Cuando Ajdet, junto con los otro trece guerreros, los veinticinco hombres del bosque y su nueva adquisición llegaron al poblado, el Gran Río se preparaba para la comida del mediodía.
El olor a carne cocinada se elevaba por el aire y actuaba a modo de canto de sirena para los cansados y hambrientos guerreros.
- Vaya... has organizado muy bien esto en mi ausencia.- Dijo Ajdet a Rayma.
- ¿Acaso lo dudabas, Pequeño Ciervo?- respondió confiada la mujer, aunque el apelativo hizo que Ajdet recordara, de pronto, más cosas de las que hubiera deseado.
- Jamás vuelvas a llamarme así, Rayma. Nunca en tu vida.
- P-perdón, Ajdet. No sabía que te molestara tanto.
- No importa.
- ¿Quién es ella?- Preguntó la esposa señalando a la desnuda mujer que acompañaba a su marido, con las manos aún atadas. No podía entenderlo, jamás en su vida le había dolido tanto ver a un hombre con otra mujer que no fuera ella. Sin embargo, Ajdet tenía a su alrededor una especie de aura, una suerte de fuerza de atracción que lo hacía irresistiblemente único.
- ¿Ella? Sólo un regalito... ¿Has visto a Zuyda?
- Creo que está durmiendo. Con su trabajo, sólo en estos momentos es cuando puede descansar.
- Perfecto.
*****
Los fuertes golpes en la puerta despertaron finalmente a la joven curandera del pueblo. Se levantó, cansada e irritada, y se arrastró pesadamente hacia la puerta.
- Maldita sea... ni siquiera ahora puedo dormir...- gruñó la mujer. Sin embargo, cuando abrió la puerta, se encontró con una visita inesperada.- ¡Ajdet! ¡Qué alegría verte!
Aunque la rubia chamán mostraba unas ojeras evidentes por su falta de sueño, la sonrisa al ver al hombre que le descubrió todo un nuevo mundo de sensaciones le iluminó el rostro.
- ¿Qué tal, Zuyda? Últimamente te veo muy cansada.
- Oh... no... bueno, sí... pero para ti siempre tengo un hueco.
Ajdet sonrió. Se sabía atractivo, pero el éxito que estaba teniendo últimamente con absolutamente todas las mujeres le sorprendía incluso a él.
- ¿Acaso no vas a preguntar quién es ella?
Zuyda observó a la mujer que acompañaba al Gran Jefe. Ni siquiera se había percatado de que estaba allí, desde que abrió la puerta solamente se había fijado en Ajdet. Como casi todas las mujeres que conocía, había caído de lleno en el influjo del hijo de Agaúr, y estaba casi segura que esa joven morena, desnuda y maniatada, que iba detrás del Gran Jefe como un perro faldero era, efectivamente, otra más de las hembras hechizadas por la profunda mirada del joven.
- ¿Y quién es?
- Tu nueva aprendiz.
Mis palabras no son más que balas perdidas que aspiran encontrar un corazón donde alojarse, no para hacer daño, no para matar, sino simplemente para encontrar un hogar más cálido y acogedor que la fría mente de la que fueron expulsadas en forma de relato. Son balas que buscan conmover, provocar, excitar... Espero, al menos algún día, conseguirlo, y que vosotros seáis los primeros en verlo. Sean bienvenidos.
lunes, 29 de agosto de 2011
domingo, 28 de agosto de 2011
A.C. (11: Los Horrores de la Guerra)
Los Hombres del Bosque llegaron, como prometieron, junto con el primer amanecer tras la luna llena, y el Gran Jefe ya estaba esperándolos tras la muralla recién levantada. Cada vez veía más cercano su sueño de un imperio más allá de los cuatro horizontes. Ajdet tenía pensado sus próximos pasos durante las dos siguientes lunas, tras las que quería tener al menos cinco poblados más bajo su control. Si atacaba el Valle Alto y el Pueblo del Gallo con sus nuevos guerreros en sus filas, demostrando hasta qué punto llegaban sus fuerzas, estaba seguro de que el Pueblo Azul se rendiría sin tener que derramar una gota de sangre, dándole a su naciente imperio una salida al mar y, con ella, también al comercio con los mercaderes de tierras lejanas. Luego, expandirse hacia el norte o hacia el sur dependería solamente del tiempo.
La llegada de sus nuevos guerreros fue como agua de mayo para las ambiciones de Ajdet. Los hombres del Valle Alto habían entrado en la mina de la que el pueblo del Gran Río extraía el cobre, deseosos de producir ellos mismos ese metal que tantas posibilidades ofrecía, pero provocando una pequeña reyerta con su gente que no acabó más que con unos pocos heridos entre los mineros. Ofensa suficiente para ser el primer pueblo que invadiera tras el Valle Bajo.
El Gran Jefe del Gran Río se había visto obligado a colocar dos turnos con un par de guerreros bien equipados para vigilar su preciado metal y disuadir a los hombres del Valle Alto de volver a esquilmar sus recursos. Ahora, con los salvajes a sus órdenes, todo se arreglaría.
- ¡Ethú!- llamó Ajdet al líder de los Hombres del Bosque mientras éstos investigaban sus cabañas. Como tan sólo iban a usarlas para dormir, Ajdet había decidido poner seis camas grandes en cada morada, sabedor de que los salvajes no se quejarían. Así, lograba colocar a todos sus nuevos pobladores en escasas ocho viviendas. Ahora que la muralla estaba a punto de terminarse, el espacio dentro de la ciudad era un tesoro que no debía malgastar.
- Dime, Gran Jefe Ajdet.
- Prepara a tus hombres. Esta noche, para festejar vuestra incorporación, conquistaremos la primera villa. Tendréis todas las mujeres que queráis.
- ¡Fabuloso! Pero mi gente prefiere usar al menos de momento sus viejas armas, no se sienten cómodos con tus brillantes cuchillos.
Ajdet asintió. Los "brillantes cuchillos" no eran más que las espadas de bronce que el joven les había entregado para que se fueran preparando. Si los nuevos preferían luchar con sus viejas armas, que así fuera, no en vano esas armas habían sesgado más vidas de las que era sensato recordar.
*****
Caía la noche. Catorce guerreros del pueblo del Gran Río, doce del Valle Bajo, entre ellos Rocnar, y los veintiséis Hombres del Bosque llegaron a las afueras del pueblo del Valle Alto. Todos sonreían sabiendo que la victoria era casi segura. Superaban en número y en fuerza a los pobladores de la villa, y aparte contaban con el factor sorpresa.
Con los invasores amparados en la oscuridad del ocaso, los hombres del Valle Alto no notaron que los atacantes se acercaban hasta que fue demasiado tarde.
- ¡LOS HOMBRES DEL BOSQUE! ¡VIENEN LOS HOMBRES DEL BOSQUE!- gritó uno de los jóvenes del Valle Alto, corriendo por en medio del poblado, tras ver a los guerreros que encabezaban la tropa, con la mitad del cuerpo brillando a la luz anaranjada de las hogueras y la otra aparentemente en la oscuridad, como si fueran criaturas hechas de fuego y de noche, recién surgidas de las pesadillas más oscuras de un loco.
Los hombres del Valle Alto agarraron sus armas y salieron de las casas, tan sólo para encontrarse a aquellos salvajes destrozando a sus vecinos.
Los Hombres del Bosque saltaban como fieras sobre sus víctimas, apuñalándolos con burdas hojas de sílex o directamente reventando sus cabezas con gruesas rocas. Tras ellos, unas decenas de hombres armados con espadas les seguían.
- ¡Ajdet, amigo!- gritó uno de los pobladores del Valle Alto.- ¿Has venido a ayudarn...?
Jamás acabó la frase. La afilada espada del Gran Jefe le rebanó la cabeza de un solo sesgo. La sangre salió a borbotones y tiñó de rojizo la cara y la armadura de Ajdet, que enseñaba los dientes con la misma sonrisa macabra que exhibían los Hombres del Bosque cuando asaltaban a un nuevo enemigo para, una vez muerto, con sus toscas armas o con sus propias manos, abrirle el pecho y extraerle el corazón, que mordían y tragaban como si del plato más exquisito se tratase.
La batalla continuaba y los defensores iban cayendo uno tras otro, aplastados por la fuerza y la ferocidad de sus rivales.
Ajdet observó a su alrededor. Él y sus hombres habían perdido completamente el control. No existía ya el enemigo. Lo único que quedaba de ello era un grupo de hombres aterrados, que huían despavoridos o trataban de esconderse en el interior de sus casas y, sin embargo, sus guerreros seguían sedientos de sangre, asesinando sin contemplaciones a cualquiera que tuvieran delante, tiñéndose todos ellos del rojizo líquido vital de sus víctimas.
- ¡DETENEOS! ¡QUIETOS! ¡YA ES SUFICIENTE, POR TODOS LOS DIOSES!
El grito de Ajdet, en un primer momento, pareció pasar desapercibido en medio del fragor de la batalla, pero poco a poco todos los invasores fueron parando y observando el desolado paisaje que tenían alrededor, como si despertaran de un profundo sueño. Algunos de los salvajes tuvieron que ser detenidos por sus propios compañeros, después de estar largos minutos golpeando y apuñalando lo que ya sólo era un sanguinolento cadáver.
La llegada de sus nuevos guerreros fue como agua de mayo para las ambiciones de Ajdet. Los hombres del Valle Alto habían entrado en la mina de la que el pueblo del Gran Río extraía el cobre, deseosos de producir ellos mismos ese metal que tantas posibilidades ofrecía, pero provocando una pequeña reyerta con su gente que no acabó más que con unos pocos heridos entre los mineros. Ofensa suficiente para ser el primer pueblo que invadiera tras el Valle Bajo.
El Gran Jefe del Gran Río se había visto obligado a colocar dos turnos con un par de guerreros bien equipados para vigilar su preciado metal y disuadir a los hombres del Valle Alto de volver a esquilmar sus recursos. Ahora, con los salvajes a sus órdenes, todo se arreglaría.
- ¡Ethú!- llamó Ajdet al líder de los Hombres del Bosque mientras éstos investigaban sus cabañas. Como tan sólo iban a usarlas para dormir, Ajdet había decidido poner seis camas grandes en cada morada, sabedor de que los salvajes no se quejarían. Así, lograba colocar a todos sus nuevos pobladores en escasas ocho viviendas. Ahora que la muralla estaba a punto de terminarse, el espacio dentro de la ciudad era un tesoro que no debía malgastar.
- Dime, Gran Jefe Ajdet.
