viernes, 4 de septiembre de 2015

Fotos de mi puta (7): Mujer atada

2015
El cigarrillo se consume en el cenicero. Había olvidado que me lo había encendido tras las dos primeras caladas y ahora casi toda su longitud se ha tornado en un gris reguero de ceniza que, en el círculo de cristal que es el cenicero, parece una saeta marcando la hora en el reloj. La hora... miro mi “Omega” de pulsera y sonrío tranquilo. Hace tiempo que ha amanecido pero aún me quedan, al menos, un par de horas para salir de casa. Tengo dos horas para rememorar siete años de mi vida. Demasiado poco para tanto tiempo, aunque quizás me sobre. No quedan ya tantas fotografías por inspeccionar. La “Polaroid” tuvo unos años muy tranquilos en los que solamente la sacaba para ocasiones especiales. Especiales y cada vez más especialmente eróticas.
Devuelvo la foto de Marisa con su collar de perro al orden cronológico que le corresponde y me entretengo en buscar la que sigue a la foto del autobús entre el pequeño montoncito que resta. Cuando la encuentro, mi polla da un respingo; la primera foto de Marisa con el coño depilado. Una de las pocas en que no salen sus ojos. Le encantaba mirar a cámara, y seguro lo hubiera hecho de haber podido. Pero el pañuelo sobre sus ojos, única prenda de tela sobre su cuerpo desnudo, se lo impide esa vez. Me regodeo en cada detalle de la foto. Las manos y los pies de Marisa, atados cada uno a una de las patas de la cama, convierten su cuerpo en una lasciva equis, cegada y desnuda, sobre las sábanas de raso.
Vuelvo atrás entre las fotos, recupero la primera, la de ella durmiendo apaciblemente en la cama del pueblo y la comparo con esta. “Marisa... ¿En qué te convertí?” me pregunto interiormente a sabiendas ya de la respuesta.
–En mi puta, Marisa. Te convertí en mi puta -concluyo, en el silencio inquieto de mi casa, de nuestra casa, de nuestra antigua casa, sobre el tembloroso despertar de la ciudad.

viernes, 28 de agosto de 2015

Dos de corazones

Relato que empecé para el ejercicio de "La apuesta" y que no llegué a terminar a tiempo. Ahora lo saco a la luz

