El jinete se detuvo por unos instantes frente a las puertas de la ciudad. Donde debían estar los guardias, patrullando, no había nadie. La ciudad del Gran Río hubiera parecido desierta de no ser por el murmullo nervioso que procedía de su interior. Parecía que toda la ciudad, guerreros incluidos, se había reunido en la plaza central del poblado.
- Mejor -pensó el jinete, recolocando sobre su montura al cadáver envuelto en la sábana y espoleando de nuevo al caballo para dirigirse al interior del pueblo.
Fue Pagul, uno de los guardias, el primero que escuchó el golpeteo de los cascos del caballo acercándose. Siempre había tenido muy buen oído y, aunque la gente, intranquila, no dejaba de parlotear y chillar en medio del pueblo, él ya había escuchado al jinete cuando el sonido del alazán no era más audible que, quizá, sus propios latidos.
- ¡SILENCIO! -gritó el joven soldado, volviéndose hacia donde, un segundo después, apareció el jinete, cabalgando con velocidad, y obligando a apartarse a los ciudadanos para no ser arrollados por el pura sangre.
Lo que antes era griterío se convirtió en silencio, lo que era pelea se volvió calma, todos los presentes se quedaron callados, mirando al jinete con una mezcla de miedo y respeto. Y poco a poco, en un crescendo lento y casi armónico, los murmullos regresaron aunque, esta vez, el tono había cambiado.
Rayma, que estaba en su casa tratando de armar un petate con sus ropas para marcharse del poblado cuanto antes, se quedó extrañada al sentir aquel extraño y momentáneo instante de silencio silencio, pero no le dio más importancia hasta que, una vez regresaron los susurros y las voces, logró entender una palabra suelta. Sólo una palabra, pero la más importante, quizás...
Rayma salió a la carrera de la casa y se abrió paso a empujones entre la multitud. Lo primero que vio al llegar al círculo interior, donde la gente se mantenía aún a escasos metros del jinete con ese temor de los que no creen o no quieren creer lo que ven, fue el cadáver envuelto en la sábana blanca y las cintas negras.
Solo había prestado atención a una palabra, la misma que se escapó entre sus labios.
-Ajdet... -Entonces, alzó la vista y vio al jinete.
El corazón se le detuvo por un momento.
Mis palabras no son más que balas perdidas que aspiran encontrar un corazón donde alojarse, no para hacer daño, no para matar, sino simplemente para encontrar un hogar más cálido y acogedor que la fría mente de la que fueron expulsadas en forma de relato. Son balas que buscan conmover, provocar, excitar... Espero, al menos algún día, conseguirlo, y que vosotros seáis los primeros en verlo. Sean bienvenidos.
martes, 10 de enero de 2012
domingo, 25 de diciembre de 2011
A.C. (26: La derrota de Ajdet)
- ¡¿Y lo abandonasteis allí?! ¡¿Simplemente dejasteis que esos malditos se lo llevaran?! –Ayna había aguardado mientras escuchaba el relato de lo que ocurrió en aquel bosque pero, llegado el momento en que Rayma explicó cómo Ajdet se entregó voluntariamente a cambio de que los guerreros de Tarsis dejaran marcharse a su esposa y a las niñas, la pequeña rubia estalló. Su preocupación había ido dejando paso a la rabia a medida que su cuñada contaba la historia, y finalmente se había levantado, con el rostro enrojecido por la ira mientras escupía insultos y maldiciones.
- ¿Y qué querías que hiciéramos? ¡Ajdet no nos dio otra opción!
- Tú… tú… -La rubita caminaba sin rumbo por la estancia , no quería mirar a Rayma y, cuando finalmente lo hizo, se encaró con ella señalándola amenazadoramente con el dedo-. Tú has matado a mi hermano. ¿Lo sabes?
Yasid, que había escuchado pacientemente, tratando de digerir la funesta información que le transmitía la esposa del Rey Toro, saltó como un resorte al escuchar esas palabras de su joven esposa.
- ¡Ayna! ¿Cómo puedes decir eso?
- ¡Es lo que ha hecho! ¡Ha matado a Ajdet! –replicó la rubita casi llorando. Cargada de rabia y frustración, salió de la casa profiriendo un estruendoso grito.
- ¡Ayna! –Yasid salió tras ella y, después del negro, hizo lo propio Rayma, siguiendo a su cuñada.
- ¡Ni se te ocurra seguirme, puta! –chilló la jovencita rubia, en medio de la plaza central del pueblo, donde se había ido reuniendo un grupo cada vez más numeroso de habitantes curiosos y preocupados.
- Ayna, yo… -Rayma intentaba disculparse, por si hubiera sido poco difícil el marcharse de allí sin su amado Ajdet, ahora se tenía que enfrentar a la rabia de la familia y, tal vez, también a la de todo el pueblo.
- ¡No me hables! ¿Querías tener el control absoluto del pueblo acaso, zorra? ¡Seguro que pensaste que, sin Ajdet, tú podrías gobernar! –una exclamación de asombro brotó de las bocas de todos los presentes, y tan solo un instante después, Rayma sintió clavarse en ella un centenar de miradas inquisitorias.
- ¿Qué? ¡¡NO!! ¡Por supuesto que no! ¡Yo…!
- ¡Pues yo misma me encargaré de que tú no gobiernes! ¡Este Imperio necesita alguien que sea capaz de morir por su Pueblo! ¿Y cómo va a morir por su pueblo alguien que ni siquiera es capaz de morir por la persona a la que, supuestamente, ama?
Tanto Yasid como Rayma se quedaron petrificados. Una mirada al resto de gente del Pueblo del Gran Río demostró que ellos pensaban igual que Ayna. La esposa, o la viuda, del Rey Toro acababa de perder la confianza de su pueblo en un simple instante.
Sintiéndose presa de una especie de linchamiento público de miradas, Rayma estalló en lágrimas y salió corriendo de vuelta a la casa del Gran Jefe.
- ¿Y qué querías que hiciéramos? ¡Ajdet no nos dio otra opción!
- Tú… tú… -La rubita caminaba sin rumbo por la estancia , no quería mirar a Rayma y, cuando finalmente lo hizo, se encaró con ella señalándola amenazadoramente con el dedo-. Tú has matado a mi hermano. ¿Lo sabes?
Yasid, que había escuchado pacientemente, tratando de digerir la funesta información que le transmitía la esposa del Rey Toro, saltó como un resorte al escuchar esas palabras de su joven esposa.
- ¡Ayna! ¿Cómo puedes decir eso?
- ¡Es lo que ha hecho! ¡Ha matado a Ajdet! –replicó la rubita casi llorando. Cargada de rabia y frustración, salió de la casa profiriendo un estruendoso grito.
- ¡Ayna! –Yasid salió tras ella y, después del negro, hizo lo propio Rayma, siguiendo a su cuñada.
- ¡Ni se te ocurra seguirme, puta! –chilló la jovencita rubia, en medio de la plaza central del pueblo, donde se había ido reuniendo un grupo cada vez más numeroso de habitantes curiosos y preocupados.
- Ayna, yo… -Rayma intentaba disculparse, por si hubiera sido poco difícil el marcharse de allí sin su amado Ajdet, ahora se tenía que enfrentar a la rabia de la familia y, tal vez, también a la de todo el pueblo.
- ¡No me hables! ¿Querías tener el control absoluto del pueblo acaso, zorra? ¡Seguro que pensaste que, sin Ajdet, tú podrías gobernar! –una exclamación de asombro brotó de las bocas de todos los presentes, y tan solo un instante después, Rayma sintió clavarse en ella un centenar de miradas inquisitorias.
- ¿Qué? ¡¡NO!! ¡Por supuesto que no! ¡Yo…!
- ¡Pues yo misma me encargaré de que tú no gobiernes! ¡Este Imperio necesita alguien que sea capaz de morir por su Pueblo! ¿Y cómo va a morir por su pueblo alguien que ni siquiera es capaz de morir por la persona a la que, supuestamente, ama?
Tanto Yasid como Rayma se quedaron petrificados. Una mirada al resto de gente del Pueblo del Gran Río demostró que ellos pensaban igual que Ayna. La esposa, o la viuda, del Rey Toro acababa de perder la confianza de su pueblo en un simple instante.
Sintiéndose presa de una especie de linchamiento público de miradas, Rayma estalló en lágrimas y salió corriendo de vuelta a la casa del Gran Jefe.
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jueves, 15 de diciembre de 2011
A.C. (25: Emboscada)
La noche se iba cerrando sobre el carromato, sumiendo en la más absoluta oscuridad los caminos, veredas, y andurriales llenos de matojos y espinos por los que los caballos trotaban temerosamente. El Rey Toro conocía el camino, pero debía andar con cuidado si no quería que la oscuridad le hiciera una mala jugada. A su lado, Rayma dormía, recostada sobre su hombro, dulce y pacífica como sólo lo era mientras permanecía dormida. Tras él, en el cajón del carro, diez niñas y dos niños, o mejor dicho, nueve niñas, dos niños y una guerrera soportaban el traqueteo del carro, la gran mayoría tratando de dormir un poco.
De reojo pudo ver cómo Nura se mantenía en vela, tapando con cuidado a cualquiera de los infantes si el trasegar del carro acababa por descubrirlos de su manta.
- Intenta dormir, Nura. Te lo mereces más que nadie –susurró el Rey Toro, mientras el horizonte marino se empezaba a abrir ante ellos. De noche, los bosques eran territorio de los lobos y otras alimañas para quienes la carne de dos caballos y trece humanos sería un manjar muy apetitoso, así que Ajdet se decidió finalmente por conducir la biga costa arriba, donde la vegetación era más escasa y era más difícil encontrarse con fieras nocturnas.
- Dormiré cuando lleguemos al poblado, igual que tú. Hasta entonces cuidaré de ellas y me mantendré despierta como tú –replicó la jovencita morena, aunque el cansancio era total y cada vez que pestañeaba le costaba un esfuerzo tremendo volver a abrir los ojos.