- Prepara a tus hombres. Esta noche, para festejar vuestra incorporación, conquistaremos la primera villa. Tendréis todas las mujeres que queráis.
- ¡Fabuloso! Pero mi gente prefiere usar al menos de momento sus viejas armas, no se sienten cómodos con tus brillantes cuchillos.
Ajdet asintió. Los "brillantes cuchillos" no eran más que las espadas de bronce que el joven les había entregado para que se fueran preparando. Si los nuevos preferían luchar con sus viejas armas, que así fuera, no en vano esas armas habían sesgado más vidas de las que era sensato recordar.
*****
Caía la noche. Catorce guerreros del pueblo del Gran Río, doce del Valle Bajo, entre ellos Rocnar, y los veintiséis Hombres del Bosque llegaron a las afueras del pueblo del Valle Alto. Todos sonreían sabiendo que la victoria era casi segura. Superaban en número y en fuerza a los pobladores de la villa, y aparte contaban con el factor sorpresa.
Con los invasores amparados en la oscuridad del ocaso, los hombres del Valle Alto no notaron que los atacantes se acercaban hasta que fue demasiado tarde.
- ¡LOS HOMBRES DEL BOSQUE! ¡VIENEN LOS HOMBRES DEL BOSQUE!- gritó uno de los jóvenes del Valle Alto, corriendo por en medio del poblado, tras ver a los guerreros que encabezaban la tropa, con la mitad del cuerpo brillando a la luz anaranjada de las hogueras y la otra aparentemente en la oscuridad, como si fueran criaturas hechas de fuego y de noche, recién surgidas de las pesadillas más oscuras de un loco.
Los hombres del Valle Alto agarraron sus armas y salieron de las casas, tan sólo para encontrarse a aquellos salvajes destrozando a sus vecinos.
Los Hombres del Bosque saltaban como fieras sobre sus víctimas, apuñalándolos con burdas hojas de sílex o directamente reventando sus cabezas con gruesas rocas. Tras ellos, unas decenas de hombres armados con espadas les seguían.
- ¡Ajdet, amigo!- gritó uno de los pobladores del Valle Alto.- ¿Has venido a ayudarn...?
Jamás acabó la frase. La afilada espada del Gran Jefe le rebanó la cabeza de un solo sesgo. La sangre salió a borbotones y tiñó de rojizo la cara y la armadura de Ajdet, que enseñaba los dientes con la misma sonrisa macabra que exhibían los Hombres del Bosque cuando asaltaban a un nuevo enemigo para, una vez muerto, con sus toscas armas o con sus propias manos, abrirle el pecho y extraerle el corazón, que mordían y tragaban como si del plato más exquisito se tratase.
La batalla continuaba y los defensores iban cayendo uno tras otro, aplastados por la fuerza y la ferocidad de sus rivales.
Ajdet observó a su alrededor. Él y sus hombres habían perdido completamente el control. No existía ya el enemigo. Lo único que quedaba de ello era un grupo de hombres aterrados, que huían despavoridos o trataban de esconderse en el interior de sus casas y, sin embargo, sus guerreros seguían sedientos de sangre, asesinando sin contemplaciones a cualquiera que tuvieran delante, tiñéndose todos ellos del rojizo líquido vital de sus víctimas.
- ¡DETENEOS! ¡QUIETOS! ¡YA ES SUFICIENTE, POR TODOS LOS DIOSES!
El grito de Ajdet, en un primer momento, pareció pasar desapercibido en medio del fragor de la batalla, pero poco a poco todos los invasores fueron parando y observando el desolado paisaje que tenían alrededor, como si despertaran de un profundo sueño. Algunos de los salvajes tuvieron que ser detenidos por sus propios compañeros, después de estar largos minutos golpeando y apuñalando lo que ya sólo era un sanguinolento cadáver.
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martes, 23 de agosto de 2011
A.C. (10: Los Hombres del Bosque)
Lo había ido postergando durante demasiados días, pero ya no podía dejarlo pasar ni una jornada más. Ajdet estaba decidido, era el momento.
- ¿Tienes la armadura?
Rutde mostró su sonrisa más amplia. Estaba seguro de que Ajdet quedaría encantado con su trabajo. Había estado ocupado durante todo el día anterior en preparar la cota de bronce que Ajdet le había encargado.
- Perfecta.- dijo el Gran Jefe, tomándola en sus manos.- ayúdame a ponérmela, que tengo algo importante que hacer.
*****
La gente del pueblo del Gran Río quedó asombrada al ver salir a Ajdet de la herrería con su brillante armadura. Parecía un héroe de leyenda, o quizás un dios.
Sin perder un solo minuto más, envainó su espada en la funda de cuero y, atravesando la muralla aún a medio construir, se internó en el bosque. Nadie sabía muy bien en qué punto de la espesura se escondían los Hombres del Bosque. Formaban una tribu nómada que prefería vivir como los Antiguos, guareciéndose en bosques o cuevas y viviendo de la caza o los frutos que recogían de la naturaleza. Sin embargo, en algunos inviernos en que escaseaba la caza, no era inusual verlos saquear los rebaños de los pueblos cercanos y, cuando lo hacían, lo mejor era no interponerse en su camino. Su fuerza, velocidad y crueldad eran bien conocidas y, muchas veces, habían acabado con la vida de todos los hombres del poblado en cuestión. Hombres adultos, bien armados, y con el terreno a su favor, no habían tenido nada que hacer contra esos salvajes. Tras matar a los hombres, las más veces se quedaban en el poblado para violar a las mujeres y a las niñas, sin importarles edad ni condición física.
Ajdet avanzaba por el bosque con su armadura que, aunque resultaba incómoda y pesada, sería la única opción de sobrevivir si las cosas se torcían. La espesura estaba llena de sonidos, y el joven jefe del Gran
Río creía reconocer detrás de cada uno de ellos a los Hombres del Bosque, escondidos tras los árboles, observándolo, espiándolo, pensando si era un enemigo al que habría que atacar o, por el contrario, sería mejor esperar a enterarse de qué es lo que quería.
Un jabalí le salió al paso a Ajdet, pero el joven no se inmutó. Sabía que, si no se le provocaba, el animal no atacaría a alguien más grande que él. El jabalí se quedó observando fijamente a Ajdet, calibrando fuerzas, pero una vez que parecía haber decidido marcharse a otros parajes más tranquilos, una flecha se clavó violentamente en la cabeza del animal, entrando por el ojo y alojándose en su cerebro, causando una muerte instantánea.
Entonces sí, Ajdet desenfundó su espada y dio una vuelta sobre sí mismo. Seguía sin ver a nadie, pero estaba claro que había sido uno de esos hombres del bosque los que habían acabado con el puerco.
De pronto, como si se hubiera materializado como por arte de magia con un leve sonido, uno de ellos apareció tras Adjet, que se volvió hacia él, espada en ristre. Sin embargo, otros cuatro sonidos idénticos al primero hicieron desistir al jefe del Gran Río, que envainó su espada mientras veía al sexto hombre caer grácilmente tras saltar del árbol en que estaba apostado. El sonido que había escuchado Ajdet no era más que el de los pies de los hombres tomando contacto con el suelo. Los salvajes iban prácticamente desnudos, pero su piel estaba decorada por completo con motivos azules y naranjas, que les daba un aspecto feroz y extraño, como de seres de otro mundo.
- Hola, amigos. Quería hablar con vosotros.
- ¿Tienes la armadura?
Rutde mostró su sonrisa más amplia. Estaba seguro de que Ajdet quedaría encantado con su trabajo. Había estado ocupado durante todo el día anterior en preparar la cota de bronce que Ajdet le había encargado.
- Perfecta.- dijo el Gran Jefe, tomándola en sus manos.- ayúdame a ponérmela, que tengo algo importante que hacer.
*****
La gente del pueblo del Gran Río quedó asombrada al ver salir a Ajdet de la herrería con su brillante armadura. Parecía un héroe de leyenda, o quizás un dios.
Sin perder un solo minuto más, envainó su espada en la funda de cuero y, atravesando la muralla aún a medio construir, se internó en el bosque. Nadie sabía muy bien en qué punto de la espesura se escondían los Hombres del Bosque. Formaban una tribu nómada que prefería vivir como los Antiguos, guareciéndose en bosques o cuevas y viviendo de la caza o los frutos que recogían de la naturaleza. Sin embargo, en algunos inviernos en que escaseaba la caza, no era inusual verlos saquear los rebaños de los pueblos cercanos y, cuando lo hacían, lo mejor era no interponerse en su camino. Su fuerza, velocidad y crueldad eran bien conocidas y, muchas veces, habían acabado con la vida de todos los hombres del poblado en cuestión. Hombres adultos, bien armados, y con el terreno a su favor, no habían tenido nada que hacer contra esos salvajes. Tras matar a los hombres, las más veces se quedaban en el poblado para violar a las mujeres y a las niñas, sin importarles edad ni condición física.
Ajdet avanzaba por el bosque con su armadura que, aunque resultaba incómoda y pesada, sería la única opción de sobrevivir si las cosas se torcían. La espesura estaba llena de sonidos, y el joven jefe del Gran
Río creía reconocer detrás de cada uno de ellos a los Hombres del Bosque, escondidos tras los árboles, observándolo, espiándolo, pensando si era un enemigo al que habría que atacar o, por el contrario, sería mejor esperar a enterarse de qué es lo que quería.
Un jabalí le salió al paso a Ajdet, pero el joven no se inmutó. Sabía que, si no se le provocaba, el animal no atacaría a alguien más grande que él. El jabalí se quedó observando fijamente a Ajdet, calibrando fuerzas, pero una vez que parecía haber decidido marcharse a otros parajes más tranquilos, una flecha se clavó violentamente en la cabeza del animal, entrando por el ojo y alojándose en su cerebro, causando una muerte instantánea.
Entonces sí, Ajdet desenfundó su espada y dio una vuelta sobre sí mismo. Seguía sin ver a nadie, pero estaba claro que había sido uno de esos hombres del bosque los que habían acabado con el puerco.
De pronto, como si se hubiera materializado como por arte de magia con un leve sonido, uno de ellos apareció tras Adjet, que se volvió hacia él, espada en ristre. Sin embargo, otros cuatro sonidos idénticos al primero hicieron desistir al jefe del Gran Río, que envainó su espada mientras veía al sexto hombre caer grácilmente tras saltar del árbol en que estaba apostado. El sonido que había escuchado Ajdet no era más que el de los pies de los hombres tomando contacto con el suelo. Los salvajes iban prácticamente desnudos, pero su piel estaba decorada por completo con motivos azules y naranjas, que les daba un aspecto feroz y extraño, como de seres de otro mundo.
