sábado, 1 de agosto de 2015

Fotos de mi puta (3): Joven junto a mujer de pueblo

2015
Miro con detenimiento una de las pocas fotografías en las que Marisa aparece vestida y en la calle. Ella, abrazada a su tía Jacinta, sonríe a la cámara mientras, al fondo, aguarda el autobús que alejaría a ambas para siempre, puesto que después del entierro de los padres de mi alumna, ni Jacinta volvió a interesarse por Marisa, ni la joven quiso volver a saber nada más de “aquella pueblerina que la desnudaba con la mirada”. En la foto, Marisa viste un grueso abrigo desabrochado por cuya abertura se divisa el suéter y el escote que insinúa sus pequeños senos. La bufanda, el gorro y unos pantalones largos completan su invernal atuendo. Jacinta, en cambio, lleva una simple camisa vieja y una falda de tubo que esconden sus irreconocibles formas, si bien es cierto que su complexión no es muy dada a las curvas, sino que más bien tiende al cuadrado con sus anchos hombros y sus caderonas rectas. Sus ojos se desvían hacia su sobrina sin prestar atención ninguna al objetivo de la cámara.

domingo, 26 de julio de 2015

Fotos de mi puta (2): Adolescente dormida y desnuda

2015
Imaginarme de nuevo a Marisa masturbándose ha hecho despertar viejas sensaciones en mi cuerpo. Se me ha acelerado la respiración y la boca se me ha secado. Parece una tontería, habida cuenta de todo lo que hicimos después de aquello, pero aún ahora, al recordar esa noche, mi cuerpo responde como si fuera aún aquel entonces.
Suspiro y dejo de nuevo la primera foto de Marisa en la mesa, junto a las demás. Sin embargo, no es como las demás. Esa primera foto, para mí, es tan especial entre las otras como la propia Marisa lo es entre las demás mujeres que he conocido a lo largo de la vida. Ninguna puede siquiera acercarse a lo que ha significado mi alumna durante los años que la tuve a mi lado.
Me preparo otro vaso de Chivas y me enciendo un cigarrillo. El fulgor de la llama del mechero lo tinta todo de un tono naranja, sobreponiéndose a la cetrina luz de la lámpara que ilumina mi escritorio. El pequeño fuego saca extraños matices de la piel de Marisa en las fotos, como invitándome a recordar lo que pasó al día siguiente. El día de la mayor explosión que jamás conociera aquel pueblo perdido. El día que por fin cedí a las manipulaciones de mi particular Lolita e hicimos el amor por primera vez.
Allí fuera deja de llover lentamente y mis recuerdos resurgen en mitad de la madrugada.

domingo, 28 de septiembre de 2014

Fotos de mi puta (versión Demo)

Ahí van los primeros compases del tochorrelato/másqueposibleserie que estoy escribiendo. Para ir abriendo boca y obligarme a seguir escribiendo

 2014
La luz, débil y mortecinamente amarillenta, se derrama sobre los papeles desperdigados en mi viejo escritorio. Entre facturas, cartas de antiguos amigos y compañeros, y demás papeles avejentados, destacan las fotos que le hice a Marisa. Mi antigua alumna Marisa. Sensual y dulce Marisa...
Todas las fotografías tienen ese color levemente anaranjado y añejo de las fotos de los ochenta y, en en la inmensa mayoría de ellas, Marisa expone su cuerpo desnudo -adolescente en las primeras y enteramente adulto ya en las últimas- en las poses más provocativas que se le ocurren. Tan pronto da un primer plano de su culito respingón mientras vuelve la cabeza hacia atrás y se muerde perversamente el labio inferior; como aparece completamente abierta de piernas, exponiendo su coñito entre la pequeña maraña de vello púbico y mirando a cámara con esos ojos azules e infantiles que me volvían loco.

miércoles, 19 de marzo de 2014

Lolita

Otro eliminado de Todorelatos en la desaparición de "Hetero: Primera Vez"
Éste sí me jodió mucho porque opino que es mi mejor relato

No sé cómo empezó todo esto. Desconozco el punto exacto en que supe que ya no había vuelta atrás. No sé ya nada. Sólo sé que la deseo, que me excita brutalmente, que juega conmigo y que yo la dejo por que no puedo resistirme a sus encantos. Me domina. Me maneja con sus miradas, con sus traviesas manos pequeñas, con sus labios carnosos perfilados de carmín. Estoy hipnotizado por sus ojos negros, por sus caderas estrechas, por sus pechos niños, por su coño o por cualquier otra parte de su anatomía. Soy su nuevo juguete y no quiero hacer nada por remediarlo.

miércoles, 12 de marzo de 2014

Virgen del fracaso


Uno de mis favoritos, suprimido de la página de Todorelatos
cuando el webmáster eliminó la categoría de Primera vez.