- Nura, duerme. El descanso es esencial para un guerrero. Te despertaré si alguien te necesita.
La nínfula observó a las criaturitas que dormitaban a su alrededor. Todos parecían tranquilos y a salvo, incluso Miena parecía descansar sin impedimentos, a pesar de su infección.
- ¿Es una orden? –Nura pretendía aparentar más fortaleza de la que ya de por sí tenía pese a su corta edad, pero ambos sabían lo que esa pregunta significaba realmente: “No quiero dormir para no parecer débil aunque sé que lo necesito. Ordénamelo y no tendré excusa ninguna”.
- Lo es.
- Entendido, Rey Toro.
*****
Ayna estaba expectante. Su hermano hacía casi media jornada que se había marchado, y tan sólo deseaba que Yasid acabara pronto el entrenamiento a los soldados para poder pasar un tiempo con él a solas. Sentada en la cama, aguardaba a su esposo con la excitación creciendo dentro de su cuerpo adolescente, cada vez más de mujer y menos de niña.
Finalmente, el negro entró a la habitación con su cuerpo enorme cubierto de sudor. La pequeña rubia sonrió nada más verlo entrar. Yasid, que conocía a la perfección lo que significaba esa sonrisa en la cara de su esposa, resopló divertido y trató de negarse.
- Hoy no, pequeña dulzura, estoy muy cansado para hacer amor contigo.
- Tú tranquilo, esta noche todo corre por mi cuenta… -dijo Ayna, levantándose completamente desnuda y caminando hacia su marido.
La pequeña Ayna extendió una mano hacia el negro y éste, finalmente resignado, la acabó tomando y permitiendo que su joven esposa le condujera hasta el lecho marital.
La pequeña rubia le obligó a tumbarse y comenzó a despojarlo de sus vestimentas de guerra, sin perder la ocasión de besar la oscura piel de Yasid.
- Tú solamente relájate y disfruta –dijo la rubita.
De reojo pudo ver cómo Nura se mantenía en vela, tapando con cuidado a cualquiera de los infantes si el trasegar del carro acababa por descubrirlos de su manta.
- Intenta dormir, Nura. Te lo mereces más que nadie –susurró el Rey Toro, mientras el horizonte marino se empezaba a abrir ante ellos. De noche, los bosques eran territorio de los lobos y otras alimañas para quienes la carne de dos caballos y trece humanos sería un manjar muy apetitoso, así que Ajdet se decidió finalmente por conducir la biga costa arriba, donde la vegetación era más escasa y era más difícil encontrarse con fieras nocturnas.
- Dormiré cuando lleguemos al poblado, igual que tú. Hasta entonces cuidaré de ellas y me mantendré despierta como tú –replicó la jovencita morena, aunque el cansancio era total y cada vez que pestañeaba le costaba un esfuerzo tremendo volver a abrir los ojos.
- Nura, duerme. El descanso es esencial para un guerrero. Te despertaré si alguien te necesita.
La nínfula observó a las criaturitas que dormitaban a su alrededor. Todos parecían tranquilos y a salvo, incluso Miena parecía descansar sin impedimentos, a pesar de su infección.
- ¿Es una orden? –Nura pretendía aparentar más fortaleza de la que ya de por sí tenía pese a su corta edad, pero ambos sabían lo que esa pregunta significaba realmente: “No quiero dormir para no parecer débil aunque sé que lo necesito. Ordénamelo y no tendré excusa ninguna”.
- Lo es.
- Entendido, Rey Toro.
*****
Ayna estaba expectante. Su hermano hacía casi media jornada que se había marchado, y tan sólo deseaba que Yasid acabara pronto el entrenamiento a los soldados para poder pasar un tiempo con él a solas. Sentada en la cama, aguardaba a su esposo con la excitación creciendo dentro de su cuerpo adolescente, cada vez más de mujer y menos de niña.
Finalmente, el negro entró a la habitación con su cuerpo enorme cubierto de sudor. La pequeña rubia sonrió nada más verlo entrar. Yasid, que conocía a la perfección lo que significaba esa sonrisa en la cara de su esposa, resopló divertido y trató de negarse.
- Hoy no, pequeña dulzura, estoy muy cansado para hacer amor contigo.
- Tú tranquilo, esta noche todo corre por mi cuenta… -dijo Ayna, levantándose completamente desnuda y caminando hacia su marido.
La pequeña Ayna extendió una mano hacia el negro y éste, finalmente resignado, la acabó tomando y permitiendo que su joven esposa le condujera hasta el lecho marital.
La pequeña rubia le obligó a tumbarse y comenzó a despojarlo de sus vestimentas de guerra, sin perder la ocasión de besar la oscura piel de Yasid.
- Tú solamente relájate y disfruta –dijo la rubita.
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sábado, 3 de diciembre de 2011
A.C. (24: La misión de Nura)
Los pasos de la niña-mujer eran cortos, cansinos y tambaleantes, como deben serlo los de quienes llevan tres jornadas de camino, alimentándose únicamente de agua de rocío y de algunas plantas y presas pequeñas que no eran capaces de dar energía suficiente para tan largo y duro caminar. El incipiente sol de otoño empezaba a hacerle hervir la cabeza y el viento de tramontana que soplaba le erizaba el vello y la hacía estremecerse de frío. Sus labios estabas resecos y cuarteados, y los callos de sus pies hacía mucho tiempo que no dejaban de sangrar; las malditas piedrecitas del camino se le clavaban más a cada paso.
A sus oídos llegó el alegre sonido del agua correr, y tan solo deseó que esa vez no fueran alucinaciones como las cuatro veces anteriores. La senda a la que había llegado tenía huellas de cascos de caballos y de ruedas de carros, y la nínfula supo que quedaba muy poco para el final de su odisea.
Al sonido, leve y sosegado, del agua allá a lo lejos, se le sobrepuso un sonido más agudo, más rápido, más creciente. Era uno de esos muchos caballos que usaban los comerciantes y que, poco a poco, se iba a acercando a ella con su trote suave.
Aunque el sol le hacía daño en los ojos, se obligó a mirar en esa dirección. Seguramente el comerciante la vio antes que ella a él, pero la pequeña fue la primera en reconocerlo.
- Al fin –musitó la joven, y sus labios esbozaron una sonrisa dolorosa.
Sintiendo que el alivio llenaba su cuerpo, cerró los ojos, relajó su cuerpo y se dejó caer. No creyó que realmente estuviera tan próxima al desmayo, pero antes de tocar el suelo, Nura ya había perdido la consciencia.
A sus oídos llegó el alegre sonido del agua correr, y tan solo deseó que esa vez no fueran alucinaciones como las cuatro veces anteriores. La senda a la que había llegado tenía huellas de cascos de caballos y de ruedas de carros, y la nínfula supo que quedaba muy poco para el final de su odisea.
Al sonido, leve y sosegado, del agua allá a lo lejos, se le sobrepuso un sonido más agudo, más rápido, más creciente. Era uno de esos muchos caballos que usaban los comerciantes y que, poco a poco, se iba a acercando a ella con su trote suave.
Aunque el sol le hacía daño en los ojos, se obligó a mirar en esa dirección. Seguramente el comerciante la vio antes que ella a él, pero la pequeña fue la primera en reconocerlo.
- Al fin –musitó la joven, y sus labios esbozaron una sonrisa dolorosa.
Sintiendo que el alivio llenaba su cuerpo, cerró los ojos, relajó su cuerpo y se dejó caer. No creyó que realmente estuviera tan próxima al desmayo, pero antes de tocar el suelo, Nura ya había perdido la consciencia.
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domingo, 23 de octubre de 2011
A.C. (23: La instrucción)
Doscientas veinticinco espadas, el mismo número de armaduras y cascos, veinticinco lanzas con punta de bronce, doscientos arcos y cerca de quinientas dagas.
A las afueras del Gran Río, los doscientos veinticinco guerreros del Reino del Toro se preparaban para la primera instrucción observando el arsenal que tenían delante.
- Sé que algunos de vosotros os sabéis buenos guerreros, habilidosos con el uso de la espada y feroces en la lucha. Pues bien... ¡Eso no os va a servir de nada cuando marchemos de conquista! -gritó el Gran Jefe Ajdet- ¡No quiero guerreros! ¡Quiero un ejército! ¡Un grupo de soldados que luche como uno solo, donde cada uno de sus integrantes pueda cubrir los puntos débiles de sus compañeros y potenciar sus mejores habilidades! ¡A partir de ahora aprenderéis a batallar en formación, a luchar de una forma más eficiente, a moveros con una armadura pesada y a atacar al enemigo protegiendo vuestra vida! ¿ENTENDIDO?
- ¡SÍ, GRAN JEFE! -gritaron todos los soldados.
- Muy bien. Los que hayan sido elegidos para montar a caballo, coged una armadura, un casco, una espada, dos dagas y una lanza y seguid a Yasid, él os instruirá.
Veinticuatro hombres además del gigante negro avanzaron y tomaron lo que el Gran Jefe había dicho. Luego, Yasid los dirigió hacia el sudoeste del poblado, donde esperaban veinticinco caballos.
- ¡Los demás! ¡Casco, armadura, espada, arco y dos dagas! ¡YA! -gritó Ajdet, y todos se apresuraron a cumplir la orden del Rey Toro.
Ajdet observó a sus soldados. Todos jóvenes, fuertes, y decididos a convertirse en una auténtica fuerza brutal y sangrienta.
- ¡Poneos las armaduras! ¡Veremos a dónde llega vuestra fuerza!
El primer guerrero en caer desfallecido lo hizo al poco de completar la tercera vuelta al exterior de las murallas del poblado. El ritmo de carrera que impuso Ajdet, que no sólo llevaba la armadura, sino también el casco, la espada y un enorme morral que nadie sabía que llevaba, era inhumano.