La maldita ficha roja rodaba entre mis dedos. El resto, todo lo que tenía, todo lo que me quedaba, todo lo que yo era, aguardaba en el centro de la mesa inconscientemente transmutado en fichas de otros colores. Verdes, azules, negras, naranjas, amarillas… ninguna más era roja. Ninguna podía serlo. En el sobrecogedor montón de fichas del bote había todo un arcoiris en el que solamente faltaba el rojo que mantenía en mi mano.
Castelar esperaba paciente con aquella sonrisa cínica en la boca que me llenaba de ganas de partirle la cara.
–¿Ves o no ves? –me espetó el gordo hijo de puta que ya me lo había quitado todo y que quería que apostase lo único que me quedaba.
Volví la vista a la ficha con la que mis dedos trasteaban y mi mirada resbaló hacia el hueco que habían dejado sus hermanas de otro color en mi lado de la mesa. Hueco que ahora solo ocupaban mis dos cartas. Las ojeé de nuevo, como si esperase que hubieran cambiado en los últimos diez segundos y me diesen una mano vencedora. No era así. El as y el cuatro de corazones seguían allí, como implorándome que no lo hiciera.
Miré las cartas de mesa. El as de tréboles me hubiera dado una buena opción si mi kicker no fuera un cuatro. Mis ilusiones, por lo tanto, debían haber descansado en los proyectos que me abrían el tres y el cinco de corazones que habían acompañado al trébol en el flop. El river había doblado al cinco, y estaba seguro de que, por un lado u otro, Castelar me iba dominando. As de tréboles, tres de corazones, cinco de corazones, cinco de picas… Un dos me daba escalera, un corazón me daba color. En cualquier otro momento me hubieran quedado trece cartas posibles en el mazo donde descansaban las cuarenta y dos restantes. Un treinta por ciento de posibilidades, pero sabía que la posibilidad era mucho menor…
Castelar me había metido en la partida, fingiendo un farol, cuando los corazones me abrían un gran abanico y el as me daba la pareja. Resubió mi resubida para evitar que yo fuera de vacío. Ahora lo entendía todo. Mierda. Había jugado demasiado agresivo en esta mano. El cinco de picas seguro que le daba trío o el as le daba una pareja con un acompañante mucho más alto. Incluso… Miré a los ojos a Castelar. Su rostro era impenetrable, pero, de alguna manera, supe que me la había vuelto a jugar y leí las cartas que llevaba. As-cinco. El gordo cabrón llevaba un full y esperaba que me lo jugase todo a los proyectos cuando era prácticamente imposible que le venciera.
Miré a “El Polaco”. Su nombre era impronunciable y todos, incluido Castelar, para el que llevaba trabajando más de cuatro años, le llamaban directamente “Polaco”. Él también esperaba pacientemente a recibir la orden de repartir la última carta.
Ahora que lo sabía, tenía que reconocer que era un tahúr acojonante. Llevaba toda la tarde intentando averiguar cómo seleccionaba las cartas, pero no lo había logrado. Seguro que ya tenía preparado algún corazón que me diera color y, con ello, una sensación de victoria para que Castelar me quitara mi última ficha. La ficha roja.
Giré la cabeza a mi izquierda para verla. Ella seguía allí, de pie, sin perder de vista a mi rival. Carol conocía lo que significaba la ficha roja. La única ficha sin cifra porque lo que representaba era de un valor incalculable. La ficha que la representaba a ella.
Castelar sabía que era lo único que me quedaba y sonreía. Yo sabía que era lo único que realmente él quería de mí y no sonreía. Mi negocio, mi coche, mi casa… todo eso era un granito de arena para Castelar y sus millones. Mi chica, sin embargo, era la única causa de que me hubiera dado una segunda oportunidad para recuperar todo lo que había perdido.
Aquel cabrón lo había calculado todo para ganarme a Carol de la misma forma que yo la gané tres años antes: en una partida de póquer. “Lo que el póquer te da, el póquer te lo quita”. Veinte años antes, cuando me enseñaba a jugar a las cartas, mi tío Mario me dio varios de los consejos que más me han ayudado en mi vida. Ahora, a pesar de sus consejos, estaba a un solo paso de perder lo más importante que el póquer me había dado.
Pero no iba a ser hoy.
Castelar, con su full en mano, había cometido un error. Me había dejado una salida. Una sola carta que me podía dar la victoria.
Esa carta era el dos de corazones.
Sonreí y lancé la ficha roja encima del montón.
–Veo –dije-… con una sola condición.

viernes, 21 de agosto de 2015

Fotos de mi puta (6): Mujer con collar de perro

2015

Sonrío y miro por la ventana. Amanece. Amanece que no es poco. Llevo toda la noche navegando entre fotos de la mujer más importante de mi vida. Ahora lo sé. Fue, y es, más importante para mí de lo que fue mi esposa. Amparo fue la parte más importante de mi vida durante más de diez años, pero Marisa fue mi vida por completo durante otros diez. Me enciendo un nuevo cigarrillo y saco del montón de fotos una de las últimas que se ha colado entre las antiguas. Marisa mira a cámara, sentada en el suelo con su coñito, pulcramente depilado, expuesto al ojo muerto de la “Polaroid” mientras un collar de perro rodea su cuello. La mujer-perra saca la lengua obscenamente, y sus pechos se muestran en todo su esplendor, firmes y no muy grandes, pero completamente excitantes.
Tuerzo el gesto mientras trato de recordar el lugar que le corresponde a esa foto. Pasaron demasiadas cosas entre esa foto y el punto en que han quedado mis pensamientos, pero el momento en que supe que algún día le haría una foto como esa fue justo después de mudarnos a nuestra nueva casa. No inmortalicé ese preciso momento del collar hasta años después, pero la frase que Marisa pronunció en los días posteriores a nuestra mudanza todavía resuena en mi cabeza como la sagrada revelación de algún dios oscuro y poderoso.
“¿Tengo que ponerme un collar de perro y dormir a tus pies para que entiendas que voy a estar cada noche contigo, aprendiendo lo que me quieras enseñar?”
No habría sido necesario, pero lo hizo.