- Hola, amigos. Quería hablar con vosotros.
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jueves, 18 de agosto de 2011
A.C. (9: Una Nueva Mujer)
La muerte de Gabdo, y el consiguiente vasallaje del pueblo del Valle Bajo enardecieron el espíritu de Ajdet, pero sus ambiciones iban más allá. Durante los últimos años habían ido llegando noticias de que al sur, donde la tierra acababa y sólo a lo lejos se divisaba otra tierra que era objeto de leyendas y fantásticas historias, se estaba formando un gran imperio y el Gran Jefe quería poder hacerle frente si sus ambiciones y las del otro reino se cruzaban.
Lo primero que hizo fue ordenar la construcción de una enorme vivienda nueva para él y su familia, con varias habitaciones, un patio interior y una sala para que el joven Jefe pudiera entrenar sus habilidades con las nuevas espadas de Rutde, amén de mandar levantar una gigantesca muralla de piedras a doscientos pasos del poblado, lo suficiente para permitir el crecimiento entremuros.
- Mañana saldré para hablar con los Hombres del Bosque. Los quiero en mi bando.- le decía Ajdet a Rayma, los dos tendidos sobre el lecho, después de hacer el amor.
- ¡AJDET!- el grito alertó a la pareja, que se levantó y corrió hacia la puerta.
- ¿Qué pasa?- preguntó el jefe, desnudo todavía, en la entrada de su casa.
Hacia ellos llegaba corriendo Sera, con las lágrimas brotando de sus ojos.
- Es Pula, se puso de parto y...
Rayma colocó una túnica sobre Ajdet, para cubrir su desnudez.
- Ve. Te necesitan.
Lo primero que hizo fue ordenar la construcción de una enorme vivienda nueva para él y su familia, con varias habitaciones, un patio interior y una sala para que el joven Jefe pudiera entrenar sus habilidades con las nuevas espadas de Rutde, amén de mandar levantar una gigantesca muralla de piedras a doscientos pasos del poblado, lo suficiente para permitir el crecimiento entremuros.
- Mañana saldré para hablar con los Hombres del Bosque. Los quiero en mi bando.- le decía Ajdet a Rayma, los dos tendidos sobre el lecho, después de hacer el amor.
- ¡AJDET!- el grito alertó a la pareja, que se levantó y corrió hacia la puerta.
- ¿Qué pasa?- preguntó el jefe, desnudo todavía, en la entrada de su casa.
Hacia ellos llegaba corriendo Sera, con las lágrimas brotando de sus ojos.
- Es Pula, se puso de parto y...
Rayma colocó una túnica sobre Ajdet, para cubrir su desnudez.
- Ve. Te necesitan.
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sábado, 13 de agosto de 2011
A.C. (8: Pequeño Ciervo)
Ajdet estaba molesto. Durante años, Ayna había sido simplemente una molestia, un ente extraño que vivía en su misma casa, que le robaba la atención de sus padres y que no servía para nada. Ahora, se había convertido en una mujer, quizás demasiado pronto, porque nada en su cuerpo hacía presagiar el cambio que iba a sufrir en pocos inviernos. Si sus pechos no empezaban a crecer, y sus caderas a redondearse, ningún hombre se interesaría por ella. Por otra parte, tampoco era demasiado guapa, había heredado la nariz aguileña de su padre y su pelo rubio y enmarañado. Ajdet esperaba equivocarse y que alguno de sus convecinos se fijara en su hermana pronto y la sacara de su vida.
- ¡Gran Jefe!- el grito sacó al joven de sus divagaciones. Cuando se volvió, vio un hombre que venía corriendo hacia él. Lo reconoció a la primera: era uno de los hombres que Rocnar se había llevado a la misión. Intentó no ilusionarse hasta recibir una respuesta satisfactoria, pero no pudo evitar ponerse nervioso.
- Lo tenemos.- dijo el recién llegado cuando llegó junto al Jefe, doblándose sobre sí mismo y recuperando la respiración.
- ¡Sí!- Ajdet no pudo evitarlo, el grito salió de lo más profundo de su ser. Con aquello terminaba el vía crucis particular que había mantenido para poder cerrar su control sobre el pueblo del Valle Bajo. Con la sonrisa aún en los labios, tomó el camino hacia la herrería de Rutde. Mientras caminaba, comenzó a recordar.
*****
- ¡Por aquí, Pequeño Ciervo!- Ajdet odiaba que le llamara así. Dentro de unos inviernos, el año que le sacaba su compañero de juegos no se notaría, aunque por el momento, el joven hijo de Agaúr sabía que su amigo podía vencerle sin mucho esfuerzo, así que se resignaba a atender por ese nombre.
El pequeño Ajdet no hacía mucho tiempo, siquiera una estación, que había entrado en la adolescencia, y en su amigo había encontrado un espejo en el que reflejarse fuera del ambiente restrictivo de su familia.
- Es por aquí... reconozco el riachuelo...- dijo el más mayor de los dos.
Desde hacía muchas lunas, tres días después de cada luna llena, los dos amigos corrían casi quince quilómetros para encontrarse con unos de los muchachos de los pueblos de la costa, y éste les contaba las historias que los mercaderes extranjeros le transmitían de tierras lejanas, donde reyes con vestiduras de metal gobernaban pueblos tan grandes que cubrían los cuatro horizontes, y se creaban artefactos sorprendentes, grandes inventos que auguraban una era dorada para los hombres.
- Cuando yo sea Jefe de mi pueblo, crearé un imperio tan grande o más como el de esos reyes. ¿Sabes, Gran Ciervo?- decía Ajdet, casi siempre que enfilaban el camino de vuelta.
En su fuero interno, el otro joven envidiaba al hijo de Agaúr. Tarde o temprano, él llegaría a ser el Gran Jefe de su pueblo. Él no tenía esa suerte, siendo como era de una de las familias peor consideradas en su pueblo.
- Espera un momento, Pequeño Ciervo.- poco a poco, habían ido acercándose a sus pueblos de origen, y ahora estaban cerca del río que los bordeaba.
- ¿Qué pasa?
- Mira.
- ¡Gran Jefe!- el grito sacó al joven de sus divagaciones. Cuando se volvió, vio un hombre que venía corriendo hacia él. Lo reconoció a la primera: era uno de los hombres que Rocnar se había llevado a la misión. Intentó no ilusionarse hasta recibir una respuesta satisfactoria, pero no pudo evitar ponerse nervioso.
- Lo tenemos.- dijo el recién llegado cuando llegó junto al Jefe, doblándose sobre sí mismo y recuperando la respiración.
- ¡Sí!- Ajdet no pudo evitarlo, el grito salió de lo más profundo de su ser. Con aquello terminaba el vía crucis particular que había mantenido para poder cerrar su control sobre el pueblo del Valle Bajo. Con la sonrisa aún en los labios, tomó el camino hacia la herrería de Rutde. Mientras caminaba, comenzó a recordar.
*****
- ¡Por aquí, Pequeño Ciervo!- Ajdet odiaba que le llamara así. Dentro de unos inviernos, el año que le sacaba su compañero de juegos no se notaría, aunque por el momento, el joven hijo de Agaúr sabía que su amigo podía vencerle sin mucho esfuerzo, así que se resignaba a atender por ese nombre.
El pequeño Ajdet no hacía mucho tiempo, siquiera una estación, que había entrado en la adolescencia, y en su amigo había encontrado un espejo en el que reflejarse fuera del ambiente restrictivo de su familia.
- Es por aquí... reconozco el riachuelo...- dijo el más mayor de los dos.
Desde hacía muchas lunas, tres días después de cada luna llena, los dos amigos corrían casi quince quilómetros para encontrarse con unos de los muchachos de los pueblos de la costa, y éste les contaba las historias que los mercaderes extranjeros le transmitían de tierras lejanas, donde reyes con vestiduras de metal gobernaban pueblos tan grandes que cubrían los cuatro horizontes, y se creaban artefactos sorprendentes, grandes inventos que auguraban una era dorada para los hombres.
- Cuando yo sea Jefe de mi pueblo, crearé un imperio tan grande o más como el de esos reyes. ¿Sabes, Gran Ciervo?- decía Ajdet, casi siempre que enfilaban el camino de vuelta.
En su fuero interno, el otro joven envidiaba al hijo de Agaúr. Tarde o temprano, él llegaría a ser el Gran Jefe de su pueblo. Él no tenía esa suerte, siendo como era de una de las familias peor consideradas en su pueblo.
- Espera un momento, Pequeño Ciervo.- poco a poco, habían ido acercándose a sus pueblos de origen, y ahora estaban cerca del río que los bordeaba.
- ¿Qué pasa?
- Mira.
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lunes, 8 de agosto de 2011
A.C. (7: Alguien que me ame)
Los días en el pueblo del Gran Río pasaban lentos. Ajdet intentaba trabajar de sol a sol lo máximo posible para no pensar en la promesa que había hecho a los ancianos del pueblo del Valle Bajo. Una promesa de la que dependía la verdadera conquista del pueblo de Gabdo.
Rutde hacía un par de días que había llegado y se había metido de lleno en la faena de la fabricación de armas de bronce. El cobre y el estaño extraídos de las minas cercanas se convertían en puro arte en las manos del herrero, que se instaló en lo que antes fuera el templo, y pronto el sonido del metal y el calor de la fragua sustituyeron a los cánticos y al aroma a hierbas. Zuyda se había mudado a la primera nueva casa fabricada por los constructores designados por Ajdet, que pronto se convirtió en la casa más transitada por los hombres jóvenes del pueblo.
Ahora, además de ser la curandera del pueblo, Zuyda era también el coño obediente de todos los hombres necesitados de sexo o de los muchachos que buscaban lecciones de cómo complacer a una mujer en la cama. Aunque los más jóvenes duraban más bien poco ante una mujer hecha y derecha como Zuyda, a la chamán le maravillaba la capacidad de recuperación que tenían los adolescentes, con los que podía hacer el amor varias veces en media hora.
*****
La noche había caído sobre el poblado. Sera caminaba con la vista fija en el cielo, donde la Luna había empezado a crecer después de un par de noches de descanso, en las que había dejado el negro cielo completamente huérfano de su luz. Decidió que ya había esperado demasiado tiempo para asegurarse y buscó a Ajdet por el poblado. Los vecinos le dijeron que se había ido a descansar junto con la joven Rayma nada más acabar su cena.
La madre del Jefe sintió un pinchazo en su orgullo. Aunque le encantaba hacer el amor con los dos, ya hacía muchas noches que no follaban madre e hijo solos. Parecía ser que Ajdet había terminado por preferir a la ex-esposa de Gabdo antes que a ella.