No habían tardado ni media hora en recorrer diez quilómetros. El Rey Toro detuvo a sus soldados y los dejó descansar mientras les daba una de sus primeras lecciones.
- Jamás os voy a pedir que hagáis nada que yo mismo no pueda hacer. Pero si yo puedo hacerlo, al final conseguiré que vosotros también podáis -Y tras decir eso, Ajdet vació el morral frente a sus soldados. Una docena de piedras tan grandes como la cabeza de un niño cayeron al suelo ante la atónita mirada de los guerreros. Fácilmente las rocas podrían pesar tanto como una niña pubescente.
*****
A la hora de comer, los soldados que entrenaba Ajdet estaban exhaustos. Tras la carrera, habían tenido que entrenar diversos movimientos con sus espadas y dagas, todos ellos enfocados a protegerse de un ataque frontal y atacar al rival. Tan agotados estaban que incluso algunos no pudieron evitar vomitar de cansancio.
Afortunadamente para ellos, por la tarde Zuyda había aceptado ofrecerles unas clases de herbología, para que, estando de campaña, supieran qué plantas podrían ayudarlos a curarse por sus propiedades astringentes, analgésicas, relajantes o cicatrizantes y qué otras los matarían sin remedio.
Mientras los soldados mascaban tila para templar sus nervios, especialmente indicada para los arqueros antes de disparar, el Rey Toro se acercó a la chamán.
- ¿Cómo va la otra instrucción? -preguntó Ajdet.
- Fenomenal. Es inteligente y aprende muy rápido. Será una gran arma si la sabes usar.
- Sabré -respondió el Gran Jefe, con una amplia sonrisa.
A las afueras del Gran Río, los doscientos veinticinco guerreros del Reino del Toro se preparaban para la primera instrucción observando el arsenal que tenían delante.
- Sé que algunos de vosotros os sabéis buenos guerreros, habilidosos con el uso de la espada y feroces en la lucha. Pues bien... ¡Eso no os va a servir de nada cuando marchemos de conquista! -gritó el Gran Jefe Ajdet- ¡No quiero guerreros! ¡Quiero un ejército! ¡Un grupo de soldados que luche como uno solo, donde cada uno de sus integrantes pueda cubrir los puntos débiles de sus compañeros y potenciar sus mejores habilidades! ¡A partir de ahora aprenderéis a batallar en formación, a luchar de una forma más eficiente, a moveros con una armadura pesada y a atacar al enemigo protegiendo vuestra vida! ¿ENTENDIDO?
- ¡SÍ, GRAN JEFE! -gritaron todos los soldados.
- Muy bien. Los que hayan sido elegidos para montar a caballo, coged una armadura, un casco, una espada, dos dagas y una lanza y seguid a Yasid, él os instruirá.
Veinticuatro hombres además del gigante negro avanzaron y tomaron lo que el Gran Jefe había dicho. Luego, Yasid los dirigió hacia el sudoeste del poblado, donde esperaban veinticinco caballos.
- ¡Los demás! ¡Casco, armadura, espada, arco y dos dagas! ¡YA! -gritó Ajdet, y todos se apresuraron a cumplir la orden del Rey Toro.
Ajdet observó a sus soldados. Todos jóvenes, fuertes, y decididos a convertirse en una auténtica fuerza brutal y sangrienta.
- ¡Poneos las armaduras! ¡Veremos a dónde llega vuestra fuerza!
El primer guerrero en caer desfallecido lo hizo al poco de completar la tercera vuelta al exterior de las murallas del poblado. El ritmo de carrera que impuso Ajdet, que no sólo llevaba la armadura, sino también el casco, la espada y un enorme morral que nadie sabía que llevaba, era inhumano.
No habían tardado ni media hora en recorrer diez quilómetros. El Rey Toro detuvo a sus soldados y los dejó descansar mientras les daba una de sus primeras lecciones.
- Jamás os voy a pedir que hagáis nada que yo mismo no pueda hacer. Pero si yo puedo hacerlo, al final conseguiré que vosotros también podáis -Y tras decir eso, Ajdet vació el morral frente a sus soldados. Una docena de piedras tan grandes como la cabeza de un niño cayeron al suelo ante la atónita mirada de los guerreros. Fácilmente las rocas podrían pesar tanto como una niña pubescente.
*****
A la hora de comer, los soldados que entrenaba Ajdet estaban exhaustos. Tras la carrera, habían tenido que entrenar diversos movimientos con sus espadas y dagas, todos ellos enfocados a protegerse de un ataque frontal y atacar al rival. Tan agotados estaban que incluso algunos no pudieron evitar vomitar de cansancio.
Afortunadamente para ellos, por la tarde Zuyda había aceptado ofrecerles unas clases de herbología, para que, estando de campaña, supieran qué plantas podrían ayudarlos a curarse por sus propiedades astringentes, analgésicas, relajantes o cicatrizantes y qué otras los matarían sin remedio.
Mientras los soldados mascaban tila para templar sus nervios, especialmente indicada para los arqueros antes de disparar, el Rey Toro se acercó a la chamán.
- ¿Cómo va la otra instrucción? -preguntó Ajdet.
- Fenomenal. Es inteligente y aprende muy rápido. Será una gran arma si la sabes usar.
- Sabré -respondió el Gran Jefe, con una amplia sonrisa.
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martes, 18 de octubre de 2011
A.C. (22: La pequeña Nura)
Costó un par de días pacificar por completo los pueblos de la Sierra. Friegg no perdonaba a Ajdet el asesinato de su esposa, pero al final el Rey Toro se descubrió como un brillante negociador y consiguió que los cuatro pueblos recién conquistados acabaran admitiendo su dominio sobre ellos, el pueblo de la Sierra Sur que Friegg gobernaba entre ellos.
De vuelta al Gran Río, Ajdet se encerró en su casa para reorganizar su reino, no sin antes hospedar a la pequeña Nura en una de las habitaciones libres de su casa y exigir a toda su familia que nadie la tocara antes que él, lo que sentó bastante mal a su esposa. Dicho esto, pidió que le llevasen comida y agua una vez al día y se encerró a cal y canto en la sala donde tiempo atrás se había reunido con los hombres de Tarsis. Durante siete jornadas, el mando del Reino del Toro y de su capital recayó por entero en Rayma y Yasid, que se había convertido en el hombre de confianza del Gran Jefe por encima de viejos amigos como Lesc. Mientras, Ajdet permanecía en la sala y la única persona a la que se le permitía entrar para llevar la comida y asear la estancia era a la nínfula morena, la misma que había sido vendida y luego rescatada por el Rey Toro.
*****
Ayna despertó y buscó el cuerpo de Yasid, pero sólo encontró un vacío junto a ella en la cama. Se levantó, completamente desnuda, y cogió su túnica con un mohín de disgusto.
- Eres muy hermosa...
La hermana pequeña de Ajdet se sobresaltó y se tapó rápidamente con la túnica.
- ¿Qué haces en mi habitación?
- Oh, no tengas miedo -dijo la pequeña Nura, dando un paso hacia delante, abandonando la puerta en que estaba apoyada-. ¿Sabes? Te pareces mucho a tu hermano.
Ayna se vistió a gran velocidad, intimidada por la presencia de la muchacha.
- No te vistas tan rápido, por favor -se quejó la morenita, acercándose más a la rubia-, no me niegues ver un cuerpo tan hermoso.
- No tendrías que estar aquí.
Poco a poco, Nura había avanzado hasta situarse a pocos centímetros de Ayna.
- Ese negro enorme... Es tu esposo, ¿Verdad? -preguntó, acariciando suavemente, con la yema de sus dedos, la mejilla de la rubia.
- Sí... lo es -murmuró Ayna, y un escalofrío le recorrió el rostro, como si los dedos de la chiquilla transmitieran electricidad.
- Debe ser una delicia hacer el amor con él -susurró Nura, un instante antes de inclinarse hacia Ayna y depositar en sus labios un beso húmedo, sensual, eróticamente perfecto.
Durante unos segundos, la jovencita rubia se quedó petrificada, sintiendo cómo esos labios rozaban los suyos, calentándolos, cómo esa lengua violentaba su boca, tratando de abrirse paso.
Finalmente, una vez repuesta de la sorpresa, Ayna recuperó el control de su cuerpo y empujó a la otra chiquilla, enviándola al suelo.
- Fuera de aquí -ordenó la hermana de Ajdet.
- Pero...
- ¡Fuera de aquí!
Algo asustada, Nura salió de la habitación de Ayna a la carrera, dejando a la pequeña rubia confusa y extrañamente excitada.
De vuelta al Gran Río, Ajdet se encerró en su casa para reorganizar su reino, no sin antes hospedar a la pequeña Nura en una de las habitaciones libres de su casa y exigir a toda su familia que nadie la tocara antes que él, lo que sentó bastante mal a su esposa. Dicho esto, pidió que le llevasen comida y agua una vez al día y se encerró a cal y canto en la sala donde tiempo atrás se había reunido con los hombres de Tarsis. Durante siete jornadas, el mando del Reino del Toro y de su capital recayó por entero en Rayma y Yasid, que se había convertido en el hombre de confianza del Gran Jefe por encima de viejos amigos como Lesc. Mientras, Ajdet permanecía en la sala y la única persona a la que se le permitía entrar para llevar la comida y asear la estancia era a la nínfula morena, la misma que había sido vendida y luego rescatada por el Rey Toro.
*****
Ayna despertó y buscó el cuerpo de Yasid, pero sólo encontró un vacío junto a ella en la cama. Se levantó, completamente desnuda, y cogió su túnica con un mohín de disgusto.
- Eres muy hermosa...
La hermana pequeña de Ajdet se sobresaltó y se tapó rápidamente con la túnica.
- ¿Qué haces en mi habitación?
- Oh, no tengas miedo -dijo la pequeña Nura, dando un paso hacia delante, abandonando la puerta en que estaba apoyada-. ¿Sabes? Te pareces mucho a tu hermano.