 "Se "solla" con las bragas de meter corazones, de tanto sube y baja… De tanto responder a tantas oraciones con brazos de paja…"
 
Kutxi Romero, solista de "Marea", grita desde los auriculares de tu Mp3. Últimamente ya no sales sin él, te sientes desnudo y aburrido sin poder escuchar música que no sea la de la insulsa factoría de "Operación Triunfo". Llevas un buen rato mirando a esa mujer, pero no te atreves a avanzar. ¡Pero fíjate! ¡Está allí, ante ti, ofreciéndose a cualquiera! ¿Por qué iba a negarse? ¡Ni que lo que le quieres pedir fuera tan raro!

"Y yo sigo rumiando blandiendo mi espada, por todos los renglones… ¡Válgame, compañera! Sobran ratoneras para tus rincones…"

 
Bueno, sigue observándola un rato más. Total, no se va a quejar, las putas no se quejan por que las mires. ¡Oh, mira! Viene un cliente. Tendrás que posponer tu petición. Mira como la empieza ya a manosear ese cerdo. "¡Eh, cabrón! Guárdate algo para la cama". No llegas a decírselo, pero con pensarlo tienes suficiente. Mira cómo la besa, la está llenando de lengua el muy bastardo. Pero ella no se queda atrás, no, sus manos escarban por la camisa, por el pantalón, tocando nalgas, torso, y una verga que yace encerrada aunque
erecta en sus calzoncillos.

"Se desdicen los que dicen, que su musa ya no es virgen… que es la Virgen de la Luna… la de la palabra impura… la más puta, la que pide, cuatro capas de pintura… cuando no puede dormirse…"

domingo, 29 de enero de 2012

A.C. (28: El Pueblo Maldito)

El toro camina despacio, no le gusta caminar cuando ya ha caído la noche, pero cuando la sed obliga hay que beber. Se acerca al río sin dejar de mirar alrededor suyo; decididamente, hay algo en la noche que no le gusta nada, así que se mantiene alerta a pesar de que tan solo el silencio le rodea. Tal vez eso sea lo que le intranquiliza, no solo hay silencio. Hay demasiado silencio.
Observa con recelo la higuera huérfana de hojas cuya silueta se recorta en medio de la oscuridad. Un solitario cuervo, tan negro como él, le mira con dos ojos macabros e inexpresivos.
El morlaco aún mira de reojo a la pequeña ave cuando baja su cabeza hacia el agua y le da el primer sorbo a la gélida corriente. Cuando nota la frescura del líquido que atraviesa su garganta, sin embargo, se olvida de su miedo y se centra en el gozo de calmar su sed.
No se acuerda del cuervo hasta que sacia completamente su sed. Cuando vuelve su testa hacia la higuera, al cuervo de antes se le han sumado dos más, y otro que llega volando y se posa junto a sus compañeros.
El toro, el enorme animal al que temen los hombres, se siente intimidado al ver las ocho esferillas negras brillando en la noche y fijas en él. Pero ya no son ocho ojos. Ahora son diez. Y luego catorce. Y veintidós. Las ramas desnudas de la higuera pronto se visten de cuervos mientras el número de pajarracos no deja de crecer. De todas partes del horizonte acuden cuervos a observar impertérritos al poderoso toro desde la higuera.
El toro rasca con la pezuña en la hierba junto al río y mira con temor a los incontables pájaros. Escucha el crujir de las ramas del árbol bajo el peso de los que ya deben ser más de doscientos cuervos que lo observan en silencio.
Cuando el atemorizado animal decide que lo más prudente es retirarse a la carrera, uno de los cuervos, que tal vez era el primer ocupante de las ramas ahora abarrotadas de pájaros negros o tal vez no, como si hubiera leído su pensamiento, suelta un horripilante graznido, abre las alas y alza el vuelo hacia él.
Tras el primero, perfectamente coordinados, el resto de la monstruosa bandada repite el gesto y se abalanza sobre el imponente astado.
El toro muge, se agita y embiste, pero no logra deshacerse de su enemigo. Es como embestir la niebla. Pronto, está atrapado en una nube negra de plumas y picos que le hieren. La sangre empieza a manar de su hocico, de su lomo, de sus patas, de sus ojos... De todos los lugares donde los pequeños animalejos dejan su hiriente beso.
En pocos segundos el toro cae al suelo. Los cuervos le picotean el vientre mientras otro de ellos introduce su cabeza entera en la cuenca vacía y sangrante de lo que antes fuera su ojo derecho.
Pocos, muy pocos minutos después, los cuervos se separan de su objetivo. Casi nada queda ya del toro. En la mayor parte del cuerpo, los afilados picos han llegado hasta el hueso después de devorar la carne. Bajo los escasos jirones de piel que le quedan al ya cadáver del toro, los cuervos más afortunados se siguen dando un festín con sus entrañas.
Junto al río quedan el cadáver del toro y unos pocos cuervos con el pico ensangrentado. La sangre del toro, lentamente, avanza hacia el río.