- Bien, a ver a quién prefiere después de saber la sorpresa que le tengo preparada a mi hijo.
Rutde hacía un par de días que había llegado y se había metido de lleno en la faena de la fabricación de armas de bronce. El cobre y el estaño extraídos de las minas cercanas se convertían en puro arte en las manos del herrero, que se instaló en lo que antes fuera el templo, y pronto el sonido del metal y el calor de la fragua sustituyeron a los cánticos y al aroma a hierbas. Zuyda se había mudado a la primera nueva casa fabricada por los constructores designados por Ajdet, que pronto se convirtió en la casa más transitada por los hombres jóvenes del pueblo.
Ahora, además de ser la curandera del pueblo, Zuyda era también el coño obediente de todos los hombres necesitados de sexo o de los muchachos que buscaban lecciones de cómo complacer a una mujer en la cama. Aunque los más jóvenes duraban más bien poco ante una mujer hecha y derecha como Zuyda, a la chamán le maravillaba la capacidad de recuperación que tenían los adolescentes, con los que podía hacer el amor varias veces en media hora.
*****
La noche había caído sobre el poblado. Sera caminaba con la vista fija en el cielo, donde la Luna había empezado a crecer después de un par de noches de descanso, en las que había dejado el negro cielo completamente huérfano de su luz. Decidió que ya había esperado demasiado tiempo para asegurarse y buscó a Ajdet por el poblado. Los vecinos le dijeron que se había ido a descansar junto con la joven Rayma nada más acabar su cena.
La madre del Jefe sintió un pinchazo en su orgullo. Aunque le encantaba hacer el amor con los dos, ya hacía muchas noches que no follaban madre e hijo solos. Parecía ser que Ajdet había terminado por preferir a la ex-esposa de Gabdo antes que a ella.
- Bien, a ver a quién prefiere después de saber la sorpresa que le tengo preparada a mi hijo.
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miércoles, 3 de agosto de 2011
A.C. (6: El adiós de los dioses)
La comida iba viento en popa, los vecinos admiraban cada vez más a su líder. Sus ideas, explicadas como sólo Ajdet sabía hacerlo, encandilaban a todos. Seguro que estaba empezando un momento de prosperidad y expansión para el pueblo del Gran Río.
Las dos esposas del Gran Jefe se enorgullecían de su hombre, y lo cubrían de besos y caricias, tanto que hasta el propio Adjet se calentó y buscó con sus dedos la entrepierna de Rayma, que siseó de placer al sentir la sensual caricia, sin importarle que el resto del pueblo le pudiera ver.
- Te recuerdo, Ajdet, que aún debes ofrecerle un sacrificio a los dioses para agradecerles tu puesto y rogarles por un buen futuro.- intervino Zuyda, la chamán del pueblo, interrumpiendo al Jefe y haciendo que el resto de vecinos contuvieran la respiración. Aunque no estaba prohibido llamarlo por su nombre de pila, era de uso común referirse al jefe del poblado como Gran Jefe. Estaba claro que la mujer hubiera preferido que su tío Rocnar hubiera sido el nuevo líder del pueblo, y no ese niñato creído de Ajdet.
- Zuyda, no voy a llevar a cabo ese sacrificio. Los dioses no lo necesitan ni nosotros tampoco.- respondió el joven líder sin alzar la voz.
Un escalofrío de sorpresa recorrió a todos los habitantes, e incluso se llegó a escuchar un gemido de horror de alguna mujer. Ajdet estaba ninguneando a los dioses que los protegían.
La chamán, por su parte, más que sorprenderse, se irritó notablemente. Se levantó violentamente del suelo y la rabia subió a su rostro, enrojeciéndolo. Muchos de los vecinos se alejaron con celeridad tanto de ella como de Ajdet. Si la chamán lanzaba algún encantamiento, no querían resultar ellos salpicados por el mismo. Además, Ajdet también había demostrado, al dominar al toro el día de la prueba, que también él tenía poderes más allá de lo meramente humano. Tan sólo Sera y Rayma se mantuvieron inamovibles, aunque la primera de ellas miraba a su hijo igual de sorprendida que el resto de los vecinos.
Tal vez el recordar la Prueba del Toro fue lo que hizo que Zuyda callara lo que queria gritar y se marchara del círculo donde todos comían o, al menos, lo hacían antes del enfrentamiento.
- Vamos, sentaros, aún queda mucha carne que acabarnos. Comed sin miedo.- intentó calmar los ánimos Ajdet. Sonreía sabiendo que había ganado la primera batalla, aunque, de todas las personas del pueblo, Zuyda era quizás la más peligrosa y difícil de vencer definitivamente.
Las dos esposas del Gran Jefe se enorgullecían de su hombre, y lo cubrían de besos y caricias, tanto que hasta el propio Adjet se calentó y buscó con sus dedos la entrepierna de Rayma, que siseó de placer al sentir la sensual caricia, sin importarle que el resto del pueblo le pudiera ver.
- Te recuerdo, Ajdet, que aún debes ofrecerle un sacrificio a los dioses para agradecerles tu puesto y rogarles por un buen futuro.- intervino Zuyda, la chamán del pueblo, interrumpiendo al Jefe y haciendo que el resto de vecinos contuvieran la respiración. Aunque no estaba prohibido llamarlo por su nombre de pila, era de uso común referirse al jefe del poblado como Gran Jefe. Estaba claro que la mujer hubiera preferido que su tío Rocnar hubiera sido el nuevo líder del pueblo, y no ese niñato creído de Ajdet.
- Zuyda, no voy a llevar a cabo ese sacrificio. Los dioses no lo necesitan ni nosotros tampoco.- respondió el joven líder sin alzar la voz.
Un escalofrío de sorpresa recorrió a todos los habitantes, e incluso se llegó a escuchar un gemido de horror de alguna mujer. Ajdet estaba ninguneando a los dioses que los protegían.
La chamán, por su parte, más que sorprenderse, se irritó notablemente. Se levantó violentamente del suelo y la rabia subió a su rostro, enrojeciéndolo. Muchos de los vecinos se alejaron con celeridad tanto de ella como de Ajdet. Si la chamán lanzaba algún encantamiento, no querían resultar ellos salpicados por el mismo. Además, Ajdet también había demostrado, al dominar al toro el día de la prueba, que también él tenía poderes más allá de lo meramente humano. Tan sólo Sera y Rayma se mantuvieron inamovibles, aunque la primera de ellas miraba a su hijo igual de sorprendida que el resto de los vecinos.
Tal vez el recordar la Prueba del Toro fue lo que hizo que Zuyda callara lo que queria gritar y se marchara del círculo donde todos comían o, al menos, lo hacían antes del enfrentamiento.
- Vamos, sentaros, aún queda mucha carne que acabarnos. Comed sin miedo.- intentó calmar los ánimos Ajdet. Sonreía sabiendo que había ganado la primera batalla, aunque, de todas las personas del pueblo, Zuyda era quizás la más peligrosa y difícil de vencer definitivamente.
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viernes, 29 de julio de 2011
A.C. (5: La Joven Rayma)
- Pero... ¿Cuánto tiempo vais a estar fuera?- Pula acariciaba su vientre hinchado por la pequeña criatura que latía y se movía en su interior.
- No mucho, cariño. Te prometo que cuando nazca el pequeño, ya estaremos aquí de nuevo. Ajdet me ha encomendado esta misión y Lesc y yo hemos de cumplirla.
- Cuida mucho a tu hijo, no dejes que le pase nada y que no haga ninguna estupidez.
- Tranquila Pula. Tu hijo es ya todo un hombre, recuerda que nuestro jefe es más joven incluso que él.
- volved pronto... y a salvo, por favor, sólo os pido eso.
Rocnar sonrió y asintió, no sabía que su mujer tenía un mal presentimiento. Pula no se lo dijo porque sabía que, al ser hija, hermana y tía de las tres últimas chamanes del pueblo, Rocnar se habría tomado muy en serio su corazonada y no quería preocuparlo en demasía.
Por fin, los cuatro guerreros: Rocnar, su hijo, y dos hombres de la confianza del marido de Pula, tomaron el camino hacia el noreste que los alejaba poco a poco del pueblo.
*****
- ¿Quién es esa?- preguntó Sera cuando vio entrar a su hijo seguido de la bella joven.
- vamos, madre, ya somos suficientemente mayores para tener celos infantiles. Que fuera Ayna quien lo dijese...-dijo, señalando a su hermana pequeña.- bien, ¿pero tú?
- No es eso, Adjet, es sólo que...
- mi nombre es Rayma.- interrumpió la joven, con un hilillo de voz.
- ¿Ra... Rayma? ¿La esposa de Gabdo?- se sorprendió Sera.
- No, madre, la ex-esposa de Gabdo. Ahora es esposa mía, igual que tú.
Rayma se extrañó de que la madre del joven fuera también su esposa, pero prefirió no decir nada. Desde que Gabdo había huído, y ella había sido duramente interrogada por sus vecinos para descubrir un paradero que ella desconocía, la joven había hablado sólo lo estrictamente necesario.
A Sera no le sentó nada bien la respuesta de su hijo. Durante años había sido la compañera del Gran Jefe en solitario, bastándose ella sola para cubrir todas las necesidades de Agaúr. Aunque Ajdet fuera mucho más joven que ella, seguía siendo capaz de cuidar sin ayuda a su hombre, a su hijo.
- No pienses en ella como rival, madre, piensa que es una compañera. Una excepcional compañera. Ahora, Ayna, sal fuera a jugar. Tu madre y yo tenemos que curar a Rayma.
- No mucho, cariño. Te prometo que cuando nazca el pequeño, ya estaremos aquí de nuevo. Ajdet me ha encomendado esta misión y Lesc y yo hemos de cumplirla.
- Cuida mucho a tu hijo, no dejes que le pase nada y que no haga ninguna estupidez.
- Tranquila Pula. Tu hijo es ya todo un hombre, recuerda que nuestro jefe es más joven incluso que él.
- volved pronto... y a salvo, por favor, sólo os pido eso.
Rocnar sonrió y asintió, no sabía que su mujer tenía un mal presentimiento. Pula no se lo dijo porque sabía que, al ser hija, hermana y tía de las tres últimas chamanes del pueblo, Rocnar se habría tomado muy en serio su corazonada y no quería preocuparlo en demasía.
Por fin, los cuatro guerreros: Rocnar, su hijo, y dos hombres de la confianza del marido de Pula, tomaron el camino hacia el noreste que los alejaba poco a poco del pueblo.