Ayna se vistió a gran velocidad, intimidada por la presencia de la muchacha.
- No te vistas tan rápido, por favor -se quejó la morenita, acercándose más a la rubia-, no me niegues ver un cuerpo tan hermoso.
- No tendrías que estar aquí.
Poco a poco, Nura había avanzado hasta situarse a pocos centímetros de Ayna.
- Ese negro enorme... Es tu esposo, ¿Verdad? -preguntó, acariciando suavemente, con la yema de sus dedos, la mejilla de la rubia.
- Sí... lo es -murmuró Ayna, y un escalofrío le recorrió el rostro, como si los dedos de la chiquilla transmitieran electricidad.
- Debe ser una delicia hacer el amor con él -susurró Nura, un instante antes de inclinarse hacia Ayna y depositar en sus labios un beso húmedo, sensual, eróticamente perfecto.
Durante unos segundos, la jovencita rubia se quedó petrificada, sintiendo cómo esos labios rozaban los suyos, calentándolos, cómo esa lengua violentaba su boca, tratando de abrirse paso.
Finalmente, una vez repuesta de la sorpresa, Ayna recuperó el control de su cuerpo y empujó a la otra chiquilla, enviándola al suelo.
- Fuera de aquí -ordenó la hermana de Ajdet.
- Pero...
- ¡Fuera de aquí!
Algo asustada, Nura salió de la habitación de Ayna a la carrera, dejando a la pequeña rubia confusa y extrañamente excitada.
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jueves, 13 de octubre de 2011
A.C. (21: El asedio)
Los guerreros salieron de los bosques y corrieron hacia la muralla de piedra.
- ¡AHORA! -gritó alguien desde el interior de la villa fortificada.
Decenas de saetas se alzaron en el cielo para luego caer sobre los invasores. Algunas armaduras de bronce rechazaron las flechas pero otras fueron perforadas y las afiladas puntas horadaron la carne. Los gritos de dolor de los hombres resonaron a las afueras del poblado.
- ¡Maldita sea! -Ajdet se encaró con el Jefe de la Sierra Norte, él había sido quien le había convencido de atacar el pueblo de la Sierra Blanca en primer lugar- ¡No me dijiste que hubieran arqueros en ese pueblo!
- No... no lo sabía. Es la Sierra Sur quien entrena a sus guerreros con el arco -se defendió Braki, el Jefe-. Deben de haberse aliado con ellos.
El ímpetu de las tropas del Reino del Toro se había reducido con la sorpresa. Otra andanada de flechas brotó de la ciudad. Los guerreros estaban más preocupados en evitar los proyectiles que en seguir avanzando.
Ajdet tuvo que pensar rápido. Las flechas silbaban a su alrededor y sus hombres caían heridos. Había sido un error atacar el pueblo más grande de la sierra. Era el movimiento más lógico y, por ello, era el peor de todos. Aunque sin el liderazgo de la Sierra Blanca los restantes tres pueblos de la sierra no tardarían en caer bajo su dominio, tendría que haber supuesto que la villa no se conformaría con esperarlos y buscaría aliados entre los poblados cercanos. Mientras en el Gran Río festejaban la boda de Ayna y Yasid, los poblados de la Sierra se unían contra Ajdet y sus hombres.
- ¡RETIRADA! ¡VOLVAMOS AL BOSQUE!
- ¡AHORA! -gritó alguien desde el interior de la villa fortificada.
Decenas de saetas se alzaron en el cielo para luego caer sobre los invasores. Algunas armaduras de bronce rechazaron las flechas pero otras fueron perforadas y las afiladas puntas horadaron la carne. Los gritos de dolor de los hombres resonaron a las afueras del poblado.
- ¡Maldita sea! -Ajdet se encaró con el Jefe de la Sierra Norte, él había sido quien le había convencido de atacar el pueblo de la Sierra Blanca en primer lugar- ¡No me dijiste que hubieran arqueros en ese pueblo!
- No... no lo sabía. Es la Sierra Sur quien entrena a sus guerreros con el arco -se defendió Braki, el Jefe-. Deben de haberse aliado con ellos.
El ímpetu de las tropas del Reino del Toro se había reducido con la sorpresa. Otra andanada de flechas brotó de la ciudad. Los guerreros estaban más preocupados en evitar los proyectiles que en seguir avanzando.
Ajdet tuvo que pensar rápido. Las flechas silbaban a su alrededor y sus hombres caían heridos. Había sido un error atacar el pueblo más grande de la sierra. Era el movimiento más lógico y, por ello, era el peor de todos. Aunque sin el liderazgo de la Sierra Blanca los restantes tres pueblos de la sierra no tardarían en caer bajo su dominio, tendría que haber supuesto que la villa no se conformaría con esperarlos y buscaría aliados entre los poblados cercanos. Mientras en el Gran Río festejaban la boda de Ayna y Yasid, los poblados de la Sierra se unían contra Ajdet y sus hombres.
- ¡RETIRADA! ¡VOLVAMOS AL BOSQUE!
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sábado, 8 de octubre de 2011
A.C. (20: Noche de bodas)
- Es hora de que superes la prueba si de verdad quieres casarte con mi hermana -escupió Ajdet-. Si de verdad la amas... ¡Vénceme!
El Rey Toro enarboló su espada y se colocó en posición de batalla.
*****
Yasid dudó. Frente a él estaba posiblemente uno de los guerreros más capaces que jamás hubo visto. Sin embargo, cuando miró hacia atrás y vio a Ayna frente a la puerta de su casa, mirándolo con el miedo metido en su cuerpecito frágil, todas sus dudas se disiparon. Cerró sus dedos sobre la empuñadura de la espada y avanzó hacia Ajdet.
La espada de Yasid tenía una forma extraña, ligeramente curvada hacia uno de sus lados, y ensanchándose hacia el final, un trabajo especial que Yasid había pedido a Rutde. En sus viajes por el ancho continente del sur había visto a las tribus nómadas del desierto usar unas espadas parecidas, y le había encantado la manejabilidad que tenían.
Los dos guerreros se colocaron su armadura de bronce, que no pasaba de ser un primitivo peto que dejaba desprotegidos sus costados pero custodiaba los órganos más vitales del pecho, y comenzaron la lucha.
Yasid fue el primero en atacar, con un golpe lento, de arriba a abajo, que Ajdet no tuvo problemas en esquivar. El Gran Jefe respondió con un ataque lateral, buscando el costado izquierdo del negro, pero éste lo consiguió desviar con su prototipo de cimitarra.
Los golpes se sucedían. Los contrincantes, preocupados en evitar que las espadas hirieran su piel, recibían al protegerse de cada espadazo, una vez tras otra, golpes de la mano torpe del rival, que, si bien no eran demasiado potentes, sí desequilibraban y obligaban a los contendientes a recolocar su posición. Todo el pueblo había venido a ver la apasionante lucha entre esos dos titanes que se intercambiaban golpes y más golpes.
Yasid recibió un potente espadazo a la altura de su estómago que, a pesar de que la armadura se encargó de amortiguarlo, hundió lo suficiente la protección de bronce como para dejarlo sin aire durante unos instantes.
Ayna, que observaba la lucha junto al cada vez más numeroso grupo de curiosos, ahogó un grito de terror. Rayma la tuvo que agarrar para que no interviniera en la batalla.
El enorme negro reculaba, tratando de recuperar la respiración. Ajdet realizó un nuevo ataque y, con mucho esfuerzo, Yasid pudo rechazarlo con su alfanje. Necesitaba algo que le hiciera retomar la iniciativa del combate, así que, tratando de sorprender al Rey Toro, el extranjero se propulsó hacia él con un rápido salto. Lo consiguió. Ajdet recibió el impacto del enorme cuerpo y se desestabilizó momentáneamente.
El gigante negro aprovechó la debilidad de la postura del Gran Jefe y barrió con su pie las piernas de Ajdet, lanzándolo al suelo. Quiso atacarlo cuando su espalda chocó en la tierra, pero el joven era extremadamente ágil y rápido. Rodó sobre el suelo y se incorporó con velocidad, arrancando aplausos de los espectadores.
Yasid y Ajdet se miraron a los ojos durante unos segundos, calibrando el grado de cansancio de su oponente. Los dos eran jóvenes, habían sido duramente entrenados y se movían con inteligencia. No había ninguno que mostrara más debilidad que el otro, pero en los últimos minutos los movimientos se habían ralentizado notablemente, y ambos prácticamente navegaban en sudor.
Una sonrisa se abrió paso en el rostro del Rey Toro. Cambió el modo de agarrar la espada tras hacerla girar en su mano y avanzó hacia Yasid.
- ¡NO! -La pequeña Ayna, que se había logrado liberar de los brazos de su cuñada, se interpuso entre los contendientes, con los brazos abiertos en cruz- ¡Dejadlo ya! ¡No quiero que os pase nada malo a ninguno de los dos!
- Apártate, Ayna -ordenó su hermano, sin dejar de sonreir.
- ¡NO!
- Apártate, Ayna -repitió, dejando caer su espada al suelo.
Ante la sorpresa de su hermana, Ajdet avanzó hacia Yasid y le extendió la mano. El negro también soltó su arma y completó el amistoso saludo que le ofrecía el Rey Toro.
- Bienvenido a la familia, Yasid. Ha sido una gran lucha.
El Rey Toro enarboló su espada y se colocó en posición de batalla.
*****
Yasid dudó. Frente a él estaba posiblemente uno de los guerreros más capaces que jamás hubo visto. Sin embargo, cuando miró hacia atrás y vio a Ayna frente a la puerta de su casa, mirándolo con el miedo metido en su cuerpecito frágil, todas sus dudas se disiparon. Cerró sus dedos sobre la empuñadura de la espada y avanzó hacia Ajdet.
La espada de Yasid tenía una forma extraña, ligeramente curvada hacia uno de sus lados, y ensanchándose hacia el final, un trabajo especial que Yasid había pedido a Rutde. En sus viajes por el ancho continente del sur había visto a las tribus nómadas del desierto usar unas espadas parecidas, y le había encantado la manejabilidad que tenían.