sábado, 15 de agosto de 2015

Fotos de mi puta (5): Muchacha en el autobús

2015
Fotos, fotos, fotos…. Todo es un maremágnum de instantáneas que me sumerge en un mundo pasado que no había querido desempolvar hasta hoy. Mi vaso de “Chivas” vuelve a estar vacío, pero ya me da igual. Estoy inmerso en esta misión y ni siquiera sé si me dará tiempo a revisar todas las fotografías antes de marcharme. Son las cinco de la mañana pero no me importa porque sé que, aun intentándolo, no habría podido dormir en toda la noche. Los nervios me lo habrían impedido. Así que, en vez de pelearme con la almohada, he preferido abrir la Caja De Pandora De Las Fotografías y reflotar todos los recuerdos que me quedan de mi querida alumna.
Esta foto, de Marisa masturbándose con un consolador naranja la tomé tres meses después de que empezase a dormir en mi habitación. Esta, de ella completamente desnuda en el bosque, siete meses después, en nuestro viaje al norte de España. El Santo Camino de Santiago nunca fue menos Santo. Esta fue posterior, de cuando terminó el último curso de Bachiller ¿Quién iba a decirnos que nuestro tiempo en aquel poblacho estaba a punto de acabarse?
Una nueva foto azota mi mirada. Cualquiera diría que es una foto sin más, melancólica incluso. El rostro de perfil de una mujer, pegado a la ventanilla de un autobús mientras, tras el cristal, la lluvia cae sobre los campos del fondo. La mujer mantiene los ojos entrecerrados, y sus dedos junto a la boca, como si acabase de morderse las uñas. Un poderoso rubor cubre sus mejillas y una fina película de sudor envuelve su sien. Obviamente, esa mujer es Marisa. Nadie que viera la foto podría adivinar que, en el mismo momento que la estaba tomando, con la otra mano estaba masturbando a la joven hasta el orgasmo.

viernes, 7 de agosto de 2015

Fotos de mi puta (4): Joven desnuda y con miedo

2015
Doy la vuelta a la siguiente foto nada más verla para alejarla de mi vista, su simple visión me causa una punzada de dolor profundo en las entrañas. Es increíble cómo, después de tantos años, aquellas imágenes de la vieja “Polaroid” son capaces de removerme tantos sentimientos y tan de golpe. Le doy un largo trago a mi “Chivas” antes de proseguir con mi intención de revisar todas y cada una de las fotografías para desenmarañar los recuerdos que durante tanto tiempo he mantenido en mi cabeza, ocultos pero latentes.
Miento si digo que llevo veinte años sin pensar en Marisa, puesto que lo he ido haciendo casi a diario durante las dos últimas décadas. Pero la impresión que me causan las instantáneas, y la cantidad de detalles que son capaces de hacerme evocar, empiezan a ser agobiantes.
Aún siento los mismos remordimientos e incluso las mismas dudas que sentía en aquellos momentos con el mero acto de revisar las fotos.
Tomo aire antes de girar de nuevo la fotografía que todavía sostengo entre mis manos, como intentando recabar todo el valor posible para enfrentarme de nuevo a ella y a los recuerdos de, posiblemente, la peor noche de mi vida junto a Marisa.
Trago saliva y vuelvo mentalmente a aquella noche en la que mi alumna me hizo entender que había empezado un viaje que no terminaría nunca. En la foto, una Marisa seria y con el rastro de una lágrima seca en su mejilla mira a cámara con una mezcla de odio y temor mientras, desnuda, se abraza a sus rodillas protegiéndose del dolor que alguien le ha causado. Alguien que era yo. El pelo le cubre parte de la cara y la cámara saca un diabólico reflejo rojo en el único ojo que muestra. Es la pura imagen de la furia y del miedo.
Me estremezco mientras mis recuerdos me llevan nuevamente treinta años atrás.

