muchachos que buscaban lecciones de cómo complacer a una mujer en la cama. Aunque los más jóvenes duraban más bien poco ante una mujer hecha y derecha como Zuyda, a la chamán le maravillaba la capacidad de recuperación que tenían los adolescentes, con los que podía hacer el amor varias veces en media hora.
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La noche había caído sobre el poblado. Sera caminaba con la vista fija en el cielo, donde la Luna había empezado a crecer después de un par de noches de descanso, en las que había dejado el negro cielo completamente huérfano de su luz. Decidió que ya había esperado demasiado tiempo para asegurarse y buscó a Ajdet por el poblado. Los vecinos le dijeron que se había ido a descansar junto con la joven Rayma nada más acabar su cena.
La madre del Jefe sintió un pinchazo en su orgullo. Aunque le encantaba hacer el amor con los dos, ya hacía muchas noches que no follaban madre e hijo solos. Parecía ser que Ajdet había terminado por preferir a la ex-esposa de Gabdo antes que a ella.
- Bien, a ver a quién prefiere después de saber la sorpresa que le tengo preparada a mi hijo.
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miércoles, 3 de agosto de 2011
A.C. (6: El adiós de los dioses)
La comida iba viento en popa, los vecinos admiraban cada vez más a su líder. Sus ideas, explicadas como sólo Ajdet sabía hacerlo, encandilaban a todos. Seguro que estaba empezando un momento de prosperidad y expansión para el pueblo del Gran Río.
Las dos esposas del Gran Jefe se enorgullecían de su hombre, y lo cubrían de besos y caricias, tanto que hasta el propio Adjet se calentó y buscó con sus dedos la entrepierna de Rayma, que siseó de placer al sentir la sensual caricia, sin importarle que el resto del pueblo le pudiera ver.
- Te recuerdo, Ajdet, que aún debes ofrecerle un sacrificio a los dioses para agradecerles tu puesto y rogarles por un buen futuro.- intervino Zuyda, la chamán del pueblo, interrumpiendo al Jefe y haciendo que el resto de vecinos contuvieran la respiración. Aunque no estaba prohibido llamarlo por su nombre de pila, era de uso común referirse al jefe del poblado como Gran Jefe. Estaba claro que la mujer hubiera preferido que su tío Rocnar hubiera sido el nuevo líder del pueblo, y no ese niñato creído de Ajdet.
- Zuyda, no voy a llevar a cabo ese sacrificio. Los dioses no lo necesitan ni nosotros tampoco.- respondió el joven líder sin alzar la voz.
Un escalofrío de sorpresa recorrió a todos los habitantes, e incluso se llegó a escuchar un gemido de horror de alguna mujer. Ajdet estaba ninguneando a los dioses que los protegían.
La chamán, por su parte, más que sorprenderse, se irritó notablemente. Se levantó violentamente del suelo y la rabia subió a su rostro, enrojeciéndolo. Muchos de los vecinos se alejaron con celeridad tanto de ella como de Ajdet. Si la chamán lanzaba algún encantamiento, no querían resultar ellos salpicados por el mismo. Además, Ajdet también había demostrado, al dominar al toro el día de la prueba, que también él tenía poderes más allá de lo meramente humano. Tan sólo Sera y Rayma se mantuvieron inamovibles, aunque la primera de ellas miraba a su hijo igual de sorprendida que el resto de los vecinos.
Tal vez el recordar la Prueba del Toro fue lo que hizo que Zuyda callara lo que queria gritar y se marchara del círculo donde todos comían o, al menos, lo hacían antes del enfrentamiento.
- Vamos, sentaros, aún queda mucha carne que acabarnos. Comed sin miedo.- intentó calmar los ánimos Ajdet. Sonreía sabiendo que había ganado la primera batalla, aunque, de todas las personas del pueblo, Zuyda era quizás la más peligrosa y difícil de vencer definitivamente.
Las dos esposas del Gran Jefe se enorgullecían de su hombre, y lo cubrían de besos y caricias, tanto que hasta el propio Adjet se calentó y buscó con sus dedos la entrepierna de Rayma, que siseó de placer al sentir la sensual caricia, sin importarle que el resto del pueblo le pudiera ver.
- Te recuerdo, Ajdet, que aún debes ofrecerle un sacrificio a los dioses para agradecerles tu puesto y rogarles por un buen futuro.- intervino Zuyda, la chamán del pueblo, interrumpiendo al Jefe y haciendo que el resto de vecinos contuvieran la respiración. Aunque no estaba prohibido llamarlo por su nombre de pila, era de uso común referirse al jefe del poblado como Gran Jefe. Estaba claro que la mujer hubiera preferido que su tío Rocnar hubiera sido el nuevo líder del pueblo, y no ese niñato creído de Ajdet.
- Zuyda, no voy a llevar a cabo ese sacrificio. Los dioses no lo necesitan ni nosotros tampoco.- respondió el joven líder sin alzar la voz.
Un escalofrío de sorpresa recorrió a todos los habitantes, e incluso se llegó a escuchar un gemido de horror de alguna mujer. Ajdet estaba ninguneando a los dioses que los protegían.
La chamán, por su parte, más que sorprenderse, se irritó notablemente. Se levantó violentamente del suelo y la rabia subió a su rostro, enrojeciéndolo. Muchos de los vecinos se alejaron con celeridad tanto de ella como de Ajdet. Si la chamán lanzaba algún encantamiento, no querían resultar ellos salpicados por el mismo. Además, Ajdet también había demostrado, al dominar al toro el día de la prueba, que también él tenía poderes más allá de lo meramente humano. Tan sólo Sera y Rayma se mantuvieron inamovibles, aunque la primera de ellas miraba a su hijo igual de sorprendida que el resto de los vecinos.
Tal vez el recordar la Prueba del Toro fue lo que hizo que Zuyda callara lo que queria gritar y se marchara del círculo donde todos comían o, al menos, lo hacían antes del enfrentamiento.
- Vamos, sentaros, aún queda mucha carne que acabarnos. Comed sin miedo.- intentó calmar los ánimos Ajdet. Sonreía sabiendo que había ganado la primera batalla, aunque, de todas las personas del pueblo, Zuyda era quizás la más peligrosa y difícil de vencer definitivamente.
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