Los dos guerreros se colocaron su armadura de bronce, que no pasaba de ser un primitivo peto que dejaba desprotegidos sus costados pero custodiaba los órganos más vitales del pecho, y comenzaron la lucha.
Yasid fue el primero en atacar, con un golpe lento, de arriba a abajo, que Ajdet no tuvo problemas en esquivar. El Gran Jefe respondió con un ataque lateral, buscando el costado izquierdo del negro, pero éste lo consiguió desviar con su prototipo de cimitarra.
Los golpes se sucedían. Los contrincantes, preocupados en evitar que las espadas hirieran su piel, recibían al protegerse de cada espadazo, una vez tras otra, golpes de la mano torpe del rival, que, si bien no eran demasiado potentes, sí desequilibraban y obligaban a los contendientes a recolocar su posición. Todo el pueblo había venido a ver la apasionante lucha entre esos dos titanes que se intercambiaban golpes y más golpes.
Yasid recibió un potente espadazo a la altura de su estómago que, a pesar de que la armadura se encargó de amortiguarlo, hundió lo suficiente la protección de bronce como para dejarlo sin aire durante unos instantes.
Ayna, que observaba la lucha junto al cada vez más numeroso grupo de curiosos, ahogó un grito de terror. Rayma la tuvo que agarrar para que no interviniera en la batalla.
El enorme negro reculaba, tratando de recuperar la respiración. Ajdet realizó un nuevo ataque y, con mucho esfuerzo, Yasid pudo rechazarlo con su alfanje. Necesitaba algo que le hiciera retomar la iniciativa del combate, así que, tratando de sorprender al Rey Toro, el extranjero se propulsó hacia él con un rápido salto. Lo consiguió. Ajdet recibió el impacto del enorme cuerpo y se desestabilizó momentáneamente.
El gigante negro aprovechó la debilidad de la postura del Gran Jefe y barrió con su pie las piernas de Ajdet, lanzándolo al suelo. Quiso atacarlo cuando su espalda chocó en la tierra, pero el joven era extremadamente ágil y rápido. Rodó sobre el suelo y se incorporó con velocidad, arrancando aplausos de los espectadores.
Yasid y Ajdet se miraron a los ojos durante unos segundos, calibrando el grado de cansancio de su oponente. Los dos eran jóvenes, habían sido duramente entrenados y se movían con inteligencia. No había ninguno que mostrara más debilidad que el otro, pero en los últimos minutos los movimientos se habían ralentizado notablemente, y ambos prácticamente navegaban en sudor.
Una sonrisa se abrió paso en el rostro del Rey Toro. Cambió el modo de agarrar la espada tras hacerla girar en su mano y avanzó hacia Yasid.
- ¡NO! -La pequeña Ayna, que se había logrado liberar de los brazos de su cuñada, se interpuso entre los contendientes, con los brazos abiertos en cruz- ¡Dejadlo ya! ¡No quiero que os pase nada malo a ninguno de los dos!
- Apártate, Ayna -ordenó su hermano, sin dejar de sonreir.
- ¡NO!
- Apártate, Ayna -repitió, dejando caer su espada al suelo.
Ante la sorpresa de su hermana, Ajdet avanzó hacia Yasid y le extendió la mano. El negro también soltó su arma y completó el amistoso saludo que le ofrecía el Rey Toro.
- Bienvenido a la familia, Yasid. Ha sido una gran lucha.
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lunes, 3 de octubre de 2011
A.C. (19: La subasta)
Una semana después de la llegada de las mujeres salvajes al Pueblo Azul, dando tiempo a que la noticia se extendiera y que los mercaderes llegasen para participar en ella, la subasta de las setenta y una mujeres y los diecinueve niños y niñas dio comienzo.
Ajdet había querido no sólo asistir a la subasta, sino dirigirla y hacer las veces de vendedor.
- ¡Amigos! -gritaba el Gran Jefe en la plaza central del pueblo, rodeado de una multitud de mercaderes y curiosos- Sé para lo que estáis todos aquí, así que no os haré perder el tiempo. ¡Que pasen las mujeres!
Del antiguo templo de la villa, dirigidas cada una por un hombre del mismo pueblo o del Gran Río, comenzaron a desfilar las hembras, todas ellas desnudas y maniatadas, la mayoría llorando aterrorizadas.
*****
En el pueblo del Gran Río, mientras sus antiguas compañeras eran vendidas como esclavas, las que habían corrido con la buena o mala suerte de ser escogidas por Ajdet recibían las primeras lecciones de Zuyda.
- A partir de ahora, os vais a convertir en meros coños. MIS coños. Seréis obedientes, sensuales y siempre estaréis dispuestas. Cualquier hombre que os necesite os podrá follar por el agujero que él quiera... ¡Basta de lloros!
- ¡AAAAHHH! -la varilla de madera, larga y flexible, que Zuyda llevaba en su mano impactó en la espalda de una de la siete mujeres, una salvaje de las montañas morena y de ojos verdes, abriendo su piel con un pequeño corte del que empezó a manar un fino reguero de sangre.
- Basta de lloros -repitió la chamán-. Habéis tenido suerte acabando aquí. Vuestra diferencia con las infelices que están siendo vendidas es que aquí vais a ser vosotras quienes vais a dominar a los hombres mediante el sexo, sin que ellos lo sepan. Convertiréis en realidad sus fantasías... y también las vuestras.
Las mujeres fijaron su mirada en la rubia chamán. Ahora sí que había captado su atención y las mujeres atendían interesadas.
Ajdet había querido no sólo asistir a la subasta, sino dirigirla y hacer las veces de vendedor.
- ¡Amigos! -gritaba el Gran Jefe en la plaza central del pueblo, rodeado de una multitud de mercaderes y curiosos- Sé para lo que estáis todos aquí, así que no os haré perder el tiempo. ¡Que pasen las mujeres!
Del antiguo templo de la villa, dirigidas cada una por un hombre del mismo pueblo o del Gran Río, comenzaron a desfilar las hembras, todas ellas desnudas y maniatadas, la mayoría llorando aterrorizadas.
*****
En el pueblo del Gran Río, mientras sus antiguas compañeras eran vendidas como esclavas, las que habían corrido con la buena o mala suerte de ser escogidas por Ajdet recibían las primeras lecciones de Zuyda.
- A partir de ahora, os vais a convertir en meros coños. MIS coños. Seréis obedientes, sensuales y siempre estaréis dispuestas. Cualquier hombre que os necesite os podrá follar por el agujero que él quiera... ¡Basta de lloros!
- ¡AAAAHHH! -la varilla de madera, larga y flexible, que Zuyda llevaba en su mano impactó en la espalda de una de la siete mujeres, una salvaje de las montañas morena y de ojos verdes, abriendo su piel con un pequeño corte del que empezó a manar un fino reguero de sangre.
- Basta de lloros -repitió la chamán-. Habéis tenido suerte acabando aquí. Vuestra diferencia con las infelices que están siendo vendidas es que aquí vais a ser vosotras quienes vais a dominar a los hombres mediante el sexo, sin que ellos lo sepan. Convertiréis en realidad sus fantasías... y también las vuestras.
Las mujeres fijaron su mirada en la rubia chamán. Ahora sí que había captado su atención y las mujeres atendían interesadas.
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miércoles, 28 de septiembre de 2011
A.C. (18: Sangre en las montañas)
- ¡Vamos, preparaos! ¡Los mercenarios nos esperan en el Valle Alto!- Ajdet se había colocado la coraza y el casco de bronce y arengaba a los Hombres del Bosque y a unos pocos guerreros del Gran Río. No quería dejar, como la otra vez, el pueblo sin protección. Menos aún ahora que Tarsis podía tomar represalias por la muerte de sus emisarios.
- Estamos listos, Gran Jefe Ajdet.- dijo Ethú, al frente de los salvajes.
- Está bien. ¡Andando!
Ajdet dirigía al grupo de treinta y dos guerreros que se dirigían al pueblo del Monte Negro, entre los que se encontraba Yasid. El Rey Toro había decidido llevárselo, y no solamente para comprobar la habilidad del extranjero con la espada. También quería alejarlo de la pequeña Ayna esperando enfriar así los sentimientos de una y otro.
Al paso de las tropas junto al Valle Alto, otra quincena de guerreros se unieron al grupo.
Llegaron al pueblo del Monte Negro poco antes de que la noche cayera sobre la región. Los guerreros pasarían allí la noche y saldrían con el alba en busca de los salvajes de las montañas.
- ¡Bienvenido, Rey Toro!- saludó el Jefe del Monte Negro a Ajdet- Os hemos preparado una pequeña fiesta de bienvenida.
*****
Los hombres de Ajdet estaban encantados con esa bebida dulce, rojiza y suave que entraba por la boca, acariciaba la lengua, caía por la garganta, aterrizaba en el estómago y les calentaba la sangre.
- Y... ¿Cómo dices que se llama a esto, Utón?
- Vino, Gran Jefe Ajdet. Se llama vino y se extrae de la uva.
Ajdet elevó su copa y la chocó contra la del líder del Monte Negro. Una miríada de gotitas rojizas los cubrió, como una diminuta lluvia de rubíes que brillaban a la luz de las hogueras.
- Gran Jefe Ajdet, también en mi país conozco esta bebida- interrumpió Yasid, sentado a la diestra del Rey Toro-. Aconsejo que tus hombres no beban mucho o mañana no se podrán luchar.
- Cierto, extranjero- terció el Jefe del Monte Negro-. Pero unos tragos no harán daño a tan grandes guerreros.
Ajdet sonrió efusivamente, era un gesto que podía pasar desapercibido entre las risas etílicas de sus hombres, pero él estaba agradeciendo a los dioses que le hubieran facilitado tanto su plan. No podía creerlo, sin lugar a dudas estaba protegido por las divinidades.