sábado, 1 de agosto de 2015

Fotos de mi puta (3): Joven junto a mujer de pueblo

2015
Miro con detenimiento una de las pocas fotografías en las que Marisa aparece vestida y en la calle. Ella, abrazada a su tía Jacinta, sonríe a la cámara mientras, al fondo, aguarda el autobús que alejaría a ambas para siempre, puesto que después del entierro de los padres de mi alumna, ni Jacinta volvió a interesarse por Marisa, ni la joven quiso volver a saber nada más de “aquella pueblerina que la desnudaba con la mirada”. En la foto, Marisa viste un grueso abrigo desabrochado por cuya abertura se divisa el suéter y el escote que insinúa sus pequeños senos. La bufanda, el gorro y unos pantalones largos completan su invernal atuendo. Jacinta, en cambio, lleva una simple camisa vieja y una falda de tubo que esconden sus irreconocibles formas, si bien es cierto que su complexión no es muy dada a las curvas, sino que más bien tiende al cuadrado con sus anchos hombros y sus caderonas rectas. Sus ojos se desvían hacia su sobrina sin prestar atención ninguna al objetivo de la cámara.

domingo, 26 de julio de 2015

Fotos de mi puta (2): Adolescente dormida y desnuda

2015
Imaginarme de nuevo a Marisa masturbándose ha hecho despertar viejas sensaciones en mi cuerpo. Se me ha acelerado la respiración y la boca se me ha secado. Parece una tontería, habida cuenta de todo lo que hicimos después de aquello, pero aún ahora, al recordar esa noche, mi cuerpo responde como si fuera aún aquel entonces.
Suspiro y dejo de nuevo la primera foto de Marisa en la mesa, junto a las demás. Sin embargo, no es como las demás. Esa primera foto, para mí, es tan especial entre las otras como la propia Marisa lo es entre las demás mujeres que he conocido a lo largo de la vida. Ninguna puede siquiera acercarse a lo que ha significado mi alumna durante los años que la tuve a mi lado.
Me preparo otro vaso de Chivas y me enciendo un cigarrillo. El fulgor de la llama del mechero lo tinta todo de un tono naranja, sobreponiéndose a la cetrina luz de la lámpara que ilumina mi escritorio. El pequeño fuego saca extraños matices de la piel de Marisa en las fotos, como invitándome a recordar lo que pasó al día siguiente. El día de la mayor explosión que jamás conociera aquel pueblo perdido. El día que por fin cedí a las manipulaciones de mi particular Lolita e hicimos el amor por primera vez.
Allí fuera deja de llover lentamente y mis recuerdos resurgen en mitad de la madrugada.

domingo, 28 de septiembre de 2014

Fotos de mi puta (versión Demo)

Ahí van los primeros compases del tochorrelato/másqueposibleserie que estoy escribiendo. Para ir abriendo boca y obligarme a seguir escribiendo

 2014
La luz, débil y mortecinamente amarillenta, se derrama sobre los papeles desperdigados en mi viejo escritorio. Entre facturas, cartas de antiguos amigos y compañeros, y demás papeles avejentados, destacan las fotos que le hice a Marisa. Mi antigua alumna Marisa. Sensual y dulce Marisa...
Todas las fotografías tienen ese color levemente anaranjado y añejo de las fotos de los ochenta y, en en la inmensa mayoría de ellas, Marisa expone su cuerpo desnudo -adolescente en las primeras y enteramente adulto ya en las últimas- en las poses más provocativas que se le ocurren. Tan pronto da un primer plano de su culito respingón mientras vuelve la cabeza hacia atrás y se muerde perversamente el labio inferior; como aparece completamente abierta de piernas, exponiendo su coñito entre la pequeña maraña de vello púbico y mirando a cámara con esos ojos azules e infantiles que me volvían loco.

miércoles, 19 de marzo de 2014

Lolita

Otro eliminado de Todorelatos en la desaparición de "Hetero: Primera Vez"
Éste sí me jodió mucho porque opino que es mi mejor relato

No sé cómo empezó todo esto. Desconozco el punto exacto en que supe que ya no había vuelta atrás. No sé ya nada. Sólo sé que la deseo, que me excita brutalmente, que juega conmigo y que yo la dejo por que no puedo resistirme a sus encantos. Me domina. Me maneja con sus miradas, con sus traviesas manos pequeñas, con sus labios carnosos perfilados de carmín. Estoy hipnotizado por sus ojos negros, por sus caderas estrechas, por sus pechos niños, por su coño o por cualquier otra parte de su anatomía. Soy su nuevo juguete y no quiero hacer nada por remediarlo.

miércoles, 12 de marzo de 2014

Virgen del fracaso


Uno de mis favoritos, suprimido de la página de Todorelatos
cuando el webmáster eliminó la categoría de Primera vez.