martes, 10 de enero de 2012

A.C. (27: El precio de la traición)

El jinete se detuvo por unos instantes frente a las puertas de la ciudad. Donde debían estar los guardias, patrullando, no había nadie. La ciudad del Gran Río hubiera parecido desierta de no ser por el murmullo nervioso que procedía de su interior. Parecía que toda la ciudad, guerreros incluidos, se había reunido en la plaza central del poblado.
- Mejor -pensó el jinete, recolocando sobre su montura al cadáver envuelto en la sábana y espoleando de nuevo al caballo para dirigirse al interior del pueblo.
Fue Pagul, uno de los guardias, el primero que escuchó el golpeteo de los cascos del caballo acercándose. Siempre había tenido muy buen oído y, aunque la gente, intranquila, no dejaba de parlotear y chillar en medio del pueblo, él ya había escuchado al jinete cuando el sonido del alazán no era más audible que, quizá, sus propios latidos.
- ¡SILENCIO! -gritó el joven soldado, volviéndose hacia donde, un segundo después, apareció el jinete, cabalgando con velocidad, y obligando a apartarse a los ciudadanos para no ser arrollados por el pura sangre.
Lo que antes era griterío se convirtió en silencio, lo que era pelea se volvió calma, todos los presentes se quedaron callados, mirando al jinete con una mezcla de miedo y respeto. Y poco a poco, en un crescendo lento y casi armónico, los murmullos regresaron aunque, esta vez, el tono había cambiado.
Rayma, que estaba en su casa tratando de armar un petate con sus ropas para marcharse del poblado cuanto antes, se quedó extrañada al sentir aquel extraño y momentáneo instante de silencio silencio, pero no le dio más importancia hasta que, una vez regresaron los susurros y las voces, logró entender una palabra suelta. Sólo una palabra, pero la más importante, quizás...
Rayma salió a la carrera de la casa y se abrió paso a empujones entre la multitud. Lo primero que vio al llegar al círculo interior, donde la gente se mantenía aún a escasos metros del jinete con ese temor de los que no creen o no quieren creer lo que ven, fue el cadáver envuelto en la sábana blanca y las cintas negras.
Solo había prestado atención a una palabra, la misma que se escapó entre sus labios.
-Ajdet... -Entonces, alzó la vista y vio al jinete.
El corazón se le detuvo por un momento.

domingo, 25 de diciembre de 2011

A.C. (26: La derrota de Ajdet)

- ¡¿Y lo abandonasteis allí?! ¡¿Simplemente dejasteis que esos malditos se lo llevaran?! –Ayna había aguardado mientras escuchaba el relato de lo que ocurrió en aquel bosque pero, llegado el momento en que Rayma explicó cómo Ajdet se entregó voluntariamente a cambio de que los guerreros de Tarsis dejaran marcharse a su esposa y a las niñas, la pequeña rubia estalló. Su preocupación había ido dejando paso a la rabia a medida que su cuñada contaba la historia, y finalmente se había levantado, con el rostro enrojecido por la ira mientras escupía insultos y maldiciones.

- ¿Y qué querías que hiciéramos? ¡Ajdet no nos dio otra opción!

- Tú… tú… -La rubita caminaba sin rumbo por la estancia , no quería mirar a Rayma y, cuando finalmente lo hizo, se encaró con ella señalándola amenazadoramente con el dedo-. Tú has matado a mi hermano. ¿Lo sabes?

Yasid, que había escuchado pacientemente, tratando de digerir la funesta información que le transmitía la esposa del Rey Toro, saltó como un resorte al escuchar esas palabras de su joven esposa.

- ¡Ayna! ¿Cómo puedes decir eso?

- ¡Es lo que ha hecho! ¡Ha matado a Ajdet! –replicó la rubita casi llorando. Cargada de rabia y frustración, salió de la casa profiriendo un estruendoso grito.