Tras acabar su copa, se levantó y fue uno por uno a sus hombres, ordenándoles que dejaran de beber el dulce néctar. Sin embargo, cuando llegó a la zona en que los Hombres del Bosque reían, gritaban y bebían, directamente tiró de un manotazo la copa del primero de ellos que se puso a su alcance.
- ¿Qué demonios te crees que haces, maldito niñato?- bramó el salvaje, levantándose y enfrentando su ancho cuerpo ante el delgado ser del jefe. Ajdet no se amilanó. Sin más diálogo, abofeteó fuertemente al hombre del Bosque con el dorso de su mano, mandándolo al suelo.
- ¡He dicho que dejéis de beber! ¿No escucháis cuando os habla vuestro jefe o qué?
Algunos de los salvajes se levantaron también y se encararon al Jefe, que pronto fue respaldado por los hombres del Gran Río y del Valle Alto. La figura de Yasid ayudó a amedrentar a los salvajes, que todavía sospechaban que el enorme negro era más un demonio que un hombre.
La pelea, sin embargo, se evitó por la rápida actuación de Ethú, que separó a los contendientes y obligó a sus hombres a soltar sus bebidas.
- Ya habéis oído al Gran Jefe. Se acabó el beber por esta noche.
Los salvajes tiraron las copas y se retiraron, visiblemente enfadados, a la cabañas que el Monte Negro había preprado para que descansaran antes de la batalla del día siguiente.
- ¿Por qué hiciste esa cosa?- inquirió Yasid mientras veía a sus asilvestrados compañeros abandonar la plaza.
- Todo tiene su razón de ser, querido Yasid.
- Estamos listos, Gran Jefe Ajdet.- dijo Ethú, al frente de los salvajes.
- Está bien. ¡Andando!
Ajdet dirigía al grupo de treinta y dos guerreros que se dirigían al pueblo del Monte Negro, entre los que se encontraba Yasid. El Rey Toro había decidido llevárselo, y no solamente para comprobar la habilidad del extranjero con la espada. También quería alejarlo de la pequeña Ayna esperando enfriar así los sentimientos de una y otro.
Al paso de las tropas junto al Valle Alto, otra quincena de guerreros se unieron al grupo.
Llegaron al pueblo del Monte Negro poco antes de que la noche cayera sobre la región. Los guerreros pasarían allí la noche y saldrían con el alba en busca de los salvajes de las montañas.
- ¡Bienvenido, Rey Toro!- saludó el Jefe del Monte Negro a Ajdet- Os hemos preparado una pequeña fiesta de bienvenida.
*****
Los hombres de Ajdet estaban encantados con esa bebida dulce, rojiza y suave que entraba por la boca, acariciaba la lengua, caía por la garganta, aterrizaba en el estómago y les calentaba la sangre.
- Y... ¿Cómo dices que se llama a esto, Utón?
- Vino, Gran Jefe Ajdet. Se llama vino y se extrae de la uva.
Ajdet elevó su copa y la chocó contra la del líder del Monte Negro. Una miríada de gotitas rojizas los cubrió, como una diminuta lluvia de rubíes que brillaban a la luz de las hogueras.
- Gran Jefe Ajdet, también en mi país conozco esta bebida- interrumpió Yasid, sentado a la diestra del Rey Toro-. Aconsejo que tus hombres no beban mucho o mañana no se podrán luchar.
- Cierto, extranjero- terció el Jefe del Monte Negro-. Pero unos tragos no harán daño a tan grandes guerreros.
Ajdet sonrió efusivamente, era un gesto que podía pasar desapercibido entre las risas etílicas de sus hombres, pero él estaba agradeciendo a los dioses que le hubieran facilitado tanto su plan. No podía creerlo, sin lugar a dudas estaba protegido por las divinidades.
Tras acabar su copa, se levantó y fue uno por uno a sus hombres, ordenándoles que dejaran de beber el dulce néctar. Sin embargo, cuando llegó a la zona en que los Hombres del Bosque reían, gritaban y bebían, directamente tiró de un manotazo la copa del primero de ellos que se puso a su alcance.
- ¿Qué demonios te crees que haces, maldito niñato?- bramó el salvaje, levantándose y enfrentando su ancho cuerpo ante el delgado ser del jefe. Ajdet no se amilanó. Sin más diálogo, abofeteó fuertemente al hombre del Bosque con el dorso de su mano, mandándolo al suelo.
- ¡He dicho que dejéis de beber! ¿No escucháis cuando os habla vuestro jefe o qué?
Algunos de los salvajes se levantaron también y se encararon al Jefe, que pronto fue respaldado por los hombres del Gran Río y del Valle Alto. La figura de Yasid ayudó a amedrentar a los salvajes, que todavía sospechaban que el enorme negro era más un demonio que un hombre.
La pelea, sin embargo, se evitó por la rápida actuación de Ethú, que separó a los contendientes y obligó a sus hombres a soltar sus bebidas.
- Ya habéis oído al Gran Jefe. Se acabó el beber por esta noche.
Los salvajes tiraron las copas y se retiraron, visiblemente enfadados, a la cabañas que el Monte Negro había preprado para que descansaran antes de la batalla del día siguiente.
- ¿Por qué hiciste esa cosa?- inquirió Yasid mientras veía a sus asilvestrados compañeros abandonar la plaza.
- Todo tiene su razón de ser, querido Yasid.
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viernes, 23 de septiembre de 2011
A.C. (17: Los Hombres de Tarsis)
Las historias de Yasid eran asombrosas. Ajdet disfrutaba con la información que el negro le transmitía, prestando una atención especial cuando le hablaba de ese reino del sur en donde Yasid había pasado poco más de media luna.
El gigante extranjero dibujaba en la tierra un pequeño mapa de cómo estaba distribuida la capital y alguna de las ciudades circundantes.
- ¿Qué son esos extraños símbolos que dibujas ahí?- preguntó el Gran Jefe, señalando unos raros garabatos que había junto algunos de los cuadrados que indicaban distintos edificios.
- ¿Esto? Son letras... Se me olvidaba que en estas zonas no conocéis la escritura.
- ¿Escritura?- Ajdet pronunció con dificultad la extraña palabra.
- Cada uno de estos símbolos significa un sonido. Éste es la "e", éste, "rre", éste, "ri" y el último, la "a".
- e-rre-ri-a... ¡Herrería! La herrería de la ciudad... ¿Y puedes escribir cualquier sonido de cualquier idioma?
- Sí, aunque algunos son más difíciles, como vuestra "P", que es muy parecida a la "B", pero siempre se pueden poner dos símbolos para disipar dudas.
- ¿Y sería complicado aprender a escribir?
- ¿Com-plicado? ¿Te refieres a si sería difícil?- Ante la respuesta afirmativa de Ajdet, Yasid continuó.- No, no creo. ¿Deseas aprender?
- Me encantaría, pero, si no te importa, prefiero que empecemos mañana. Hoy tengo que visitar el Pueblo del Monte Negro. Y si queda tiempo, bajaré hasta las villas de la Sierra.
- De acuerdo, Rey Toro. Yo he de despedirme de Samir, ya está recuperado y ha decidido volver a casa.
- Entiendo...- Ajdet se quedó pensativo.- Oye, Yasid... ¿Cuando regresarás tú a tu casa?
- No tengo a nadie que me espere. Partí antes de casarme.
El Gran Jefe quiso ver más allá de sus palabras, y no le gustó lo que cruzó por su mente.
- Yasid.
- Dime, Rey Toro.
- No te enamores de mi hermana.- dijo, antes de despedirse del negro.
El gigante extranjero dibujaba en la tierra un pequeño mapa de cómo estaba distribuida la capital y alguna de las ciudades circundantes.
- ¿Qué son esos extraños símbolos que dibujas ahí?- preguntó el Gran Jefe, señalando unos raros garabatos que había junto algunos de los cuadrados que indicaban distintos edificios.
- ¿Esto? Son letras... Se me olvidaba que en estas zonas no conocéis la escritura.
- ¿Escritura?- Ajdet pronunció con dificultad la extraña palabra.
- Cada uno de estos símbolos significa un sonido. Éste es la "e", éste, "rre", éste, "ri" y el último, la "a".
- e-rre-ri-a... ¡Herrería! La herrería de la ciudad... ¿Y puedes escribir cualquier sonido de cualquier idioma?
- Sí, aunque algunos son más difíciles, como vuestra "P", que es muy parecida a la "B", pero siempre se pueden poner dos símbolos para disipar dudas.
- ¿Y sería complicado aprender a escribir?
- ¿Com-plicado? ¿Te refieres a si sería difícil?- Ante la respuesta afirmativa de Ajdet, Yasid continuó.- No, no creo. ¿Deseas aprender?
- Me encantaría, pero, si no te importa, prefiero que empecemos mañana. Hoy tengo que visitar el Pueblo del Monte Negro. Y si queda tiempo, bajaré hasta las villas de la Sierra.
- De acuerdo, Rey Toro. Yo he de despedirme de Samir, ya está recuperado y ha decidido volver a casa.
- Entiendo...- Ajdet se quedó pensativo.- Oye, Yasid... ¿Cuando regresarás tú a tu casa?
- No tengo a nadie que me espere. Partí antes de casarme.
El Gran Jefe quiso ver más allá de sus palabras, y no le gustó lo que cruzó por su mente.
- Yasid.
- Dime, Rey Toro.
- No te enamores de mi hermana.- dijo, antes de despedirse del negro.
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domingo, 18 de septiembre de 2011
A.C. (16: La lección de Ayna)
La noche había caído de nuevo sobre el Gran Río cuando el primero de los dos grupos de guerreros regresaba al pueblo. Sin embargo, Ajdet notó algo raro según atravesaba las puertas de su capital. Un ambiente de nerviosismo revoloteaba en el poblado, como si una pátina de intranquilidad hubiera cubierto el Gran Río durante su ausencia.