*****
- ¿Quién es esa?- preguntó Sera cuando vio entrar a su hijo seguido de la bella joven.
- vamos, madre, ya somos suficientemente mayores para tener celos infantiles. Que fuera Ayna quien lo dijese...-dijo, señalando a su hermana pequeña.- bien, ¿pero tú?
- No es eso, Adjet, es sólo que...
- mi nombre es Rayma.- interrumpió la joven, con un hilillo de voz.
- ¿Ra... Rayma? ¿La esposa de Gabdo?- se sorprendió Sera.
- No, madre, la ex-esposa de Gabdo. Ahora es esposa mía, igual que tú.
Rayma se extrañó de que la madre del joven fuera también su esposa, pero prefirió no decir nada. Desde que Gabdo había huído, y ella había sido duramente interrogada por sus vecinos para descubrir un paradero que ella desconocía, la joven había hablado sólo lo estrictamente necesario.
A Sera no le sentó nada bien la respuesta de su hijo. Durante años había sido la compañera del Gran Jefe en solitario, bastándose ella sola para cubrir todas las necesidades de Agaúr. Aunque Ajdet fuera mucho más joven que ella, seguía siendo capaz de cuidar sin ayuda a su hombre, a su hijo.
- No pienses en ella como rival, madre, piensa que es una compañera. Una excepcional compañera. Ahora, Ayna, sal fuera a jugar. Tu madre y yo tenemos que curar a Rayma.
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domingo, 24 de julio de 2011
A.C. (4: El Nuevo Jefe)
El viento, en lo alto de aquel cerro en las afueras del poblado, soplaba con fuerza, alborotando la melena de Ajdet que, desnudo de cintura para arriba, gozaba de esos instantes de paz que precedían al amanecer, cuando el sol comenzaba a bañar suavemente toda la región, sacando de los frondosos bosques, los amplios prados y los campos de cultivo, colores que danzaban en tonos anaranjados, verdosos y amarillentos. Los primeros días de su mandato habían pasado demasiado rápido, entre copiosas comidas y cenas de celebración, intentos de fecundar a su propia madre y reuniones sin importancia pero que habían impedido al joven Jefe actuar de la forma que quería. Hoy, sin embargo, era el día.
El joven Jefe del pueblo dio una vuelta completa sobre sí mismo, observando todo aquello que tenía a su alrededor, contando a su vez los poblados que aparecían diseminados por el paisaje.
Finalmente, Ajdet se fijó en uno sólo de ellos: El más cercano de todos, el pueblo del Valle Bajo. La sonrisa se le borró de la cara y decidió que ya había perdido suficiente tiempo. Su pueblo comenzaría a despertar en esos instantes y él tenia una tarea que llevar a cabo.
*****
Cuando Sera despertó, Ajdet hacía horas que lo había hecho. Palpó el vacío que había dejado junto a ella en el lecho y aspiró los restos de su aroma de hombre. Los recuerdos de las noches anteriores volvieron con violencia a su cabeza, y se mordió el labio inferior al recordar el trabajo que había hecho su hijo con ella. Sí, tal vez estaba mal, ella era su madre y las madres no debían hacer el amor con sus hijos, pero no demasiadas generaciones atrás, sus antepasados vivían los inviernos en cuevas, recluídos en pequeñas comunidades en las que el incesto era moneda común.
Con las imágenes de su hijo cabalgándola, comiéndole el coño, llevándola una y otra vez al orgasmo, Sera comenzó a excitarse. Empezó a reconocerse el cuerpo desnudo por debajo de la piel de animal que hacía las veces de manta, y al llegar a su sexo, no pudo acallar un espontáneo gritito de placer. La respiración se le aceleró, sus pezones se irguieron y lentamente comenzó a frotar la cada vez más húmeda entrada de su sexo. Sus dedos comenzaron a resbalar sobre su clítoris y tuvo que taparse la boca con la mano que le quedaba libre para mitigar los gemidos de placer. Sin ninguna dificultad, Sera coló dos dedos en su mojado interior, y se arqueó de gozo al notarlos dentro, prácticamente patinando sobre sus fluidos.
- ¿Te diviertes sola, madre?
En la entrada de la habitación, apoyado sobre los bloques de adobe que hacían, uno tras otro, la pared, Ajdet observaba a su madre con una mueca divertida en el rostro.
Sera, en lugar de alterarse o avergonzarse, retiró las pieles que la cubrían, mostrando de nuevo a su hijo su cuerpo desnudo.
El joven Jefe del pueblo dio una vuelta completa sobre sí mismo, observando todo aquello que tenía a su alrededor, contando a su vez los poblados que aparecían diseminados por el paisaje.
Finalmente, Ajdet se fijó en uno sólo de ellos: El más cercano de todos, el pueblo del Valle Bajo. La sonrisa se le borró de la cara y decidió que ya había perdido suficiente tiempo. Su pueblo comenzaría a despertar en esos instantes y él tenia una tarea que llevar a cabo.
*****
Cuando Sera despertó, Ajdet hacía horas que lo había hecho. Palpó el vacío que había dejado junto a ella en el lecho y aspiró los restos de su aroma de hombre. Los recuerdos de las noches anteriores volvieron con violencia a su cabeza, y se mordió el labio inferior al recordar el trabajo que había hecho su hijo con ella. Sí, tal vez estaba mal, ella era su madre y las madres no debían hacer el amor con sus hijos, pero no demasiadas generaciones atrás, sus antepasados vivían los inviernos en cuevas, recluídos en pequeñas comunidades en las que el incesto era moneda común.
Con las imágenes de su hijo cabalgándola, comiéndole el coño, llevándola una y otra vez al orgasmo, Sera comenzó a excitarse. Empezó a reconocerse el cuerpo desnudo por debajo de la piel de animal que hacía las veces de manta, y al llegar a su sexo, no pudo acallar un espontáneo gritito de placer. La respiración se le aceleró, sus pezones se irguieron y lentamente comenzó a frotar la cada vez más húmeda entrada de su sexo. Sus dedos comenzaron a resbalar sobre su clítoris y tuvo que taparse la boca con la mano que le quedaba libre para mitigar los gemidos de placer. Sin ninguna dificultad, Sera coló dos dedos en su mojado interior, y se arqueó de gozo al notarlos dentro, prácticamente patinando sobre sus fluidos.
- ¿Te diviertes sola, madre?
En la entrada de la habitación, apoyado sobre los bloques de adobe que hacían, uno tras otro, la pared, Ajdet observaba a su madre con una mueca divertida en el rostro.
Sera, en lugar de alterarse o avergonzarse, retiró las pieles que la cubrían, mostrando de nuevo a su hijo su cuerpo desnudo.
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martes, 19 de julio de 2011
A.C. (3: La Prueba del Toro)
Recostado sobre la pared trasera de una de las casas del poblado, escondido de las miradas indiscretas, el joven no separaba su vista del palo clavado en el suelo. La Prueba no empezaría hasta el mediodía, justo cuando las sombras desaparecían y el Dios Sol castigaba con más violencia la tierra.
Finalmente, la delgada línea negra de la sombra desapareció bajo el palo y un ligero murmullo empezó a llegar a oídos del muchacho proveniente de la plaza central del poblado. Con una sonrisa, agarró la máscara de madera que él mismo había tallado y se la puso para que nadie pudiera reconocerlo.
Cuando llegó a la plaza, la encontró abarrotada de hombres que reían y vociferaban.
La Prueba del Toro había comenzado.
*****
Algunos jóvenes pretendientes que habían venido de pueblos quizá demasiado alejados se marcharon nada más enterarse en qué consistía realmente la Prueba del Toro. Dominar un morlaco que pesaba casi diez veces lo que ellos usando únicamente sus propias manos era demasiado peligroso. Los llegados de pueblos más cercanos o en los que sí que se conocía el funcionamiento de dicha prueba también titubearon un poco al encontrarse cara a cara con el animal. Posiblemente sería el toro más grande que jamás hubieran visto, y también el más agresivo, pero el premio espoleaba a los valientes y a los imprudentes.
La mayoría de los contendientes llevaban cuerpo y cara decorados con sus pinturas de guerra, sabedores de que la lucha iba a ser encarnizada y que cualquier ayuda que tuvieran sería necesaria, fuera la posibilidad de semejar más amenazante frente al toro o, simplemente, cualquier ayuda que los dioses fueran capaces de otorgarles. Sin embargo, nada de eso sirvió a los tres primeros contendientes, que salieron despedidos en pocos segundos, y menos aún al cuarto, que se llevó una cornada en el muslo de la que empezó a brotar sangre que regó el cercado en el que se mantenía al potente animal. Sólo la rápida actuación del resto de los contendientes, que salieron para llamar la atención del toro y sacar al caído de su alcance, consiguieron, junto con los posteriores cuidados de la chamán del pueblo, salvar la vida al valiente.
Los pretendientes iban saliendo derrotados uno tras otro, algunos con peor suerte que otros, como Jalir, del Pueblo del Valle Alto, que recibió una cornada en el pecho y murió antes de que sus compañeros-rivales pudiesen rescatarlo. Entre los que iban quedando, estaba el joven enmascarado que despertaba el recelo de la mayoria del resto de pretendientes, sobre todo el de Rocnar.
- Sería demasiado estúpido, incluso para él, que ese niñato de Gabdo se atreviese a presentarse aquí.- pensaba el guerrero, pero sabía que, en el hipotético caso de que Gabdo fuera capaz de derrotar al toro, el joven líder del pueblo del Valle Bajo vencería la guerra sin necesidad de derramar una sola gota de sangre más.
Tal vez esa posibilidad fue la que empujó a Rocnar a no perder más tiempo y lanzarse a por el bovino.
Finalmente, la delgada línea negra de la sombra desapareció bajo el palo y un ligero murmullo empezó a llegar a oídos del muchacho proveniente de la plaza central del poblado. Con una sonrisa, agarró la máscara de madera que él mismo había tallado y se la puso para que nadie pudiera reconocerlo.
Cuando llegó a la plaza, la encontró abarrotada de hombres que reían y vociferaban.
La Prueba del Toro había comenzado.
*****
Algunos jóvenes pretendientes que habían venido de pueblos quizá demasiado alejados se marcharon nada más enterarse en qué consistía realmente la Prueba del Toro. Dominar un morlaco que pesaba casi diez veces lo que ellos usando únicamente sus propias manos era demasiado peligroso. Los llegados de pueblos más cercanos o en los que sí que se conocía el funcionamiento de dicha prueba también titubearon un poco al encontrarse cara a cara con el animal. Posiblemente sería el toro más grande que jamás hubieran visto, y también el más agresivo, pero el premio espoleaba a los valientes y a los imprudentes.