- ¡Ayna! –Yasid salió tras ella y, después del negro, hizo lo propio Rayma, siguiendo a su cuñada.

- ¡Ni se te ocurra seguirme, puta! –chilló la jovencita rubia, en medio de la plaza central del pueblo, donde se había ido reuniendo un grupo cada vez más numeroso de habitantes curiosos y preocupados.

- Ayna, yo… -Rayma intentaba disculparse, por si hubiera sido poco difícil el marcharse de allí sin su amado Ajdet, ahora se tenía que enfrentar a la rabia de la familia y, tal vez, también a la de todo el pueblo.

- ¡No me hables! ¿Querías tener el control absoluto del pueblo acaso, zorra? ¡Seguro que pensaste que, sin Ajdet, tú podrías gobernar! –una exclamación de asombro brotó de las bocas de todos los presentes, y tan solo un instante después, Rayma sintió clavarse en ella un centenar de miradas inquisitorias.

- ¿Qué? ¡¡NO!! ¡Por supuesto que no! ¡Yo…!

- ¡Pues yo misma me encargaré de que tú no gobiernes! ¡Este Imperio necesita alguien que sea capaz de morir por su Pueblo! ¿Y cómo va a morir por su pueblo alguien que ni siquiera es capaz de morir por la persona a la que, supuestamente, ama?

Tanto Yasid como Rayma se quedaron petrificados. Una mirada al resto de gente del Pueblo del Gran Río demostró que ellos pensaban igual que Ayna. La esposa, o la viuda, del Rey Toro acababa de perder la confianza de su pueblo en un simple instante.

Sintiéndose presa de una especie de linchamiento público de miradas, Rayma estalló en lágrimas y salió corriendo de vuelta a la casa del Gran Jefe.

jueves, 15 de diciembre de 2011

A.C. (25: Emboscada)

La noche se iba cerrando sobre el carromato, sumiendo en la más absoluta oscuridad los caminos, veredas, y andurriales llenos de matojos y espinos por los que los caballos trotaban temerosamente. El Rey Toro conocía el camino, pero debía andar con cuidado si no quería que la oscuridad le hiciera una mala jugada. A su lado, Rayma dormía, recostada sobre su hombro, dulce y pacífica como sólo lo era mientras permanecía dormida. Tras él, en el cajón del carro, diez niñas y dos niños, o mejor dicho, nueve niñas, dos niños y una guerrera soportaban el traqueteo del carro, la gran mayoría tratando de dormir un poco.

De reojo pudo ver cómo Nura se mantenía en vela, tapando con cuidado a cualquiera de los infantes si el trasegar del carro acababa por descubrirlos de su manta.

- Intenta dormir, Nura. Te lo mereces más que nadie –susurró el Rey Toro, mientras el horizonte marino se empezaba a abrir ante ellos. De noche, los bosques eran territorio de los lobos y otras alimañas para quienes la carne de dos caballos y trece humanos sería un manjar muy apetitoso, así que Ajdet se decidió finalmente por conducir la biga costa arriba, donde la vegetación era más escasa y era más difícil encontrarse con fieras nocturnas.

- Dormiré cuando lleguemos al poblado, igual que tú. Hasta entonces cuidaré de ellas y me mantendré despierta como tú –replicó la jovencita morena, aunque el cansancio era total y cada vez que pestañeaba le costaba un esfuerzo tremendo volver a abrir los ojos.

- Nura, duerme. El descanso es esencial para un guerrero. Te despertaré si alguien te necesita.

La nínfula observó a las criaturitas que dormitaban a su alrededor. Todos parecían tranquilos y a salvo, incluso Miena parecía descansar sin impedimentos, a pesar de su infección.

- ¿Es una orden? –Nura pretendía aparentar más fortaleza de la que ya de por sí tenía pese a su corta edad, pero ambos sabían lo que esa pregunta significaba realmente: “No quiero dormir para no parecer débil aunque sé que lo necesito. Ordénamelo y no tendré excusa ninguna”.

- Lo es.

- Entendido, Rey Toro.

*****

Ayna estaba expectante. Su hermano hacía casi media jornada que se había marchado, y tan sólo deseaba que Yasid acabara pronto el entrenamiento a los soldados para poder pasar un tiempo con él a solas. Sentada en la cama, aguardaba a su esposo con la excitación creciendo dentro de su cuerpo adolescente, cada vez más de mujer y menos de niña.

Finalmente, el negro entró a la habitación con su cuerpo enorme cubierto de sudor. La pequeña rubia sonrió nada más verlo entrar. Yasid, que conocía a la perfección lo que significaba esa sonrisa en la cara de su esposa, resopló divertido y trató de negarse.