- ¡Lesc! ¿Qué demonios ha pasado?
- ¡Ajdet!- el joven hijo de Rocnar suspiró aliviado cuando vio aparecer a su Jefe. Estaba claro que, pese a que Ajdet le había visto capacitado para gobernar durante su ausencia y la de Rayma, lo que hubiera pasado le había desbordado por completo.- Cre... creía que ibas a venir antes, esperé todo lo que pude para darte tiempo a llegar... yo... lo siento...
- ¡Lesc! ¡Maldita sea, cálmate! ¿Qué ha ocurrido?
- Es... Ayna... se metió esta mañana en el bosque y todavía no ha regresado. No hay forma de encontrarla.- el joven Lesc parecía al borde del llanto, no sólo había actuado de forma lenta y negligente, lo que posiblemente causara la muerte de la pequeña, sino que también había echado a perder la ocasión de demostrarle al Rey Toro que él también podía ser un buen gobernante.
- ¿Qué dices? ¿Has mandado alguien a buscarla?
- Sí. Pagul, Misdo, Ferc y Bsadi la están buscando. ¡ah! Y el negro también. Él fue el último que la vio. Han salido a la caída del sol.
Ajdet maldijo. Era verdad que había dejado muy pocos hombres en la ciudad, y la mayoría de ellos, por no decir todos excepto Lesc, Rutde y Pagul, demasido jóvenes o demasiado mayores. Sin embargo, Lesc se había equivocado. Pagul era un guerrero sin demasiado cerebro que no se orientaba especialmente bien en el bosque. Ferc era aún un muchacho con más ganas que fuerza, y Misdo un guerrero ya demasiado veterano, que había sido incluso compañero de Arald, el padre de Agaúr y abuelo de Ajdet. El joven Rey Toro rezaba a los dioses que fuera Bsadi, un viejo cazador acostumbrado a desenvolverse en la espesura, el que hubiera tomado el mando de la partida de búsqueda. Sin embargo, conociendo el poco carácter del hombre y el ego desbordado de Pagul, estaba seguro que no había sido así.
Si al menos hubiera enviado unas cuantas mujeres de apoyo, con las que pudieran hacer un barrido del bosque... Pero Ajdet sabía la opinión que el hijo de Rocnar tenía de las hembras, a las que consideraba seres débiles e inferiores. Él mismo tampoco tenía una opinión mucho mejor, pero al menos podrían haber ayudado.
- ¡Lesc! ¿Qué demonios ha pasado?
- ¡Ajdet!- el joven hijo de Rocnar suspiró aliviado cuando vio aparecer a su Jefe. Estaba claro que, pese a que Ajdet le había visto capacitado para gobernar durante su ausencia y la de Rayma, lo que hubiera pasado le había desbordado por completo.- Cre... creía que ibas a venir antes, esperé todo lo que pude para darte tiempo a llegar... yo... lo siento...
- ¡Lesc! ¡Maldita sea, cálmate! ¿Qué ha ocurrido?
- Es... Ayna... se metió esta mañana en el bosque y todavía no ha regresado. No hay forma de encontrarla.- el joven Lesc parecía al borde del llanto, no sólo había actuado de forma lenta y negligente, lo que posiblemente causara la muerte de la pequeña, sino que también había echado a perder la ocasión de demostrarle al Rey Toro que él también podía ser un buen gobernante.
- ¿Qué dices? ¿Has mandado alguien a buscarla?
- Sí. Pagul, Misdo, Ferc y Bsadi la están buscando. ¡ah! Y el negro también. Él fue el último que la vio. Han salido a la caída del sol.
Ajdet maldijo. Era verdad que había dejado muy pocos hombres en la ciudad, y la mayoría de ellos, por no decir todos excepto Lesc, Rutde y Pagul, demasido jóvenes o demasiado mayores. Sin embargo, Lesc se había equivocado. Pagul era un guerrero sin demasiado cerebro que no se orientaba especialmente bien en el bosque. Ferc era aún un muchacho con más ganas que fuerza, y Misdo un guerrero ya demasiado veterano, que había sido incluso compañero de Arald, el padre de Agaúr y abuelo de Ajdet. El joven Rey Toro rezaba a los dioses que fuera Bsadi, un viejo cazador acostumbrado a desenvolverse en la espesura, el que hubiera tomado el mando de la partida de búsqueda. Sin embargo, conociendo el poco carácter del hombre y el ego desbordado de Pagul, estaba seguro que no había sido así.
Si al menos hubiera enviado unas cuantas mujeres de apoyo, con las que pudieran hacer un barrido del bosque... Pero Ajdet sabía la opinión que el hijo de Rocnar tenía de las hembras, a las que consideraba seres débiles e inferiores. Él mismo tampoco tenía una opinión mucho mejor, pero al menos podrían haber ayudado.
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martes, 13 de septiembre de 2011
A.C. (15: La Estrategia de Ajdet)
Ajdet no podía esperar ni un minuto más. Era hora de demostrarle al extranjero el poder del Rey Toro. Su simple nombre bastaría para hacer rendirse al Pueblo Azul y Yasid entendería que él era tan o más poderoso que el rey del Sur.
- ¡Maastri! Ves y diles lo que acordamos.
El joven de los Hombres del Bosque se había ido convirtiendo día a día en uno de los hombres de confianza del Rey Toro. Su obediencia y rapidez le habían concedido un puesto muy cercano al jefe.
El salvaje asintió y salió del pueblo a la carrera. Si cumplía su misión, si empezaba a subir el respeto que el Gran Jefe le tenía, tal vez podría abandonar su tribu salvaje y hacerse un hueco en los desarrollados pueblos que Ajdet conquistaba.
*****
Las horas pasaban y el Gran Jefe paseaba por su territorio con Yasid, mientras esperaba que Maastri llegara con la respuesta de Kimel. Samir, tras despertar de su profundo sueño, se curaba lentamente merced a los ungüentos de Zuyda, lo que tranquilizaba al imponente negro, que en su paseo sin embargo acosaba a preguntas a Ajdet. El joven se pensaba mucho antes de responder, no sólo porque tuviera que escoger las palabras más sencillas para que el extranjero las entendiera, sino porque tampoco le quería dar demasiados datos importantes. Todavía no se fiaba completamente del negro. Tenía que reconocer que Yasid aprendía demasiado rápido el idioma.
Los gritos de los vigilantes le sacaron de la conversación. Se puso a correr hacia el este del poblado mientras trataba de averiguar el motivo del griterío.
*****
La rabia lo había dominado durante unos segundos al encontrarse con el desagradable regalo que le esperaba a pocos metros de la muralla. La cabeza cercenada del joven Maastri lo miraba a los ojos desde el suelo, como preguntándole un por qué que ni él mismo podía contestar.
Un jinete lo había traído y lo había lanzado a los pies de los guardias antes de desaparecer nuevamente en el bosque occidental.
Los Hombres del Bosque corrieron a por sus armas, deseosos de atacar ese maldito pueblo que había acabado con su compañero. Sin embargo, Ajdet los detuvo. Su inteligencia y sangre fría se impusieron a su ira.
- ¡Quietos! Primero tendremos que enterarnos de qué es lo que tienen para atreverse a hacer una cosa de éstas. Lesc, escoge dos guerreros y ves al Pueblo Azul. Vigila e investiga, pero con mucho cuidado, no te acerques demasiado. Intenta contactar con Sanom, si puedes, es de confianza.
- ¡Maastri! Ves y diles lo que acordamos.
El joven de los Hombres del Bosque se había ido convirtiendo día a día en uno de los hombres de confianza del Rey Toro. Su obediencia y rapidez le habían concedido un puesto muy cercano al jefe.
El salvaje asintió y salió del pueblo a la carrera. Si cumplía su misión, si empezaba a subir el respeto que el Gran Jefe le tenía, tal vez podría abandonar su tribu salvaje y hacerse un hueco en los desarrollados pueblos que Ajdet conquistaba.
*****
Las horas pasaban y el Gran Jefe paseaba por su territorio con Yasid, mientras esperaba que Maastri llegara con la respuesta de Kimel. Samir, tras despertar de su profundo sueño, se curaba lentamente merced a los ungüentos de Zuyda, lo que tranquilizaba al imponente negro, que en su paseo sin embargo acosaba a preguntas a Ajdet. El joven se pensaba mucho antes de responder, no sólo porque tuviera que escoger las palabras más sencillas para que el extranjero las entendiera, sino porque tampoco le quería dar demasiados datos importantes. Todavía no se fiaba completamente del negro. Tenía que reconocer que Yasid aprendía demasiado rápido el idioma.
Los gritos de los vigilantes le sacaron de la conversación. Se puso a correr hacia el este del poblado mientras trataba de averiguar el motivo del griterío.
*****
La rabia lo había dominado durante unos segundos al encontrarse con el desagradable regalo que le esperaba a pocos metros de la muralla. La cabeza cercenada del joven Maastri lo miraba a los ojos desde el suelo, como preguntándole un por qué que ni él mismo podía contestar.
Un jinete lo había traído y lo había lanzado a los pies de los guardias antes de desaparecer nuevamente en el bosque occidental.
Los Hombres del Bosque corrieron a por sus armas, deseosos de atacar ese maldito pueblo que había acabado con su compañero. Sin embargo, Ajdet los detuvo. Su inteligencia y sangre fría se impusieron a su ira.
- ¡Quietos! Primero tendremos que enterarnos de qué es lo que tienen para atreverse a hacer una cosa de éstas. Lesc, escoge dos guerreros y ves al Pueblo Azul. Vigila e investiga, pero con mucho cuidado, no te acerques demasiado. Intenta contactar con Sanom, si puedes, es de confianza.
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jueves, 8 de septiembre de 2011
A.C. (14: El Extranjero)
- Vamos, Samir, por todos los dioses, resiste, por favor. Pronto llegaremos a un poblado.