 "Se "solla" con las bragas de meter corazones, de tanto sube y baja… De tanto responder a tantas oraciones con brazos de paja…"
 
Kutxi Romero, solista de "Marea", grita desde los auriculares de tu Mp3. Últimamente ya no sales sin él, te sientes desnudo y aburrido sin poder escuchar música que no sea la de la insulsa factoría de "Operación Triunfo". Llevas un buen rato mirando a esa mujer, pero no te atreves a avanzar. ¡Pero fíjate! ¡Está allí, ante ti, ofreciéndose a cualquiera! ¿Por qué iba a negarse? ¡Ni que lo que le quieres pedir fuera tan raro!

"Y yo sigo rumiando blandiendo mi espada, por todos los renglones… ¡Válgame, compañera! Sobran ratoneras para tus rincones…"

 
Bueno, sigue observándola un rato más. Total, no se va a quejar, las putas no se quejan por que las mires. ¡Oh, mira! Viene un cliente. Tendrás que posponer tu petición. Mira como la empieza ya a manosear ese cerdo. "¡Eh, cabrón! Guárdate algo para la cama". No llegas a decírselo, pero con pensarlo tienes suficiente. Mira cómo la besa, la está llenando de lengua el muy bastardo. Pero ella no se queda atrás, no, sus manos escarban por la camisa, por el pantalón, tocando nalgas, torso, y una verga que yace encerrada aunque
erecta en sus calzoncillos.

"Se desdicen los que dicen, que su musa ya no es virgen… que es la Virgen de la Luna… la de la palabra impura… la más puta, la que pide, cuatro capas de pintura… cuando no puede dormirse…"

domingo, 29 de enero de 2012

A.C. (28: El Pueblo Maldito)

El toro camina despacio, no le gusta caminar cuando ya ha caído la noche, pero cuando la sed obliga hay que beber. Se acerca al río sin dejar de mirar alrededor suyo; decididamente, hay algo en la noche que no le gusta nada, así que se mantiene alerta a pesar de que tan solo el silencio le rodea. Tal vez eso sea lo que le intranquiliza, no solo hay silencio. Hay demasiado silencio.
Observa con recelo la higuera huérfana de hojas cuya silueta se recorta en medio de la oscuridad. Un solitario cuervo, tan negro como él, le mira con dos ojos macabros e inexpresivos.
El morlaco aún mira de reojo a la pequeña ave cuando baja su cabeza hacia el agua y le da el primer sorbo a la gélida corriente. Cuando nota la frescura del líquido que atraviesa su garganta, sin embargo, se olvida de su miedo y se centra en el gozo de calmar su sed.
No se acuerda del cuervo hasta que sacia completamente su sed. Cuando vuelve su testa hacia la higuera, al cuervo de antes se le han sumado dos más, y otro que llega volando y se posa junto a sus compañeros.
El toro, el enorme animal al que temen los hombres, se siente intimidado al ver las ocho esferillas negras brillando en la noche y fijas en él. Pero ya no son ocho ojos. Ahora son diez. Y luego catorce. Y veintidós. Las ramas desnudas de la higuera pronto se visten de cuervos mientras el número de pajarracos no deja de crecer. De todas partes del horizonte acuden cuervos a observar impertérritos al poderoso toro desde la higuera.
El toro rasca con la pezuña en la hierba junto al río y mira con temor a los incontables pájaros. Escucha el crujir de las ramas del árbol bajo el peso de los que ya deben ser más de doscientos cuervos que lo observan en silencio.
Cuando el atemorizado animal decide que lo más prudente es retirarse a la carrera, uno de los cuervos, que tal vez era el primer ocupante de las ramas ahora abarrotadas de pájaros negros o tal vez no, como si hubiera leído su pensamiento, suelta un horripilante graznido, abre las alas y alza el vuelo hacia él.
Tras el primero, perfectamente coordinados, el resto de la monstruosa bandada repite el gesto y se abalanza sobre el imponente astado.
El toro muge, se agita y embiste, pero no logra deshacerse de su enemigo. Es como embestir la niebla. Pronto, está atrapado en una nube negra de plumas y picos que le hieren. La sangre empieza a manar de su hocico, de su lomo, de sus patas, de sus ojos... De todos los lugares donde los pequeños animalejos dejan su hiriente beso.
En pocos segundos el toro cae al suelo. Los cuervos le picotean el vientre mientras otro de ellos introduce su cabeza entera en la cuenca vacía y sangrante de lo que antes fuera su ojo derecho.
Pocos, muy pocos minutos después, los cuervos se separan de su objetivo. Casi nada queda ya del toro. En la mayor parte del cuerpo, los afilados picos han llegado hasta el hueso después de devorar la carne. Bajo los escasos jirones de piel que le quedan al ya cadáver del toro, los cuervos más afortunados se siguen dando un festín con sus entrañas.
Junto al río quedan el cadáver del toro y unos pocos cuervos con el pico ensangrentado. La sangre del toro, lentamente, avanza hacia el río.