La mayoría de los contendientes llevaban cuerpo y cara decorados con sus pinturas de guerra, sabedores de que la lucha iba a ser encarnizada y que cualquier ayuda que tuvieran sería necesaria, fuera la posibilidad de semejar más amenazante frente al toro o, simplemente, cualquier ayuda que los dioses fueran capaces de otorgarles. Sin embargo, nada de eso sirvió a los tres primeros contendientes, que salieron despedidos en pocos segundos, y menos aún al cuarto, que se llevó una cornada en el muslo de la que empezó a brotar sangre que regó el cercado en el que se mantenía al potente animal. Sólo la rápida actuación del resto de los contendientes, que salieron para llamar la atención del toro y sacar al caído de su alcance, consiguieron, junto con los posteriores cuidados de la chamán del pueblo, salvar la vida al valiente.
Los pretendientes iban saliendo derrotados uno tras otro, algunos con peor suerte que otros, como Jalir, del Pueblo del Valle Alto, que recibió una cornada en el pecho y murió antes de que sus compañeros-rivales pudiesen rescatarlo. Entre los que iban quedando, estaba el joven enmascarado que despertaba el recelo de la mayoria del resto de pretendientes, sobre todo el de Rocnar.
- Sería demasiado estúpido, incluso para él, que ese niñato de Gabdo se atreviese a presentarse aquí.- pensaba el guerrero, pero sabía que, en el hipotético caso de que Gabdo fuera capaz de derrotar al toro, el joven líder del pueblo del Valle Bajo vencería la guerra sin necesidad de derramar una sola gota de sangre más.
Tal vez esa posibilidad fue la que empujó a Rocnar a no perder más tiempo y lanzarse a por el bovino.
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sábado, 16 de julio de 2011
A.C. (2: La viuda)
Sera supo que algo había ido mal desde el momento en que vio la columna de humo manchar el cielo. Los cadáveres de uno de los dos bandos ardían en la hoguera, llenando el viento del asqueroso aroma de aceites, tela y carne quemados que la esposa del Gran Jefe conocía bien a pesar de llevar muchos inviernos sin oler.
Quemar los cadáveres de los enemigos caídos significaba que su bando había despertado un odio atroz contra el rival. Sólo así se entendía que el vencedor negara a los muertos un lugar digno donde sus familias pudieran llorarlos.
- No han jugado limpio.- musitó Sera, más para sí misma que para el resto de las mujeres que la acompañaban en el centro del poblado.
Imaginaba, y estaba segura de ello, que los cádaveres quemados pertenecían al pueblo de Gabdo, a sabiendas de que su marido no hubiera permitido a los suyos una lucha deshonrosa, aunque a pesar de todo, en ningún momento pensó que Agaúr, el Gran Agaúr, podía haber caído. Por eso, cuando vio aparecer a Rocnar encabezando el grupo de guerreros, en el lugar que estaba reservado para el cabecilla de los soldados, y portando sobre sus hombros un cadáver ensangrentado, algo dentro de ella se rompió. La angustia le hizo un nudo en la garganta y cayó de rodillas al suelo, mientras sus ojos se empezaban a llenar de lágrimas de pena y rabia. ¿Cómo? ¿Cómo alguien como el niñato de Gabdo podía haber acabado con su poderoso marido?
- No llores, madre -le dijo su joven hijo Ajdet.- ahora dependemos de ti.
Parecía que Ajdet también había visto el humo elevarse al cielo y había llegado corriendo al centro del poblado para esperar el regreso de los guerreros. El joven estaba sudando y tenía sus ojos, vidriosos, clavados en los hombres que volvían, abatidos como sólo pueden estarlo los que han visto morir a su héroe.
Quemar los cadáveres de los enemigos caídos significaba que su bando había despertado un odio atroz contra el rival. Sólo así se entendía que el vencedor negara a los muertos un lugar digno donde sus familias pudieran llorarlos.
- No han jugado limpio.- musitó Sera, más para sí misma que para el resto de las mujeres que la acompañaban en el centro del poblado.
Imaginaba, y estaba segura de ello, que los cádaveres quemados pertenecían al pueblo de Gabdo, a sabiendas de que su marido no hubiera permitido a los suyos una lucha deshonrosa, aunque a pesar de todo, en ningún momento pensó que Agaúr, el Gran Agaúr, podía haber caído. Por eso, cuando vio aparecer a Rocnar encabezando el grupo de guerreros, en el lugar que estaba reservado para el cabecilla de los soldados, y portando sobre sus hombros un cadáver ensangrentado, algo dentro de ella se rompió. La angustia le hizo un nudo en la garganta y cayó de rodillas al suelo, mientras sus ojos se empezaban a llenar de lágrimas de pena y rabia. ¿Cómo? ¿Cómo alguien como el niñato de Gabdo podía haber acabado con su poderoso marido?
- No llores, madre -le dijo su joven hijo Ajdet.- ahora dependemos de ti.
Parecía que Ajdet también había visto el humo elevarse al cielo y había llegado corriendo al centro del poblado para esperar el regreso de los guerreros. El joven estaba sudando y tenía sus ojos, vidriosos, clavados en los hombres que volvían, abatidos como sólo pueden estarlo los que han visto morir a su héroe.
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sábado, 9 de julio de 2011
A.C. (Capítulo Uno: El Gran Jefe)
El Gran Jefe Agaúr volvió a golpear. Y otra vez. Y otra. Y otra. Sus brazos parecían nadar en rojo, cubiertos como estaban por completo de la sangre de sus enemigos. Después de 53 heridas, 8 de ellas mortales, estaba harto de hacer morder el polvo a esos jóvenes casi imberbes con los que Gabdo se había presentado a la batalla. Aquello era prácticamente un suicidio.
Un suicidio y una falta de respeto.
La batalla estaba decidida. Estaba decidida casi desde el inicio, cuando Agaúr tumbó a un enemigo de un solo puñetazo con su brazo izquierdo mientras ensartaba a otro con la lanza de la mano derecha. Dos enemigos en un segundo. Incluso Rocnar, que llevaba años siendo su mano derecha, su mejor amigo y el único hombre que podía hacerle sombra luchando, había tenido que alabar tremenda demostración de fuerza y destreza. Ahora, tanto el grupo comandado por Rocnar como el que llevaba Agaúr (dividir en dos grupos las fuerzas había sido un acierto, sus hombres se coordinaban mejor en grupos pequeños), iban avanzando casi sin resistencia hacia los últimos guerreros de Gabdo.
Gabdo había heredado el mandato del Poblado del Valle Bajo al morir su suegro, sólo dos lunas después de haberse casado con Rayma, la hija mayor del antiguo Jefe. Toda una suerte para el muchacho. Mala suerte, pero suerte al fin y al cabo. Las relaciones entre los pueblos habían sido tensas durante generaciones y al final la guerra había terminado por estallar.
En cambio, Agaúr llevaba casi veinte inviernos al mando de la gente del Gran Río. Cuando Arald, su padre, le coronó, Agaúr no era más que un joven recién entrado en la madurez, pero Arald sufría una enfermedad (o una maldición como muchos quisieron creer), que le debilitaba cada vez a mayor velocidad, ya había perdido la fuerza de sus manos y estaba aquejado de incontrolables temblores. Quizá fue eso lo que precipitó la coronación de Agaúr. Pronto, en dos inviernos más, su hijo Ajeto tendría la misma edad que él cuando llegó al mando y podría empezar a delegar responsabilidades en el joven. Pero, mientras tanto, era sólo un niño que le esperaba en casa.
Pensar en su padre y en la imagen de su hijo aguardándole, imbuyó a Agaúr de nuevas fuerzas. Pudo reconocer el rostro de Gabdo entre sus hombres y avanzó hacia él a grandes pasos. Gabdo no rehuyó el encuentro; consideraba a Agaúr un viejo decrépito y confiaba en su fuerza juvenil contra la mayor experiencia de su rival. Las piedras de sus armas cortas chocaron. El joven Jefe del Pueblo del Valle cayó al suelo, sorprendido por la mayor fuerza de Agaúr, que rió y permitió que se levantara para seguir luchando.
Gabdo atacó y Agaúr repelió todos y cada uno de los envites sin dificultad. Sólo entonces entendió el más joven de los dos hasta dónde llegaba la fuerza del Gran Jefe del Pueblo del Gran Río. Gabdo intentó hacer valer su rapidez, pero Agaúr parecía prever sus movimientos. Así, repelió un nuevo ataque del joven y aprovechó para atacarle el hombro. El lacerante dolor hizo a Gabdo soltar el arma y Agaúr se enfureció. ¿Cómo podía un inútil así, alguien que es incapaz de mantener su arma en la mano, pensar que podría vencer a los guerreros del Pueblo del Gran Río? Finalmente, el Jefe empujó con la pierna a su rival, que cayó al suelo, y alzó su lanza para acabar con su rival desarmado.
No pudo. Lo que iba a ser el poderoso grito de guerra del Gran Jefe, se convirtió en una bocanada de sangre que brotó de su boca. Del pecho de Agaúr asomaba la punta de una gruesa flecha de madera.
- Co...bar...des...- Musitó Agaúr entre la nube sanguinolenta que escupían sus labios.
- ¡AGAÚR!- Rocnar había visto cómo la flecha se clavaba en el cuerpo de su Jefe, y buscó con la mirada al tirador. Alguien se movía entre los árboles, perdiéndose en la espesura.
Un suicidio y una falta de respeto.
La batalla estaba decidida. Estaba decidida casi desde el inicio, cuando Agaúr tumbó a un enemigo de un solo puñetazo con su brazo izquierdo mientras ensartaba a otro con la lanza de la mano derecha. Dos enemigos en un segundo. Incluso Rocnar, que llevaba años siendo su mano derecha, su mejor amigo y el único hombre que podía hacerle sombra luchando, había tenido que alabar tremenda demostración de fuerza y destreza. Ahora, tanto el grupo comandado por Rocnar como el que llevaba Agaúr (dividir en dos grupos las fuerzas había sido un acierto, sus hombres se coordinaban mejor en grupos pequeños), iban avanzando casi sin resistencia hacia los últimos guerreros de Gabdo.
Gabdo había heredado el mandato del Poblado del Valle Bajo al morir su suegro, sólo dos lunas después de haberse casado con Rayma, la hija mayor del antiguo Jefe. Toda una suerte para el muchacho. Mala suerte, pero suerte al fin y al cabo. Las relaciones entre los pueblos habían sido tensas durante generaciones y al final la guerra había terminado por estallar.