- Hoy no, pequeña dulzura, estoy muy cansado para hacer amor contigo.

- Tú tranquilo, esta noche todo corre por mi cuenta… -dijo Ayna, levantándose completamente desnuda y caminando hacia su marido.

La pequeña Ayna extendió una mano hacia el negro y éste, finalmente resignado, la acabó tomando y permitiendo que su joven esposa le condujera hasta el lecho marital.

La pequeña rubia le obligó a tumbarse y comenzó a despojarlo de sus vestimentas de guerra, sin perder la ocasión de besar la oscura piel de Yasid.

- Tú solamente relájate y disfruta –dijo la rubita.

sábado, 3 de diciembre de 2011

A.C. (24: La misión de Nura)

Los pasos de la niña-mujer eran cortos, cansinos y tambaleantes, como deben serlo los de quienes llevan tres jornadas de camino, alimentándose únicamente de agua de rocío y de algunas plantas y presas pequeñas que no eran capaces de dar energía suficiente para tan largo y duro caminar. El incipiente sol de otoño empezaba a hacerle hervir la cabeza y el viento de tramontana que soplaba le erizaba el vello y la hacía estremecerse de frío. Sus labios estabas resecos y cuarteados, y los callos de sus pies hacía mucho tiempo que no dejaban de sangrar; las malditas piedrecitas del camino se le clavaban más a cada paso.

A sus oídos llegó el alegre sonido del agua correr, y tan solo deseó que esa vez no fueran alucinaciones como las cuatro veces anteriores. La senda a la que había llegado tenía huellas de cascos de caballos y de ruedas de carros, y la nínfula supo que quedaba muy poco para el final de su odisea.

Al sonido, leve y sosegado, del agua allá a lo lejos, se le sobrepuso un sonido más agudo, más rápido, más creciente. Era uno de esos muchos caballos que usaban los comerciantes y que, poco a poco, se iba a acercando a ella con su trote suave.

Aunque el sol le hacía daño en los ojos, se obligó a mirar en esa dirección. Seguramente el comerciante la vio antes que ella a él, pero la pequeña fue la primera en reconocerlo.

- Al fin –musitó la joven, y sus labios esbozaron una sonrisa dolorosa.

Sintiendo que el alivio llenaba su cuerpo, cerró los ojos, relajó su cuerpo y se dejó caer. No creyó que realmente estuviera tan próxima al desmayo, pero antes de tocar el suelo, Nura ya había perdido la consciencia.

domingo, 23 de octubre de 2011

A.C. (23: La instrucción)

Doscientas veinticinco espadas, el mismo número de armaduras y cascos, veinticinco lanzas con punta de bronce, doscientos arcos y cerca de quinientas dagas.

A las afueras del Gran Río, los doscientos veinticinco guerreros del Reino del Toro se preparaban para la primera instrucción observando el arsenal que tenían delante.

- Sé que algunos de vosotros os sabéis buenos guerreros, habilidosos con el uso de la espada y feroces en la lucha. Pues bien... ¡Eso no os va a servir de nada cuando marchemos de conquista! -gritó el Gran Jefe Ajdet- ¡No quiero guerreros! ¡Quiero un ejército! ¡Un grupo de soldados que luche como uno solo, donde cada uno de sus integrantes pueda cubrir los puntos débiles de sus compañeros y potenciar sus mejores habilidades! ¡A partir de ahora aprenderéis a batallar en formación, a luchar de una forma más eficiente, a moveros con una armadura pesada y a atacar al enemigo protegiendo vuestra vida! ¿ENTENDIDO?

- ¡SÍ, GRAN JEFE! -gritaron todos los soldados.

- Muy bien. Los que hayan sido elegidos para montar a caballo, coged una armadura, un casco, una espada, dos dagas y una lanza y seguid a Yasid, él os instruirá.

Veinticuatro hombres además del gigante negro avanzaron y tomaron lo que el Gran Jefe había dicho. Luego, Yasid los dirigió hacia el sudoeste del poblado, donde esperaban veinticinco caballos.

- ¡Los demás! ¡Casco, armadura, espada, arco y dos dagas! ¡YA! -gritó Ajdet, y todos se apresuraron a cumplir la orden del Rey Toro.

Ajdet observó a sus soldados. Todos jóvenes, fuertes, y decididos a convertirse en una auténtica fuerza brutal y sangrienta.

- ¡Poneos las armaduras! ¡Veremos a dónde llega vuestra fuerza!