martes, 10 de enero de 2012

A.C. (27: El precio de la traición)

El jinete se detuvo por unos instantes frente a las puertas de la ciudad. Donde debían estar los guardias, patrullando, no había nadie. La ciudad del Gran Río hubiera parecido desierta de no ser por el murmullo nervioso que procedía de su interior. Parecía que toda la ciudad, guerreros incluidos, se había reunido en la plaza central del poblado.
- Mejor -pensó el jinete, recolocando sobre su montura al cadáver envuelto en la sábana y espoleando de nuevo al caballo para dirigirse al interior del pueblo.
Fue Pagul, uno de los guardias, el primero que escuchó el golpeteo de los cascos del caballo acercándose. Siempre había tenido muy buen oído y, aunque la gente, intranquila, no dejaba de parlotear y chillar en medio del pueblo, él ya había escuchado al jinete cuando el sonido del alazán no era más audible que, quizá, sus propios latidos.
- ¡SILENCIO! -gritó el joven soldado, volviéndose hacia donde, un segundo después, apareció el jinete, cabalgando con velocidad, y obligando a apartarse a los ciudadanos para no ser arrollados por el pura sangre.
Lo que antes era griterío se convirtió en silencio, lo que era pelea se volvió calma, todos los presentes se quedaron callados, mirando al jinete con una mezcla de miedo y respeto. Y poco a poco, en un crescendo lento y casi armónico, los murmullos regresaron aunque, esta vez, el tono había cambiado.
Rayma, que estaba en su casa tratando de armar un petate con sus ropas para marcharse del poblado cuanto antes, se quedó extrañada al sentir aquel extraño y momentáneo instante de silencio silencio, pero no le dio más importancia hasta que, una vez regresaron los susurros y las voces, logró entender una palabra suelta. Sólo una palabra, pero la más importante, quizás...
Rayma salió a la carrera de la casa y se abrió paso a empujones entre la multitud. Lo primero que vio al llegar al círculo interior, donde la gente se mantenía aún a escasos metros del jinete con ese temor de los que no creen o no quieren creer lo que ven, fue el cadáver envuelto en la sábana blanca y las cintas negras.
Solo había prestado atención a una palabra, la misma que se escapó entre sus labios.
-Ajdet... -Entonces, alzó la vista y vio al jinete.
El corazón se le detuvo por un momento.

domingo, 25 de diciembre de 2011

A.C. (26: La derrota de Ajdet)

- ¡¿Y lo abandonasteis allí?! ¡¿Simplemente dejasteis que esos malditos se lo llevaran?! –Ayna había aguardado mientras escuchaba el relato de lo que ocurrió en aquel bosque pero, llegado el momento en que Rayma explicó cómo Ajdet se entregó voluntariamente a cambio de que los guerreros de Tarsis dejaran marcharse a su esposa y a las niñas, la pequeña rubia estalló. Su preocupación había ido dejando paso a la rabia a medida que su cuñada contaba la historia, y finalmente se había levantado, con el rostro enrojecido por la ira mientras escupía insultos y maldiciones.