En cambio, Agaúr llevaba casi veinte inviernos al mando de la gente del Gran Río. Cuando Arald, su padre, le coronó, Agaúr no era más que un joven recién entrado en la madurez, pero Arald sufría una enfermedad (o una maldición como muchos quisieron creer), que le debilitaba cada vez a mayor velocidad, ya había perdido la fuerza de sus manos y estaba aquejado de incontrolables temblores. Quizá fue eso lo que precipitó la coronación de Agaúr. Pronto, en dos inviernos más, su hijo Ajeto tendría la misma edad que él cuando llegó al mando y podría empezar a delegar responsabilidades en el joven. Pero, mientras tanto, era sólo un niño que le esperaba en casa.
Pensar en su padre y en la imagen de su hijo aguardándole, imbuyó a Agaúr de nuevas fuerzas. Pudo reconocer el rostro de Gabdo entre sus hombres y avanzó hacia él a grandes pasos. Gabdo no rehuyó el encuentro; consideraba a Agaúr un viejo decrépito y confiaba en su fuerza juvenil contra la mayor experiencia de su rival. Las piedras de sus armas cortas chocaron. El joven Jefe del Pueblo del Valle cayó al suelo, sorprendido por la mayor fuerza de Agaúr, que rió y permitió que se levantara para seguir luchando.
Gabdo atacó y Agaúr repelió todos y cada uno de los envites sin dificultad. Sólo entonces entendió el más joven de los dos hasta dónde llegaba la fuerza del Gran Jefe del Pueblo del Gran Río. Gabdo intentó hacer valer su rapidez, pero Agaúr parecía prever sus movimientos. Así, repelió un nuevo ataque del joven y aprovechó para atacarle el hombro. El lacerante dolor hizo a Gabdo soltar el arma y Agaúr se enfureció. ¿Cómo podía un inútil así, alguien que es incapaz de mantener su arma en la mano, pensar que podría vencer a los guerreros del Pueblo del Gran Río? Finalmente, el Jefe empujó con la pierna a su rival, que cayó al suelo, y alzó su lanza para acabar con su rival desarmado.
No pudo. Lo que iba a ser el poderoso grito de guerra del Gran Jefe, se convirtió en una bocanada de sangre que brotó de su boca. Del pecho de Agaúr asomaba la punta de una gruesa flecha de madera.
- Co...bar...des...- Musitó Agaúr entre la nube sanguinolenta que escupían sus labios.
- ¡AGAÚR!- Rocnar había visto cómo la flecha se clavaba en el cuerpo de su Jefe, y buscó con la mirada al tirador. Alguien se movía entre los árboles, perdiéndose en la espesura.
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martes, 7 de junio de 2011
Noche de suerte
Seis y media de la tarde, última silla del rincón más oscuro del tugurio más sórdido de la ciudad más bizarra, una cerveza sobre la mesa y los errores cometidos repitiéndose una y otra vez en mi cabeza.
- ¡Nacho! ¡Otra!- grité sin separar la vista de la foto que tenía en la mano. En ella, una chica rubia, guapa y alegre besaba la mejilla de un hombre parecido a mí. Un hombre que no tenía mi barba descuidada de una semana, ni el pelo grasiento y despeinado como yo, ni ojeras bajo los ojos, ni esa palidez insana que me había dado el comer mal durante los últimos siete días. Pero la mayor diferencia estaba en la sonrisa: Él sonreía. Yo no lo hacía desde que esa misma chica rubia, guapa y alegre me había abandonado una semana atrás, y me había ido convirtiendo del joven vivaz de la foto, en la sombra triste que era en ese instante. Por si fuera poco, una nueva entrevista de trabajo había acabado ese día con otro “Le llamaremos” de los que nunca se cumplían y yo empezaba a estar harto de todo.
La puerta del garito se abrió. Las últimas luces anaranjadas de la tarde se colaron por el hueco enmarcando una enorme silueta que me hizo estremecer.
- ¿Mecheros, papel?- dijo el recién entrado, con un marcado acento.
- Otro puto negro que intenta vender esa mierda de baratijas.- Maldije en voz baja mientras el enorme vendedor se acercaba. En su mirada se podía adivinar cierta petición de ayuda, una desesperación sorda y apagada de que alguien le comprara algo para que su familia pudiera comer esa noche, pero no era mi problema. Al menos no lo era hasta que se volvió hacia mí y su mirada se transformó. Ya no había rastro de ese patetismo.
- Tú seguro que necesitas algo.- Dijo el negro, mirándome fijamente a la cara. Podría superar fácilmente el metro noventa de estatura, y el blanco de sus ojos contrastaba demasiado con la oscuridad de su rostro.
- ¡Nacho! ¡Otra!- grité sin separar la vista de la foto que tenía en la mano. En ella, una chica rubia, guapa y alegre besaba la mejilla de un hombre parecido a mí. Un hombre que no tenía mi barba descuidada de una semana, ni el pelo grasiento y despeinado como yo, ni ojeras bajo los ojos, ni esa palidez insana que me había dado el comer mal durante los últimos siete días. Pero la mayor diferencia estaba en la sonrisa: Él sonreía. Yo no lo hacía desde que esa misma chica rubia, guapa y alegre me había abandonado una semana atrás, y me había ido convirtiendo del joven vivaz de la foto, en la sombra triste que era en ese instante. Por si fuera poco, una nueva entrevista de trabajo había acabado ese día con otro “Le llamaremos” de los que nunca se cumplían y yo empezaba a estar harto de todo.
La puerta del garito se abrió. Las últimas luces anaranjadas de la tarde se colaron por el hueco enmarcando una enorme silueta que me hizo estremecer.
- ¿Mecheros, papel?- dijo el recién entrado, con un marcado acento.
- Otro puto negro que intenta vender esa mierda de baratijas.- Maldije en voz baja mientras el enorme vendedor se acercaba. En su mirada se podía adivinar cierta petición de ayuda, una desesperación sorda y apagada de que alguien le comprara algo para que su familia pudiera comer esa noche, pero no era mi problema. Al menos no lo era hasta que se volvió hacia mí y su mirada se transformó. Ya no había rastro de ese patetismo.
- Tú seguro que necesitas algo.- Dijo el negro, mirándome fijamente a la cara. Podría superar fácilmente el metro noventa de estatura, y el blanco de sus ojos contrastaba demasiado con la oscuridad de su rostro.
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Fantasías Eróticas,
Hetero:General,
Tríos
jueves, 13 de enero de 2011
Sola
Doña Isabel Salazar, señora de Martínez, treinta y nueve años que parecen diez menos a base de bisturí y escalpelo, despierta entre las sábanas de seda de su lecho marital.
Y está sola.
Está sola porque los pensamientos, por muchos e intensos que sean, no son compañía válida. Al menos no en la mañana de un sábado cualquiera, cuando los comercios menos activos cierran, el sol brilla en lo alto, y el tiempo invita a dar un paseo por el parque o el club de golf del brazo de la persona amada y con los hijos correteando alrededor.
Pero Doña Isabel Salazar de Martínez, a quien, al menos durante esta historia, llamaré simplemente Isabel, no porque la pobre mujer rica no merezca apellidos ni epítetos, que los merece porque mucho ha sacrificado para tenerlos, sino por una simple economía de palabras que algunos lectores seguro agradecen. Pero Isabel, como decía, no tiene a sus hijos cerca, estando éstos en un internado a muchos, muchos quilómetros de la lujosa urbanización donde vive ella con su marido. Y tampoco podríamos llamar a su marido “persona amada”, al menos no desde hace muchos años, por lo que a Isabel no le queda más remedio que levantarse y tumbarse en la piscina o ver la televisión mientras el reloj corre, pasatiempo este último que no entiende de clases.
Cuando Isabel, al incorporarse, ve la visa de su marido encima de la mesa, junto a una nota que dice: “Cómprate algo bonito. Te quiero”, y tiene ganas de gritar. Gritar alto, muy alto, hasta que su grito se eleve al cielo, viaje por toda la ciudad y perfore las ventanas del hotel donde, seguramente, su marido esté follándose a su secretaria porque eso es lo que realmente significa esa nota. Cuánto desearía que al menos por una vez, ese cabrón tuviera el valor de ponerle en una de esas notitas la pura y dura verdad: “Isabel, tengo remordimientos porque cuando despiertes seguramente estaré trajinándome a mi secretaria, así que te dejo la tarjeta de crédito para que mates mi culpa haciendo una de esas compras impulsivas tuyas que dejan temblando la cuenta corriente.”
Pero Isabel no grita. Con el tiempo ha aprendido a callárselo todo, a guardarse los gritos y las emociones bien hondo, que no es propio de una dama de alta alcurnia andar gritando como una loca ni montar el espectáculo por muy justificado que esté.
La mujer se levanta de la cama completamente desnuda tal y como se acostó, esperando inocentemente que su marido, al llegar, la despertara y le diera un poco de ese amor que va esparciendo entre sus amantes. Camina ella hacia el cuarto de baño y, al pasar frente al primoroso espejo, observa su cuerpo.
Su cara, limpia de cualquier arruga de la edad. Sus pechos, enormes pechos que bien costaron su peso en oro, hasta ponerlos al tamaño que su marido quería. Y digo bien, “costaron”, porque valer, la verdad es que han valido para bien poco. Sigue su despistado paseo por su cuerpo y llega al vientre. “¿Hoy que tocan, otras dos horas de aerobic en el gimnasio para estar radiante para tu marido?” piensa, con un amago de sonrisa cínica. Su sexo es un sexo más, cubierto de un vello púbico espeso y rizado como tantos otros, pero tal vez hambriento como ninguno. Se coloca de perfil para ver que el aeróbic también hace efecto en sus glúteos. Finalmente, observa sus piernas. Las tensa y ve perfilarse los músculos en ella. No muy marcados, es verdad, pero llenos de energía malgastada. Sin más, sacude la cabeza, esconde una lágrima y se mete en la ducha-hidromasaje del baño.
Con el tiempo, ha aprendido a controlar los chorros de agua. Isabel cierra los ojos y sonríe cuando dirige uno entre los labios de su sexo.
Y está sola.
Está sola porque los pensamientos, por muchos e intensos que sean, no son compañía válida. Al menos no en la mañana de un sábado cualquiera, cuando los comercios menos activos cierran, el sol brilla en lo alto, y el tiempo invita a dar un paseo por el parque o el club de golf del brazo de la persona amada y con los hijos correteando alrededor.