El primer guerrero en caer desfallecido lo hizo al poco de completar la tercera vuelta al exterior de las murallas del poblado. El ritmo de carrera que impuso Ajdet, que no sólo llevaba la armadura, sino también el casco, la espada y un enorme morral que nadie sabía que llevaba, era inhumano.

No habían tardado ni media hora en recorrer diez quilómetros. El Rey Toro detuvo a sus soldados y los dejó descansar mientras les daba una de sus primeras lecciones.

- Jamás os voy a pedir que hagáis nada que yo mismo no pueda hacer. Pero si yo puedo hacerlo, al final conseguiré que vosotros también podáis -Y tras decir eso, Ajdet vació el morral frente a sus soldados. Una docena de piedras tan grandes como la cabeza de un niño cayeron al suelo ante la atónita mirada de los guerreros. Fácilmente las rocas podrían pesar tanto como una niña pubescente.

*****

A la hora de comer, los soldados que entrenaba Ajdet estaban exhaustos. Tras la carrera, habían tenido que entrenar diversos movimientos con sus espadas y dagas, todos ellos enfocados a protegerse de un ataque frontal y atacar al rival. Tan agotados estaban que incluso algunos no pudieron evitar vomitar de cansancio.

Afortunadamente para ellos, por la tarde Zuyda había aceptado ofrecerles unas clases de herbología, para que, estando de campaña, supieran qué plantas podrían ayudarlos a curarse por sus propiedades astringentes, analgésicas, relajantes o cicatrizantes y qué otras los matarían sin remedio.

Mientras los soldados mascaban tila para templar sus nervios, especialmente indicada para los arqueros antes de disparar, el Rey Toro se acercó a la chamán.

- ¿Cómo va la otra instrucción? -preguntó Ajdet.

- Fenomenal. Es inteligente y aprende muy rápido. Será una gran arma si la sabes usar.

- Sabré -respondió el Gran Jefe, con una amplia sonrisa.

martes, 18 de octubre de 2011

A.C. (22: La pequeña Nura)

Costó un par de días pacificar por completo los pueblos de la Sierra. Friegg no perdonaba a Ajdet el asesinato de su esposa, pero al final el Rey Toro se descubrió como un brillante negociador y consiguió que los cuatro pueblos recién conquistados acabaran admitiendo su dominio sobre ellos, el pueblo de la Sierra Sur que Friegg gobernaba entre ellos.

De vuelta al Gran Río, Ajdet se encerró en su casa para reorganizar su reino, no sin antes hospedar a la pequeña Nura en una de las habitaciones libres de su casa y exigir a toda su familia que nadie la tocara antes que él, lo que sentó bastante mal a su esposa. Dicho esto, pidió que le llevasen comida y agua una vez al día y se encerró a cal y canto en la sala donde tiempo atrás se había reunido con los hombres de Tarsis. Durante siete jornadas, el mando del Reino del Toro y de su capital recayó por entero en Rayma y Yasid, que se había convertido en el hombre de confianza del Gran Jefe por encima de viejos amigos como Lesc. Mientras, Ajdet permanecía en la sala y la única persona a la que se le permitía entrar para llevar la comida y asear la estancia era a la nínfula morena, la misma que había sido vendida y luego rescatada por el Rey Toro.

*****

Ayna despertó y buscó el cuerpo de Yasid, pero sólo encontró un vacío junto a ella en la cama. Se levantó, completamente desnuda, y cogió su túnica con un mohín de disgusto.

- Eres muy hermosa...

La hermana pequeña de Ajdet se sobresaltó y se tapó rápidamente con la túnica.

- ¿Qué haces en mi habitación?

- Oh, no tengas miedo -dijo la pequeña Nura, dando un paso hacia delante, abandonando la puerta en que estaba apoyada-. ¿Sabes? Te pareces mucho a tu hermano.

Ayna se vistió a gran velocidad, intimidada por la presencia de la muchacha.

- No te vistas tan rápido, por favor -se quejó la morenita, acercándose más a la rubia-, no me niegues ver un cuerpo tan hermoso.

- No tendrías que estar aquí.

Poco a poco, Nura había avanzado hasta situarse a pocos centímetros de Ayna.

- Ese negro enorme... Es tu esposo, ¿Verdad? -preguntó, acariciando suavemente, con la yema de sus dedos, la mejilla de la rubia.

- Sí... lo es -murmuró Ayna, y un escalofrío le recorrió el rostro, como si los dedos de la chiquilla transmitieran electricidad.

- Debe ser una delicia hacer el amor con él -susurró Nura, un instante antes de inclinarse hacia Ayna y depositar en sus labios un beso húmedo, sensual, eróticamente perfecto.