- ¿Y qué querías que hiciéramos? ¡Ajdet no nos dio otra opción!

- Tú… tú… -La rubita caminaba sin rumbo por la estancia , no quería mirar a Rayma y, cuando finalmente lo hizo, se encaró con ella señalándola amenazadoramente con el dedo-. Tú has matado a mi hermano. ¿Lo sabes?

Yasid, que había escuchado pacientemente, tratando de digerir la funesta información que le transmitía la esposa del Rey Toro, saltó como un resorte al escuchar esas palabras de su joven esposa.

- ¡Ayna! ¿Cómo puedes decir eso?

- ¡Es lo que ha hecho! ¡Ha matado a Ajdet! –replicó la rubita casi llorando. Cargada de rabia y frustración, salió de la casa profiriendo un estruendoso grito.

- ¡Ayna! –Yasid salió tras ella y, después del negro, hizo lo propio Rayma, siguiendo a su cuñada.

- ¡Ni se te ocurra seguirme, puta! –chilló la jovencita rubia, en medio de la plaza central del pueblo, donde se había ido reuniendo un grupo cada vez más numeroso de habitantes curiosos y preocupados.

- Ayna, yo… -Rayma intentaba disculparse, por si hubiera sido poco difícil el marcharse de allí sin su amado Ajdet, ahora se tenía que enfrentar a la rabia de la familia y, tal vez, también a la de todo el pueblo.

- ¡No me hables! ¿Querías tener el control absoluto del pueblo acaso, zorra? ¡Seguro que pensaste que, sin Ajdet, tú podrías gobernar! –una exclamación de asombro brotó de las bocas de todos los presentes, y tan solo un instante después, Rayma sintió clavarse en ella un centenar de miradas inquisitorias.

- ¿Qué? ¡¡NO!! ¡Por supuesto que no! ¡Yo…!

- ¡Pues yo misma me encargaré de que tú no gobiernes! ¡Este Imperio necesita alguien que sea capaz de morir por su Pueblo! ¿Y cómo va a morir por su pueblo alguien que ni siquiera es capaz de morir por la persona a la que, supuestamente, ama?

Tanto Yasid como Rayma se quedaron petrificados. Una mirada al resto de gente del Pueblo del Gran Río demostró que ellos pensaban igual que Ayna. La esposa, o la viuda, del Rey Toro acababa de perder la confianza de su pueblo en un simple instante.

Sintiéndose presa de una especie de linchamiento público de miradas, Rayma estalló en lágrimas y salió corriendo de vuelta a la casa del Gran Jefe.

jueves, 15 de diciembre de 2011

A.C. (25: Emboscada)

La noche se iba cerrando sobre el carromato, sumiendo en la más absoluta oscuridad los caminos, veredas, y andurriales llenos de matojos y espinos por los que los caballos trotaban temerosamente. El Rey Toro conocía el camino, pero debía andar con cuidado si no quería que la oscuridad le hiciera una mala jugada. A su lado, Rayma dormía, recostada sobre su hombro, dulce y pacífica como sólo lo era mientras permanecía dormida. Tras él, en el cajón del carro, diez niñas y dos niños, o mejor dicho, nueve niñas, dos niños y una guerrera soportaban el traqueteo del carro, la gran mayoría tratando de dormir un poco.

De reojo pudo ver cómo Nura se mantenía en vela, tapando con cuidado a cualquiera de los infantes si el trasegar del carro acababa por descubrirlos de su manta.

- Intenta dormir, Nura. Te lo mereces más que nadie –susurró el Rey Toro, mientras el horizonte marino se empezaba a abrir ante ellos. De noche, los bosques eran territorio de los lobos y otras alimañas para quienes la carne de dos caballos y trece humanos sería un manjar muy apetitoso, así que Ajdet se decidió finalmente por conducir la biga costa arriba, donde la vegetación era más escasa y era más difícil encontrarse con fieras nocturnas.