Pero Doña Isabel Salazar de Martínez, a quien, al menos durante esta historia, llamaré simplemente Isabel, no porque la pobre mujer rica no merezca apellidos ni epítetos, que los merece porque mucho ha sacrificado para tenerlos, sino por una simple economía de palabras que algunos lectores seguro agradecen. Pero Isabel, como decía, no tiene a sus hijos cerca, estando éstos en un internado a muchos, muchos quilómetros de la lujosa urbanización donde vive ella con su marido. Y tampoco podríamos llamar a su marido “persona amada”, al menos no desde hace muchos años, por lo que a Isabel no le queda más remedio que levantarse y tumbarse en la piscina o ver la televisión mientras el reloj corre, pasatiempo este último que no entiende de clases.
Cuando Isabel, al incorporarse, ve la visa de su marido encima de la mesa, junto a una nota que dice: “Cómprate algo bonito. Te quiero”, y tiene ganas de gritar. Gritar alto, muy alto, hasta que su grito se eleve al cielo, viaje por toda la ciudad y perfore las ventanas del hotel donde, seguramente, su marido esté follándose a su secretaria porque eso es lo que realmente significa esa nota. Cuánto desearía que al menos por una vez, ese cabrón tuviera el valor de ponerle en una de esas notitas la pura y dura verdad: “Isabel, tengo remordimientos porque cuando despiertes seguramente estaré trajinándome a mi secretaria, así que te dejo la tarjeta de crédito para que mates mi culpa haciendo una de esas compras impulsivas tuyas que dejan temblando la cuenta corriente.”
Pero Isabel no grita. Con el tiempo ha aprendido a callárselo todo, a guardarse los gritos y las emociones bien hondo, que no es propio de una dama de alta alcurnia andar gritando como una loca ni montar el espectáculo por muy justificado que esté.
La mujer se levanta de la cama completamente desnuda tal y como se acostó, esperando inocentemente que su marido, al llegar, la despertara y le diera un poco de ese amor que va esparciendo entre sus amantes. Camina ella hacia el cuarto de baño y, al pasar frente al primoroso espejo, observa su cuerpo.
Su cara, limpia de cualquier arruga de la edad. Sus pechos, enormes pechos que bien costaron su peso en oro, hasta ponerlos al tamaño que su marido quería. Y digo bien, “costaron”, porque valer, la verdad es que han valido para bien poco. Sigue su despistado paseo por su cuerpo y llega al vientre. “¿Hoy que tocan, otras dos horas de aerobic en el gimnasio para estar radiante para tu marido?” piensa, con un amago de sonrisa cínica. Su sexo es un sexo más, cubierto de un vello púbico espeso y rizado como tantos otros, pero tal vez hambriento como ninguno. Se coloca de perfil para ver que el aeróbic también hace efecto en sus glúteos. Finalmente, observa sus piernas. Las tensa y ve perfilarse los músculos en ella. No muy marcados, es verdad, pero llenos de energía malgastada. Sin más, sacude la cabeza, esconde una lágrima y se mete en la ducha-hidromasaje del baño.
Con el tiempo, ha aprendido a controlar los chorros de agua. Isabel cierra los ojos y sonríe cuando dirige uno entre los labios de su sexo.
Categoría:
Hetero:General,
Infidelidad
viernes, 12 de noviembre de 2010
La chica juguete
Sus uñas se clavan en la zona superior de mi espalda, justo debajo de mi hombro, hasta hacerme sangrar. Ocho líneas de sangre, cuatro por lado, me abren la piel mientras grito de dolor.
Entonces, me corro en su interior.
- Joder, Carmen, te has pasado.- Siseo cuando me toco las heridas del hombro izquierdo con las yemas de la mano contraria, el escozor aún durará horas, como siempre.- ¿No habíamos quedado en que no me ibas a dejar más marcas?
Carmen no contesta, simplemente sonríe con cierto desprecio aristocrático mientras observa que todas sus uñas estén en su sitio. Odio cuando trata de ignorarme, como si los casi quince años que me saca le otorgaran el poder para hacerlo sin que yo pudiera protestar.
- No. Eso lo dijiste tú. Yo jamás lo acepté.- me responde, volviéndose hacia la mesita y cogiendo un cigarrillo.
- ¿No me vas a dar uno?- pregunto, irritado. Las heridas del hombro escuecen aún.
- cómprate.- contesta, sin dignarse siquiera a mirarme y exhalando una bocanada de humo que se eleva por la habitación.
- Que te follen.- Me inclino sobre ella para llegar al paquete de "Fortuna" que yace sobre la mesita, robándole un par de cigarrillos. Me enciendo uno y dejo el otro en la mesita que hay en mi lado de la cama.
No puedo negar que el sexo con Carmen es genial, tal vez eso sea lo que me lleva a volver una y otra vez a su casa, pero fuera de la cama ni siquiera nos soportamos.
- Ay, cariño. Me empiezas a aburrir.- me suelta desganadamente.
Como única respuesta suelto un soplido mientras busco en mis pantalones, tirados al borde de la cama, un mechero con que encenderme el pitillo.
En cuanto me acabo el cigarro, me visto, cojo el otro para colocármelo sobre la oreja, y me voy de la habitación.
Sinceramente, no sé si acostarse con Carmen es una bendición o una maldición.
Obviamente no todos mis compañeros de facultad pueden presumir de follarse a una mujer de treinta y cinco años, inteligente y más puta que las gallinas, pero tal vez no sea algo de lo que presumir una vez que conoces las consecuencias. No soy para Carmen más que un entretenimiento pasajero, alguien que la hace sudar y llegar al orgasmo sin tener que esperar nada más después. Esa mujer me usa, me utiliza como si fuera un pañuelo desechable y luego me tira. Al menos hasta que le vuelve a picar la entrepierna.
Pero en fin. Los dos sabemos los límites de nuestra relación y, tal vez por eso, sea una relación irrompible mientras ninguno se salte las reglas. Ella no lo va a hacer, porque para algo fue ella quien las puso, y yo… yo me conformo con esos encuentros esporádicos porque significan un polvo seguro y siempre bestial.
Como ya habréis podido imaginar, no soy un romántico. Nunca lo he sido. Más bien al contrario, desde el instituto tengo una extensa fama de rompecorazones. No es culpa mía, o al menos no del todo. Las mujeres me suelen aburrir al cabo de una semana, aunque Carmen es distinta. No es como esas mojigatas de mi edad que siguen a la búsqueda de un príncipe azul, ella sabe lo que quiere y yo se lo doy. Luego, cada uno sigue con su vida. Sinceramente, los dos hemos tenido suerte. Yo, de encontrar a una mujer mayor con la que he aprendido más cosas de las que creí posible aprender sobre una cama. Ella, de encontrar un chico joven, vigoroso, y que jamás se va a enamorar de ella.
Sin embargo, de un tiempo a esta parte, ya no recibo los mensajes de Carmen con la misma ilusión. Puede ser que, con el tiempo, me esté empezando a aburrir de ella, y creo que el sentimiento es mutuo. Tal vez sea hora de buscar calor en otro sitio.
Pero es que folla tan bien…
Entonces, me corro en su interior.
- Joder, Carmen, te has pasado.- Siseo cuando me toco las heridas del hombro izquierdo con las yemas de la mano contraria, el escozor aún durará horas, como siempre.- ¿No habíamos quedado en que no me ibas a dejar más marcas?
Carmen no contesta, simplemente sonríe con cierto desprecio aristocrático mientras observa que todas sus uñas estén en su sitio. Odio cuando trata de ignorarme, como si los casi quince años que me saca le otorgaran el poder para hacerlo sin que yo pudiera protestar.
- No. Eso lo dijiste tú. Yo jamás lo acepté.- me responde, volviéndose hacia la mesita y cogiendo un cigarrillo.
- ¿No me vas a dar uno?- pregunto, irritado. Las heridas del hombro escuecen aún.
- cómprate.- contesta, sin dignarse siquiera a mirarme y exhalando una bocanada de humo que se eleva por la habitación.
- Que te follen.- Me inclino sobre ella para llegar al paquete de "Fortuna" que yace sobre la mesita, robándole un par de cigarrillos. Me enciendo uno y dejo el otro en la mesita que hay en mi lado de la cama.
No puedo negar que el sexo con Carmen es genial, tal vez eso sea lo que me lleva a volver una y otra vez a su casa, pero fuera de la cama ni siquiera nos soportamos.
- Ay, cariño. Me empiezas a aburrir.- me suelta desganadamente.
Como única respuesta suelto un soplido mientras busco en mis pantalones, tirados al borde de la cama, un mechero con que encenderme el pitillo.
En cuanto me acabo el cigarro, me visto, cojo el otro para colocármelo sobre la oreja, y me voy de la habitación.
Sinceramente, no sé si acostarse con Carmen es una bendición o una maldición.
Obviamente no todos mis compañeros de facultad pueden presumir de follarse a una mujer de treinta y cinco años, inteligente y más puta que las gallinas, pero tal vez no sea algo de lo que presumir una vez que conoces las consecuencias. No soy para Carmen más que un entretenimiento pasajero, alguien que la hace sudar y llegar al orgasmo sin tener que esperar nada más después. Esa mujer me usa, me utiliza como si fuera un pañuelo desechable y luego me tira. Al menos hasta que le vuelve a picar la entrepierna.
Pero en fin. Los dos sabemos los límites de nuestra relación y, tal vez por eso, sea una relación irrompible mientras ninguno se salte las reglas. Ella no lo va a hacer, porque para algo fue ella quien las puso, y yo… yo me conformo con esos encuentros esporádicos porque significan un polvo seguro y siempre bestial.
Como ya habréis podido imaginar, no soy un romántico. Nunca lo he sido. Más bien al contrario, desde el instituto tengo una extensa fama de rompecorazones. No es culpa mía, o al menos no del todo. Las mujeres me suelen aburrir al cabo de una semana, aunque Carmen es distinta. No es como esas mojigatas de mi edad que siguen a la búsqueda de un príncipe azul, ella sabe lo que quiere y yo se lo doy. Luego, cada uno sigue con su vida. Sinceramente, los dos hemos tenido suerte. Yo, de encontrar a una mujer mayor con la que he aprendido más cosas de las que creí posible aprender sobre una cama. Ella, de encontrar un chico joven, vigoroso, y que jamás se va a enamorar de ella.
Sin embargo, de un tiempo a esta parte, ya no recibo los mensajes de Carmen con la misma ilusión. Puede ser que, con el tiempo, me esté empezando a aburrir de ella, y creo que el sentimiento es mutuo. Tal vez sea hora de buscar calor en otro sitio.
Pero es que folla tan bien…
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Hetero:General,
Lésbicos,
Tríos
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