Durante unos segundos, la jovencita rubia se quedó petrificada, sintiendo cómo esos labios rozaban los suyos, calentándolos, cómo esa lengua violentaba su boca, tratando de abrirse paso.

Finalmente, una vez repuesta de la sorpresa, Ayna recuperó el control de su cuerpo y empujó a la otra chiquilla, enviándola al suelo.

- Fuera de aquí -ordenó la hermana de Ajdet.

- Pero...

- ¡Fuera de aquí!

Algo asustada, Nura salió de la habitación de Ayna a la carrera, dejando a la pequeña rubia confusa y extrañamente excitada.

jueves, 13 de octubre de 2011

A.C. (21: El asedio)

Los guerreros salieron de los bosques y corrieron hacia la muralla de piedra.

- ¡AHORA! -gritó alguien desde el interior de la villa fortificada.

Decenas de saetas se alzaron en el cielo para luego caer sobre los invasores. Algunas armaduras de bronce rechazaron las flechas pero otras fueron perforadas y las afiladas puntas horadaron la carne. Los gritos de dolor de los hombres resonaron a las afueras del poblado.

- ¡Maldita sea! -Ajdet se encaró con el Jefe de la Sierra Norte, él había sido quien le había convencido de atacar el pueblo de la Sierra Blanca en primer lugar- ¡No me dijiste que hubieran arqueros en ese pueblo!

- No... no lo sabía. Es la Sierra Sur quien entrena a sus guerreros con el arco -se defendió Braki, el Jefe-. Deben de haberse aliado con ellos.

El ímpetu de las tropas del Reino del Toro se había reducido con la sorpresa. Otra andanada de flechas brotó de la ciudad. Los guerreros estaban más preocupados en evitar los proyectiles que en seguir avanzando.

Ajdet tuvo que pensar rápido. Las flechas silbaban a su alrededor y sus hombres caían heridos. Había sido un error atacar el pueblo más grande de la sierra. Era el movimiento más lógico y, por ello, era el peor de todos. Aunque sin el liderazgo de la Sierra Blanca los restantes tres pueblos de la sierra no tardarían en caer bajo su dominio, tendría que haber supuesto que la villa no se conformaría con esperarlos y buscaría aliados entre los poblados cercanos. Mientras en el Gran Río festejaban la boda de Ayna y Yasid, los poblados de la Sierra se unían contra Ajdet y sus hombres.

- ¡RETIRADA! ¡VOLVAMOS AL BOSQUE!

sábado, 8 de octubre de 2011

A.C. (20: Noche de bodas)

- Es hora de que superes la prueba si de verdad quieres casarte con mi hermana -escupió Ajdet-. Si de verdad la amas... ¡Vénceme!


El Rey Toro enarboló su espada y se colocó en posición de batalla.

*****

Yasid dudó. Frente a él estaba posiblemente uno de los guerreros más capaces que jamás hubo visto. Sin embargo, cuando miró hacia atrás y vio a Ayna frente a la puerta de su casa, mirándolo con el miedo metido en su cuerpecito frágil, todas sus dudas se disiparon. Cerró sus dedos sobre la empuñadura de la espada y avanzó hacia Ajdet.

La espada de Yasid tenía una forma extraña, ligeramente curvada hacia uno de sus lados, y ensanchándose hacia el final, un trabajo especial que Yasid había pedido a Rutde. En sus viajes por el ancho continente del sur había visto a las tribus nómadas del desierto usar unas espadas parecidas, y le había encantado la manejabilidad que tenían.

Los dos guerreros se colocaron su armadura de bronce, que no pasaba de ser un primitivo peto que dejaba desprotegidos sus costados pero custodiaba los órganos más vitales del pecho, y comenzaron la lucha.

Yasid fue el primero en atacar, con un golpe lento, de arriba a abajo, que Ajdet no tuvo problemas en esquivar. El Gran Jefe respondió con un ataque lateral, buscando el costado izquierdo del negro, pero éste lo consiguió desviar con su prototipo de cimitarra.

Los golpes se sucedían. Los contrincantes, preocupados en evitar que las espadas hirieran su piel, recibían al protegerse de cada espadazo, una vez tras otra, golpes de la mano torpe del rival, que, si bien no eran demasiado potentes, sí desequilibraban y obligaban a los contendientes a recolocar su posición. Todo el pueblo había venido a ver la apasionante lucha entre esos dos titanes que se intercambiaban golpes y más golpes.