- Dormiré cuando lleguemos al poblado, igual que tú. Hasta entonces cuidaré de ellas y me mantendré despierta como tú –replicó la jovencita morena, aunque el cansancio era total y cada vez que pestañeaba le costaba un esfuerzo tremendo volver a abrir los ojos.

- Nura, duerme. El descanso es esencial para un guerrero. Te despertaré si alguien te necesita.

La nínfula observó a las criaturitas que dormitaban a su alrededor. Todos parecían tranquilos y a salvo, incluso Miena parecía descansar sin impedimentos, a pesar de su infección.

- ¿Es una orden? –Nura pretendía aparentar más fortaleza de la que ya de por sí tenía pese a su corta edad, pero ambos sabían lo que esa pregunta significaba realmente: “No quiero dormir para no parecer débil aunque sé que lo necesito. Ordénamelo y no tendré excusa ninguna”.

- Lo es.

- Entendido, Rey Toro.

*****

Ayna estaba expectante. Su hermano hacía casi media jornada que se había marchado, y tan sólo deseaba que Yasid acabara pronto el entrenamiento a los soldados para poder pasar un tiempo con él a solas. Sentada en la cama, aguardaba a su esposo con la excitación creciendo dentro de su cuerpo adolescente, cada vez más de mujer y menos de niña.

Finalmente, el negro entró a la habitación con su cuerpo enorme cubierto de sudor. La pequeña rubia sonrió nada más verlo entrar. Yasid, que conocía a la perfección lo que significaba esa sonrisa en la cara de su esposa, resopló divertido y trató de negarse.

- Hoy no, pequeña dulzura, estoy muy cansado para hacer amor contigo.

- Tú tranquilo, esta noche todo corre por mi cuenta… -dijo Ayna, levantándose completamente desnuda y caminando hacia su marido.

La pequeña Ayna extendió una mano hacia el negro y éste, finalmente resignado, la acabó tomando y permitiendo que su joven esposa le condujera hasta el lecho marital.

La pequeña rubia le obligó a tumbarse y comenzó a despojarlo de sus vestimentas de guerra, sin perder la ocasión de besar la oscura piel de Yasid.

- Tú solamente relájate y disfruta –dijo la rubita.

sábado, 3 de diciembre de 2011

A.C. (24: La misión de Nura)

Los pasos de la niña-mujer eran cortos, cansinos y tambaleantes, como deben serlo los de quienes llevan tres jornadas de camino, alimentándose únicamente de agua de rocío y de algunas plantas y presas pequeñas que no eran capaces de dar energía suficiente para tan largo y duro caminar. El incipiente sol de otoño empezaba a hacerle hervir la cabeza y el viento de tramontana que soplaba le erizaba el vello y la hacía estremecerse de frío. Sus labios estabas resecos y cuarteados, y los callos de sus pies hacía mucho tiempo que no dejaban de sangrar; las malditas piedrecitas del camino se le clavaban más a cada paso.

A sus oídos llegó el alegre sonido del agua correr, y tan solo deseó que esa vez no fueran alucinaciones como las cuatro veces anteriores. La senda a la que había llegado tenía huellas de cascos de caballos y de ruedas de carros, y la nínfula supo que quedaba muy poco para el final de su odisea.

Al sonido, leve y sosegado, del agua allá a lo lejos, se le sobrepuso un sonido más agudo, más rápido, más creciente. Era uno de esos muchos caballos que usaban los comerciantes y que, poco a poco, se iba a acercando a ella con su trote suave.

Aunque el sol le hacía daño en los ojos, se obligó a mirar en esa dirección. Seguramente el comerciante la vio antes que ella a él, pero la pequeña fue la primera en reconocerlo.

- Al fin –musitó la joven, y sus labios esbozaron una sonrisa dolorosa.

Sintiendo que el alivio llenaba su cuerpo, cerró los ojos, relajó su cuerpo y se dejó caer. No creyó que realmente estuviera tan próxima al desmayo, pero antes de tocar el suelo, Nura ya había perdido la consciencia.