Los dos extranjeros avanzaban a duras penas por el prado, el más alto de los dos arrastrando consigo a su compañero, que sólo podía gritar y encogerse por el dolor lacerante que abrasaba su estómago.
- No... no puedo continuar...- balbucía, casi sin fuerzas, el hombre.- estoy demasiado... ¡AAARRGHHHH!
Samir se soltó del brazo de su amigo y cayó al suelo. Sentía un fuego devastador romperle las entrañas, reventarlo de dolor, robarle todas las fuerzas y dejarlo derrotado sobre la hierba húmeda aún del rocío de la mañana.
- ¡Mira! ¡Un poblado! ¡Voy a intentar pedir ayuda! ¡Resiste!
El hombre salió corriendo hacia la villa, dejando a su compañero doliéndose sobre la hierba. Cruzaba el verde prado con zancadas tan enormes como él mismo, el viento azotaba en su rostro, los pulmones le ardían y el corazón parecía querer salírsele del cuerpo, pinchando su pecho como si una daga le atravesara la piel desde dentro, pero la vida de Samir estaba en sus manos y no podía dejar de correr.
El poblado, a ojos vista, parecía crecer y elevarse a medida que se aproximaba, como si desde que él empezara su alocada carrera, hubiera ido evolucionando desde una casucha de pieles y huesos hasta la villa fortificada que ahora semejaba. Quizás, cuando llegase a ella, sus hombres habrían descubierto ya cómo volar y sus edificios serían tan altos como el mismísimo cielo.
- ¡Pagul! ¡Mira eso! ¿Qué demonios es?
Uno de los guardias que vigilaban la puerta encarada al sudoeste del poblado señaló al hombre que corría hacia ellos vestido con una túnica de llamativos colores violáceos. Pero aquél no era un hombre normal. Era enorme, corría tan rápido como el mismo viento y, lo más inquietante, su cara era del color de la noche.
Los guardianes mostraron sus espadas mientras el gigante negro avanzaba hacia ellos a gran velocidad.
- ¡Alto! ¡Deténte ahora mismo!- Ordenó el tal Pagul, arma en ristre.
El extranjero se detuvo justo frente a los guerreros, y se echó de rodillas, implorando algo en un idioma extraño y atropellado.
- ¿Qué demonios dices? ¡No entiendo nada!
- Es un conjuro, está intentando hechizarte... ¡mátalo, Pagul!- dijo el otro guardián. Sin embargo, su compañero no obedeció, en los ojos de ese hombre de piel oscura y gruesos labios encontró una sensación de angustia y miedo profundo que inspiraron su compasión.
- Llama a Ajdet. Él sabrá lo que hacer.
- Pero...
- ¡Hazlo! ¡No me pasará nada, no está armado!
Los dos extranjeros avanzaban a duras penas por el prado, el más alto de los dos arrastrando consigo a su compañero, que sólo podía gritar y encogerse por el dolor lacerante que abrasaba su estómago.
- No... no puedo continuar...- balbucía, casi sin fuerzas, el hombre.- estoy demasiado... ¡AAARRGHHHH!
Samir se soltó del brazo de su amigo y cayó al suelo. Sentía un fuego devastador romperle las entrañas, reventarlo de dolor, robarle todas las fuerzas y dejarlo derrotado sobre la hierba húmeda aún del rocío de la mañana.
- ¡Mira! ¡Un poblado! ¡Voy a intentar pedir ayuda! ¡Resiste!
El hombre salió corriendo hacia la villa, dejando a su compañero doliéndose sobre la hierba. Cruzaba el verde prado con zancadas tan enormes como él mismo, el viento azotaba en su rostro, los pulmones le ardían y el corazón parecía querer salírsele del cuerpo, pinchando su pecho como si una daga le atravesara la piel desde dentro, pero la vida de Samir estaba en sus manos y no podía dejar de correr.
El poblado, a ojos vista, parecía crecer y elevarse a medida que se aproximaba, como si desde que él empezara su alocada carrera, hubiera ido evolucionando desde una casucha de pieles y huesos hasta la villa fortificada que ahora semejaba. Quizás, cuando llegase a ella, sus hombres habrían descubierto ya cómo volar y sus edificios serían tan altos como el mismísimo cielo.
- ¡Pagul! ¡Mira eso! ¿Qué demonios es?
Uno de los guardias que vigilaban la puerta encarada al sudoeste del poblado señaló al hombre que corría hacia ellos vestido con una túnica de llamativos colores violáceos. Pero aquél no era un hombre normal. Era enorme, corría tan rápido como el mismo viento y, lo más inquietante, su cara era del color de la noche.
Los guardianes mostraron sus espadas mientras el gigante negro avanzaba hacia ellos a gran velocidad.
- ¡Alto! ¡Deténte ahora mismo!- Ordenó el tal Pagul, arma en ristre.
El extranjero se detuvo justo frente a los guerreros, y se echó de rodillas, implorando algo en un idioma extraño y atropellado.
- ¿Qué demonios dices? ¡No entiendo nada!
- Es un conjuro, está intentando hechizarte... ¡mátalo, Pagul!- dijo el otro guardián. Sin embargo, su compañero no obedeció, en los ojos de ese hombre de piel oscura y gruesos labios encontró una sensación de angustia y miedo profundo que inspiraron su compasión.
- Llama a Ajdet. Él sabrá lo que hacer.
- Pero...
- ¡Hazlo! ¡No me pasará nada, no está armado!
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sábado, 3 de septiembre de 2011
A.C. (13: El Pueblo del Gallo)
Pasaron dos días, los hombres del Gran Río enviados por Ajdet y comandados por Lesc ya habían regresado, después de ayudar en la reconstrucción del pueblo del Valle Alto. Para compensarlos por los estragos que la guerra había causado, Ajdet no sólo les permitió explotar las minas de cobre y estaño, sino que hizo llamar a uno de los supervivientes para que aprendiera de Rutde el oficio de la herrería.
No obstante, el abismo que se había abierto entre el número de hombres y de mujeres en el pueblo tras la batalla, era un inconveniente en el que el Gran Jefe no dejaba de pensar. Viudas y mujeres jóvenes se habían quedado sin posibilidades de encontrar esposo. Pensó sin embargo que ya tendría tiempo de arreglarlo cuando conquistara el pueblo del Gallo.
Ajdet salió de casa y el sol repentino del amanecer le dolió en los ojos. Entrecerró los párpados y trató de acostumbrarse a la claridad brutal del día. Sus hombres comenzaban a prepararse. A los guerreros que le acompañaron en su ataque contra el Valle Alto se les habían unido varios habitantes más de los otros dos pueblos. En total, sesenta y un guerreros, ya la mayoría de ellos armados con espadas de bronce e, incluso, algunos como Rocnar o Lesc también con armaduras del cobrizo metal.
En vez de dirigirse directamente hacia ellos, el Gran Jefe se alejó del centro del poblado, hacia los campos que habían quedado fuera de las murallas. Se acercó a un pequeño cercado donde un animal zahíno correteaba.
Ajdet sonrió con arrogancia. Era hora de amedrentar al enemigo.
*****
El pueblo del Gallo estaba rodeado por una empalizada de madera que, si bien no era tan buena protección como la muralla de piedra del Gran Río, daba una gran ventaja a los defensores. Además, la villa era de las más grandes y pobladas de la zona, más de doscientas personas vivían dentro del pueblo, y ningún otro rival se había atrevido a atacarla desde muchas generaciones atrás. Se necesitaba un ejército muy fuerte y poderoso para siquiera intentarlo. Justo lo que Ajdet, en tan poco tiempo, había logrado.
- ¡Allí vienen los Hombres del Bosque! ¡Es cierto! ¡Los comanda un hombre a caballo! ¡No! ¡No es un caballo! ¡Es... Dioses del Cielo!
Los gritos del vigilante llegaron a oídos de los invasores, que se apostaban lentamente junto a la empalizada este del poblado. Una risa franca recorrió a las tropas.
No obstante, el abismo que se había abierto entre el número de hombres y de mujeres en el pueblo tras la batalla, era un inconveniente en el que el Gran Jefe no dejaba de pensar. Viudas y mujeres jóvenes se habían quedado sin posibilidades de encontrar esposo. Pensó sin embargo que ya tendría tiempo de arreglarlo cuando conquistara el pueblo del Gallo.
Ajdet salió de casa y el sol repentino del amanecer le dolió en los ojos. Entrecerró los párpados y trató de acostumbrarse a la claridad brutal del día. Sus hombres comenzaban a prepararse. A los guerreros que le acompañaron en su ataque contra el Valle Alto se les habían unido varios habitantes más de los otros dos pueblos. En total, sesenta y un guerreros, ya la mayoría de ellos armados con espadas de bronce e, incluso, algunos como Rocnar o Lesc también con armaduras del cobrizo metal.
En vez de dirigirse directamente hacia ellos, el Gran Jefe se alejó del centro del poblado, hacia los campos que habían quedado fuera de las murallas. Se acercó a un pequeño cercado donde un animal zahíno correteaba.
Ajdet sonrió con arrogancia. Era hora de amedrentar al enemigo.
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El pueblo del Gallo estaba rodeado por una empalizada de madera que, si bien no era tan buena protección como la muralla de piedra del Gran Río, daba una gran ventaja a los defensores. Además, la villa era de las más grandes y pobladas de la zona, más de doscientas personas vivían dentro del pueblo, y ningún otro rival se había atrevido a atacarla desde muchas generaciones atrás. Se necesitaba un ejército muy fuerte y poderoso para siquiera intentarlo. Justo lo que Ajdet, en tan poco tiempo, había logrado.
- ¡Allí vienen los Hombres del Bosque! ¡Es cierto! ¡Los comanda un hombre a caballo! ¡No! ¡No es un caballo! ¡Es... Dioses del Cielo!
Los gritos del vigilante llegaron a oídos de los invasores, que se apostaban lentamente junto a la empalizada este del poblado. Una risa franca recorrió a las tropas.
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