Yasid recibió un potente espadazo a la altura de su estómago que, a pesar de que la armadura se encargó de amortiguarlo, hundió lo suficiente la protección de bronce como para dejarlo sin aire durante unos instantes.

Ayna, que observaba la lucha junto al cada vez más numeroso grupo de curiosos, ahogó un grito de terror. Rayma la tuvo que agarrar para que no interviniera en la batalla.

El enorme negro reculaba, tratando de recuperar la respiración. Ajdet realizó un nuevo ataque y, con mucho esfuerzo, Yasid pudo rechazarlo con su alfanje. Necesitaba algo que le hiciera retomar la iniciativa del combate, así que, tratando de sorprender al Rey Toro, el extranjero se propulsó hacia él con un rápido salto. Lo consiguió. Ajdet recibió el impacto del enorme cuerpo y se desestabilizó momentáneamente.

El gigante negro aprovechó la debilidad de la postura del Gran Jefe y barrió con su pie las piernas de Ajdet, lanzándolo al suelo. Quiso atacarlo cuando su espalda chocó en la tierra, pero el joven era extremadamente ágil y rápido. Rodó sobre el suelo y se incorporó con velocidad, arrancando aplausos de los espectadores.

Yasid y Ajdet se miraron a los ojos durante unos segundos, calibrando el grado de cansancio de su oponente. Los dos eran jóvenes, habían sido duramente entrenados y se movían con inteligencia. No había ninguno que mostrara más debilidad que el otro, pero en los últimos minutos los movimientos se habían ralentizado notablemente, y ambos prácticamente navegaban en sudor.

Una sonrisa se abrió paso en el rostro del Rey Toro. Cambió el modo de agarrar la espada tras hacerla girar en su mano y avanzó hacia Yasid.

- ¡NO! -La pequeña Ayna, que se había logrado liberar de los brazos de su cuñada, se interpuso entre los contendientes, con los brazos abiertos en cruz- ¡Dejadlo ya! ¡No quiero que os pase nada malo a ninguno de los dos!

- Apártate, Ayna -ordenó su hermano, sin dejar de sonreir.

- ¡NO!

- Apártate, Ayna -repitió, dejando caer su espada al suelo.

Ante la sorpresa de su hermana, Ajdet avanzó hacia Yasid y le extendió la mano. El negro también soltó su arma y completó el amistoso saludo que le ofrecía el Rey Toro.

- Bienvenido a la familia, Yasid. Ha sido una gran lucha.

lunes, 3 de octubre de 2011

A.C. (19: La subasta)

Una semana después de la llegada de las mujeres salvajes al Pueblo Azul, dando tiempo a que la noticia se extendiera y que los mercaderes llegasen para participar en ella, la subasta de las setenta y una mujeres y los diecinueve niños y niñas dio comienzo.

Ajdet había querido no sólo asistir a la subasta, sino dirigirla y hacer las veces de vendedor.

- ¡Amigos! -gritaba el Gran Jefe en la plaza central del pueblo, rodeado de una multitud de mercaderes y curiosos- Sé para lo que estáis todos aquí, así que no os haré perder el tiempo. ¡Que pasen las mujeres!

Del antiguo templo de la villa, dirigidas cada una por un hombre del mismo pueblo o del Gran Río, comenzaron a desfilar las hembras, todas ellas desnudas y maniatadas, la mayoría llorando aterrorizadas.

*****

En el pueblo del Gran Río, mientras sus antiguas compañeras eran vendidas como esclavas, las que habían corrido con la buena o mala suerte de ser escogidas por Ajdet recibían las primeras lecciones de Zuyda.

- A partir de ahora, os vais a convertir en meros coños. MIS coños. Seréis obedientes, sensuales y siempre estaréis dispuestas. Cualquier hombre que os necesite os podrá follar por el agujero que él quiera... ¡Basta de lloros!

- ¡AAAAHHH! -la varilla de madera, larga y flexible, que Zuyda llevaba en su mano impactó en la espalda de una de la siete mujeres, una salvaje de las montañas morena y de ojos verdes, abriendo su piel con un pequeño corte del que empezó a manar un fino reguero de sangre.

- Basta de lloros -repitió la chamán-. Habéis tenido suerte acabando aquí. Vuestra diferencia con las infelices que están siendo vendidas es que aquí vais a ser vosotras quienes vais a dominar a los hombres mediante el sexo, sin que ellos lo sepan. Convertiréis en realidad sus fantasías... y también las vuestras.

Las mujeres fijaron su mirada en la rubia chamán. Ahora sí que había captado su atención y las mujeres atendían interesadas.